La estrategia de videojuego de Obama en Oriente Medio

Los críticos del Presidente de EEUU aseguran que no tiene más plan bélico que seguir golpeando sin resolver el problema. Pero las intervenciones limitadas de su Administración funcionan

Foto: Soldados iraquíes entrenan en el Centro Antiterrorista de Bagdad durante una visita del Secretario de Defensa de EEUU, Ash Carter, en julio de 2015 (Reuters)
Soldados iraquíes entrenan en el Centro Antiterrorista de Bagdad durante una visita del Secretario de Defensa de EEUU, Ash Carter, en julio de 2015 (Reuters)

Se ha convertido en un lugar común decir que el Presidente Obama ha fracasado en sus esfuerzos de sacar a EEUU de los conflictos militares de Oriente Medio. Tras prometer acabar con aquellas guerras, durante el año pasado ha expandido las intervenciones estadounidenses en Irak, Siria y otros países. La retirada de tropas de Afganistán se ha reducido a la mínima expresión. “El legado de Obama”, dice Gene Healy del Instituto Cato, es claro: “Guerra sin fin”. Mark Landler, del New York Times, dijo en mayo que Obama había “cruzado una línea sombría y desapercibida: ya ha estado en guerra más tiempo que Bush o cualquier otro presidente americano”.

Pero estas caracterizaciones tratan toda actividad militar por igual, de un modo que emborrona el paisaje en lugar de aclararlo. Cuando Obama entró en la Casa Blanca, unos 180.000 soldados estadounideses estaban implicados en combates militares activos en dos teatros, Irak y Afganistán. El objetivo de ambas guerras era establecer un orden político en esos países, para crear democracias liberales funcionales.

La política militar estadounidense bajo Obama ha sido diferente, de amplitud menor y más modesta en sus objetivos. Estados Unidos está activamente implicada en esfuerzos para derrotar a grupos terroristas, arrebatarles territorio y trabajar con aliados locales para mantener a los militantes a la defensiva. Pero estas políticas en su mayor parte implican números reducidos de fuerzas de Operaciones Especiales y asesores, capacidad aérea y drones.

Sería justo llegar a la conclusión de que Obama ha acabado en esta política intervencionista por ensayo y error. En su primer mandato, señaló que “la marea de la guerra está en retroceso”, y sin duda esperaba tener menos misiones militares activas en su último año en la presidencia. Pero el caos político en Oriente Medio y el auge del Estado Islámico le han obligado a adoptar una estrategia en la región: atacar a los grupos terroristas sin expandir la misión hacia la construcción estatal.

Algunas partes del mundo siempre van a estar en estado de agitación, y algunas seguirán exportando esta inestabilidad de diversas formas, las más obvias el terrorismo y los refugiados. Cuando una superpotencia global ha sido capaz de limitar el caos, demuestra ser útil. Gran Bretaña jugó ese papel en el siglo XIX, cuando, según me dijo el historiador Max Boot, “hubo una intervención militar británica en algún lugar del mundo en cada año del reinado de la Reina Victoria”. Los EEUU han tenido su propia tradición de intervenciones limitadas. “Entre 1800 y 1934”, escribe Boot, “los marines estadounidenses realizaron 180 desembarcos en el extranjero”.

La 7ª flota estadounidense frente al puerto de Shanghai, en mayo de 2016 (Reuters)
La 7ª flota estadounidense frente al puerto de Shanghai, en mayo de 2016 (Reuters)

Pero la historia está repleta de ejemplos de intervenciones mal escogidas en apoyo de regímenes desagradables, con consecuencias inesperadas y escaladas insidiosas que han producido una mayor inestabilidad y debilitado a la superpotencia, reduciendo su capacidad de actuar en lugares centrales del sistema global. Hoy, por ejemplo, si los EEUU se viesen arrastrados a otra guerra importante en Oriente Medio, tendría menos capacidad para ayudar a sus aliados asiáticos a contener el expansionismo chino en el Mar del Sur de China, que puede poner en riesgo la paz mundial en la región económica más dinámica del mundo.

De modo que el desafío es elegir estas intervenciones cuidadosamente, encontrar aliados decentes y asegurarse de que los esfuerzos estadounidenses están cuidadosamente definidos y contenidos, haciendo lo suficiente para ayudar a los actores locales pero siendo conscientes de la presión constante hacia la escalada. Por encima de todo, requieren tener presente que son desafíos en desarrollo que no pueden ser “resueltos” fácilmente. El resultado está condenado a decepcionar tanto a los ardientes intervencionistas como a los anti-intervencionistas, pero refleja las realidades de ser la principal potencia del mundo.

Un corolario importante es reconocer que estas no son guerras por la supervivencia nacional, y por lo tanto no pueden ser combatidas con la retórica y la moralidad de dichas luchas existenciales. No podemos torturar y encarcelar usando analogías de la Segunda Guerra Mundial. No es aquella guerra.

¿Puede funcionar esta estrategia? Ha sido definida como un enfoque de videojuego de salón recreativo, en el que uno sigue atizando a los malos sin resolver el problema. Eso es cierto, pero la realidad es que resolver el problema implica crear un sistema político efectivo e inclusivo en lugares como Siria, visto como legítimo por todos los elementos de la sociedad; un objetivo casi imposible para un país extranjero. Mejor concentrar las energías de EEUU en derrotar a los grupos más peligrosos, lo que le daría a los regímenes locales una oportunidad de hacerse con el control de sus países.

Estas son acciones militares en marcha, no guerras sin fin, y unas que EEUU puede asumir sin problema. También funcionan. Para el muñequito del videojuego, la cosa no es tan divertida. Pregúntenle al Estado Islámico que está viendo cómo su territorio se reduce, su Califato se hunde y sus finanzas se agotan. Estas políticas tal vez no resuelvan todos los problemas de Oriente Medio. Surgirán nuevos grupos y problemas. Pero Estados Unidos debe estar preparado y dispuesto para echarles una partida también a ellos.

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