Arabia Saudí: el malo conocido

¿Debería EEUU cortar sus lazos con Arabia Saudí? La pregunta emerge entre la controversia provocada por la reciente visita de Barack Obama al Reino

Foto: Barack Obama habla con el príncipe Sheikh Mohammed bin Zayed al-Nahyan durante la cumbre en Riad, el 21 de abril de 2016 (Reuters).
Barack Obama habla con el príncipe Sheikh Mohammed bin Zayed al-Nahyan durante la cumbre en Riad, el 21 de abril de 2016 (Reuters).

¿Debería EEUU cortar sus lazos con Arabia Saudí? La pregunta emerge entre la controversia provocada por la reciente visita de Barack Obama al Reino. He sido crítico con Arabia Saudí desde hace décadas pero, incluso con todos los problemas que genera, creo que a Estados Unidos le irá mejor -económicamente hablando- con dicha alianza que sin ella.

El Congreso podría aprobar pronto un proyecto de ley que permitirá a ciudadanos estadounidense -familiares de aquellos que murieron el 11-S- emprender acciones legales contra el Gobierno saudí. Algunos de estos familiares de víctimas también exigen que la Administración Obama difunda las 28 páginas de un informe del Congreso que examina la implicación saudí en los ataques.

[Lea aquí: 'Game Over' Arabia Saudí, Obama tiene nuevos amigos]  

Sin embargo, el que EEUU despoje a los saudíes de la inmunidad que tradicionalmente tienen gobiernos extranjeros haría que Washington fuese vulnerable a acciones recíprocas en todo el mundo. Imagine que el Gobierno de Estados Unidos se enfrentase a demandas por cada ataque con drones, campaña de bombardeos, operaciones especiales o acciones bélicas. En cuanto al informe, el director ejecutivo de la comisión del 11-S, Philip Zelikov, argumenta que las 28 páginas contienen "material muy crudo" de archivos del FBI que "parecen implicar a personas en graves crímenes sin contar con subsiguientes investigaciones para determinar si tales cargos son aceptables".

Creo que Arabia Saudí carga con una responsabilidad significativa por difundir una cruel, intolerante y extremista interpretación del Islam -una que puede conducirte directamente a un modo de pensar yihadista-. Pero, como apunta Gregory Gause en un ensayo en 'Foreign Affairs', la historia es mucho más complicada. "Arabia Saudí perdió el control sobre el movimiento (extremista) global en la década de 1980 y (...) el propio régimen saudí ha sido un objetivo de dicho movimiento desde los años 90". Después de todo, si EEUU era el objetivo número uno para Al Qaeda, Arabia Saudí era el número dos.

En la década de 1950, la versión wahabí del Islam de Arabia Saudí, producto de una cultura de nómadas del desierto, era practicada por una pequeña minoría de musulmanes, tal vez entre el 1 y el 2%. Después vino el 'boom' del petróleo y Arabia Saudí -su Gobierno, sus organizaciones benéficas, su población- se cubrieron de dinero en efectivo, extendiendo esas ideas por todo el mundo musulmán. La globalización del wahabismo ha destrozado gran parte de la diversidad en el Islam, acabando con interpretaciones liberales y pluralistas de la religión en favor de otras áridas, intolerantes. Durante la década de los 80, mientras en la guerra en Afganistán contra la Unión Soviética se inculcaba un fervor religioso, las doctrinas de la yihad florecieron. En muchos casos, los fundamentalistas islámicos se convirtieron en yihadistas.

El Rey Salmán junto al Presidente turco Recep Tayyip Erdogan durante una Cumbre de la Organización para la Cooperación Islámica celebrada en Estmabul, el 14 de abril de 2016 (Reuters)
El Rey Salmán junto al Presidente turco Recep Tayyip Erdogan durante una Cumbre de la Organización para la Cooperación Islámica celebrada en Estmabul, el 14 de abril de 2016 (Reuters)

En los años posteriores al 11-S, tras mucha negativa y actitud defensiva, los saudíes comenzaron a revertir su actitud, cerrando los flujos de dinero gubernamental a movimientos islámicos extremistas. (El general) David Petraeus me dijo una vez que el cambio estratégico más significativo durante sus años de uniforme fue que Arabia Saudí pasase de ser un aliado táctico de grupos yihadistas a un enemigo agresivo. Hoy, la Inteligencia saudí es un gran aliado en la lucha contra Al Qaeda, el Estado islámico y otros grupos. 

Pero la financiación saudí del extremismo islámico no ha cesado, y sus efectos perniciosos pueden verse desde Pakistán hasta Indonesia. Estos fondos proceen de individuos, no del Gobierno. Sin embargo, se hace difícil pensar que la monarquía saudí no pueda cerrar el grifo del dinero a los extremistas en el extranjero y en casa.

Arabia Saudí sigue resistiéndose a actuar contra sus extremistas religiosos por miedo a una reacción. Los líderes e ideólogos religiosos de línea dura tienen una importante influencia en la sociedad saudí. El reino es bien conocido por sus amplias y crecientes redes sociales. Lo que no se conoce tanto es que sus mayores estrellas son predicadores wahabíes e ideólogos extremistas, que ahora se dedican a difundir doctrinas anti-chiíes como parte de su lucha contra Irán. Lo que nos lleva al dilema central: si cayese la monarquía saudí, podría ser reemplazada no por un grupo de liberales y demócratas, sino más bien por islamistas y reaccionarios. Al haber visto esta misma película en Irak, Egipto, Libia y Siria, soy cauto acerca de desestabilizar a un régimen que en muchas áreas -defensa, petróleo, finanzas- es un aliado estable.

Arabia Saudí ha creado un monstruo en el mundo del Islam. Y es un monstruo de Frankenstein, que amenaza a Arabia Saudí tanto como a Occidente.

La monarquía saudí debe reformarse a sí misma y la ideología que exporta. Pero la realidad es que esto es mucho más probable si EEUU mantiene relaciones con Riad en lugar de distanciarse, dejando al reino que se pudra en su aislamiento. La política exterior significa tratar con el mundo tal cual es, no con cómo te gustaría que fuese. Eso requiere dejar pasar la satisfacción de una gran victoria moral y aceptar en su lugar pequeñas y frustrantes medidas. En pocos casos es más cierto que en las relaciones de EEUU con este extraño reino del desierto.

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