La élite y la raza, los dos factores tabú que han encumbrado a Donald Trump
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La élite y la raza, los dos factores tabú que han encumbrado a Donald Trump

En esta campaña, el elemento clave ha sido cultural: un mundo rural que se siente ninguneado por la cultura popular ha encontrado a alguien que les promete ser escuchados

Foto: Hispanos partidarios de Donald Trump en Arizona tras la victoria republicana (Reuters)
Hispanos partidarios de Donald Trump en Arizona tras la victoria republicana (Reuters)

Para aquellos que nos oponíamos a Donald Trump, la respuesta al voto del martes puede ser la cólera o la reflexión honesta. No soy una persona iracunda por naturaleza, así que probaré con lo último.

Trump ha rehecho el mapa político con un enorme pico de apoyo de los blancos de clase trabajadora, particularmente en las comunidades rurales. Permítanme ser honesto: este es un mundo que no conozco -y mucha gente probablemente tampoco conoce muy bien-, y ese es parte del problema. Entre todos hemos conseguido ignorar el dolor de la América rural.

Foto: Rótulo de "Hot dogs pueblerinos" en Lesage, Virginia Occidental, en mayo de 2014 (Reuters) Opinión

Un ensayo de la página satírica Cracked de David Wong (que creció en un pequeño pueblo en Illinois) da voz a la rabia de los estadounidenses rurales. “Todo el maldito mundo gira alrededor [de las ciudades de EEUU]”, escribió. La gran mayoría de la cultura pop del país va de tipos de ciudad. La mayoría de las películas nuevas, las series, canciones, videojuegos, son sobre Nueva York o Los Ángeles o Chicago o alguna versión fantástica de ellos. Casi cualquier nueva tendencia viene de una metrópolis. Todas las nuevas industrias punteras están en ciudades de moda. “Si vives en [la América rural], es una p… mierda”, escribió.

Las ciudades reciben una atención desproporcionada de los medios de comunicación y otras élites, que también viven todos en o alrededor de un puñado de ciudades. Wong escribe que el todo lo del Huracán Katrina, en la imaginación popular, es Nueva Orleans. “Ver las noticias (o las múltiples películas y series sobre ello), apenas escucharás cómo la tormenta pasó como un rodillo por el Mississippi rural… ¿Qué hay de noticioso sobre una panda de pueblerinos llorando por una caravana aplastada? Nueva Orleans es culturalmente importante. Es relevante”.

“Para esas personas que sufren, ignoradas, Donald Trump es un ladrillo arrojado contra la ventana de las élites. '¿Ahora sí me escuchas?'”.

Lo cierto es que mucha, mucha gente murió en Nueva Orleans, y el grueso de la destrucción física ocurrió allí. Y hubo muchísima cobertura periodística de la devastación en areas rurales. Pero el punto principal es cierto. Las ciudades capturan nuestra atención de forma que las comunidades rurales no lo hacen.

En las últimas tres o cuatro décadas, EEUU se ha convertido en una meritocracia altamente eficiente, donde gente de todos los estratos vitales puede ascender en la escalera de los logros y los ingresos. Es mejor que usar la raza, el género o las líneas de sangre como llave a la riqueza y el poder, pero crea sus propios problemas. Como en cualquier sistema, habrá gente que lo ascienda a la cúspide, y dado que es una meritocracia, es fácil pensar que está justificado.

Una meritocracia puede estar ciega al hecho de que algunas personas no lo logran porque tuvieron mala suerte en uno u otro sentido. Aún más allá: puede estar moralmente ciega. Incluso aquellos que logran resultados pobres en los exámenes o tienen malos hábitos de trabajo son seres humanos que merecen atención y respeto. El gran éxito de los republicanos en las comunidades rurales ha sido que incluso aquellos que promueven ideas económicas que no ayudarían a esas personas -de hecho, a menudo políticas que les perjudicarían- muestran respeto, identificándose con ellos cultural, religiosa y emocionalmente.

Así que el gran pecado de la izquierda moderna es el elitismo. Pero también hay otro pecado puesto de manifiesto por estas elecciones: el racismo.

Donald Trump ganó entre los blancos sin estudios universitarios por 39 contundentes puntos, pero también ganó entre aquellos con educación superior por 4 puntos. Se ganó a los blancos de clase trabajadora y también a los de clase media. Como Nick Confessore y Nate Cohn han escrito en el 'New York Times', “electrificó a la mayoría blanca del país y reunió toda su fortaleza contra el declive demográfico a largo plazo”.

En ese sentido, Trump no es inusual. El populismo de derechas crece en un puñado de países occidentales. Aumenta en los países del norte de Europa, donde el crecimiento económico ha sido robusto; en Alemania, donde los trabajos manufactureros han seguido fuertes; y en Francia, donde el estado proporciona gran protección para la clase trabajadora. El único elemento en común en todas partes es que las poblaciones blancas mayoritarias se han enfrentado a un reciente influjo de inmigrantes.

Quizá el fenómeno pueda ser mejor descrito como una resistencia cultural al cambio, pero a menudo simplemente se expresa como hostilidad a la gente que es diferente, y que suele ser marrón y negra. Considérese, por ejemplo, que el 72% de los votantes republicanos registrados aún dudan que Barack Obama haya nacido en Estados Unidos, según una encuesta de agosto de la NBC News.

La habilidad política de Donald Trump fue hablar de forma desafiante sobre estos dos temas sensibles -el elitismo y la raza- de una forma simple, directa y políticamente incorrecta que conectó con los votantes blancos, en particular con los hombres. Pero al hacerlo, también aterrorizó a decenas de millones de otros estadounidenses. Es importante que tengamos un serio diálogo sobre el elitismo y las comunidades rurales. Pero también es importante que no esquivemos el diálogo sobre la raza. También hay otras personas ignoradas que sufren en EEUU. Tenemos que escucharnos unos a otros.

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