¿Cómo le iría a Donald Trump como CEO de Estados Unidos?

El magnate cree que administrar un país es como administrar una gran empresa. Se equivoca de cabo a rabo

Foto: Donald Trump habla durante un acto de campaña en Lynden, Washington, el 7 de mayo de 2016 (Reuters)
Donald Trump habla durante un acto de campaña en Lynden, Washington, el 7 de mayo de 2016 (Reuters)

En el núcleo del poder de atracción de Donald Trump está su fama como hombre de negocios de éxito. Es por ella por lo que a la mayoría de sus partidarios no les preocupan sus ideas políticas o su cruda retórica y su comportamiento. Es un gran CEO -”chief executive” o consejero delegado- y consigue que las cosas salgan adelante. Nadie se lo cree más que el propio Trump, que asegura que su pericia en el mundo comercial le prepara bastante bien para la presidencia. “De hecho creo que en muchos aspectos, montar un gran negocio es más difícil”, declaró el año pasado a la revista GQ.

Hay cierto debate sobre qué ha hecho Trump como hombre de negocios. Heredó una fortuna considerable de su padre, y, según algunos testimonios, sería todavía más rico si simplemente la hubiese colocado en un fondo de inversiones. Su mayor habilidad ha sido interpretar a un hombre de negocios exitoso en su programa de televisión “The Apprentice”.

No obstante, es justo decir que Trump tiene una habilidad formidable en materia de marketing. Ha sido capaz como pocos de crear una marca alrededor de su nombre. El verdadero problema es que estos problemas podrían mostrarse bastante irrelevantes porque el comercio es bastante diferente de la gobernanza. Los Presidentes modernos de mayores logros -Franklin Roosevelt, Lyndon Johnson y Ronald Reagan- no tenían ninguna experiencia comercial. Aquellos que la tenían, George W. Bush y Herbert Hoover, lo hicieron bastante peor en la Casa Blanca. No hay un patrón claro. Uno de los pocos CEOs que lo ha hecho bien en Washington es Robert Rubin. Antiguo directivo de Goldman Sachs, ha servido como el asistente jefe de la Casa Blanca en economía y después Secretario del Tesoro en la Administración de Bill Clinton. Cuando dejó Washington, reflejó en sus memorias que había desarrollado “un profundo respeto por las diferencias entre el sector público y el privado”.

“En los negocios, el único y predominante propósito es obtener un beneficio”, escribió. “El Gobierno, por el contrario, trata con un amplio número de objetivos legítimos y potencialmente contradictorios, por ejemplo la producción de energía contra la protección del medio ambiente, o las regulaciones de seguridad contra la productividad. Esta complejidad de objetivos aporta la correspondiente complejidad del proceso”.

También indicó que una gran diferencia entre ambas esferas es que ningún líder político, ni siquiera el Presidente, posee el tipo de autoridad que tiene cualquier jefe corporativo. Los CEOs pueden contratar y despedir basándose en los resultados de sus empleados, les puede pagar suplementos para incentivarlos, y promover de forma agresiva a los trabajadores competentes. Por el contraste, Rubin señaló que él tenía autoridad para alquilar y contratar a menos de cien de las 160.000 personas que trabajaban para él en el Departamento del Tesoro. Incluso el Presidente tiene una autoridad limitada y debe ante todo persuadir antes que ordenar.

Donald Trump en 2005, en una rueda de prensa en la que propuso reconstruir las Torres Gemelas (Reuters)
Donald Trump en 2005, en una rueda de prensa en la que propuso reconstruir las Torres Gemelas (Reuters)

Esta es una característica, no un fallo, de la democracia estadounidense. Hay un chequeo, un equilibrio y un reequilibrio del poder para asegurar que ninguna rama sea demasiado poderosa y la libertad individual pueda florecer. No es accidental que Trump admire a Vladimir Putin, que no tiene que lidiar con las complicaciones de un gobierno democrático moderno y simplemente hace que se hagan las cosas.

En una entrevista con el New York Times, Trump visualizó sus primeros cien días en el cargo: invitaría a los líderes del Congreso a cenar langosta todos juntos en Mar-a-Lago, amenazaría a los CEOs en las negociaciones en la Casa Blanca (“el Despacho Oval sería un lugar fantástico para negociar”) y cerraría grandes acuerdos. Al hablar de cómo cubriría los cargos, Trump explicó: “Quiero a gente en esos puestos que se preocupe por ganar. La ONU no está haciendo nada para acabar con los grandes conflictos en el mundo, así que hace falta un embajador que le dé una buena sacudida”.

Esto muestra una alucinante falta de comprensión sobre el mundo. Las Naciones Unidas no pueden acabar con los conflictos porque no tienen poder. Éste residen en los Gobiernos soberanos (a menos que Trump quiera ceder autoridad estadounidense al Secretario General de la ONU Ban Ki-moon). La noción de que todo lo que se necesita es un embajador estadounidense fuerte para reformar la ONU, acabar con los conflictos y “ganar” está muy alejada de la realidad. Pero es un ejemplo perfecto de pensamiento empresarial aplicado a un contexto completamente ajeno.

El éxito en los negocios es importante, honorable y profundamente admirable. Pero requiere de un conjunto concreto de aptitudes que a menudo son muy diferentes de los que llevan al éxito en la gobernanza. Como escribió Walter Lippmann en 1930 sobre Herbert Hoover, posiblemente el líder empresarial más admirado de su época: “Es cierto, naturalmente, que un político que sea ignorante sobre negocios, derecho e ingeniería se moverá en un circuito cerrado de empleos e irrealidades… [Pero la] noción popular de que administrar un Gobierno es como administrar una empresa privada, que es solo negocios, o limpieza doméstica, o ingeniería, es una concepción errónea. El arte político trata sobre asuntos específicos de la política, junto a un complejo de circunstancias materiales, de pasado histórico, de pasión humana, para el que los problemas de la empresa o la ingeniería como tales no proporcionan una analogía”.

El GPS global
Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
2 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios