El aprendizaje de Donald Trump (y de todos nosotros) en los primeros cien días

El nuevo inquilino de la Casa Blanca ha descubierto que gobernar es más complicado de lo que pensaba, como ha confirmado en sus últimas entrevistas. El balance, por ahora, es terrible

Foto: Donald Trump en el jardín de la Casa Blanca, el 2 de mayo de 2017. (EFE)
Donald Trump en el jardín de la Casa Blanca, el 2 de mayo de 2017. (EFE)

Hay tantos aspectos inusuales y sin precedentes de los primeros cien días del presidente Trump en el cargo que es difícil saber por dónde empezar. Según su propio parámetro, el número de promesas incumplidas es asombroso. Durante la campaña, Trump dijo que pediría una ley para derogar el Obamacare “en mi primer día en el cargo”. Dijo que deportaría a 11 millones de inmigrantes indocumentados, empezando por 2 millones de “criminales extranjeros” durante sus “primeras horas en el cargo”. El blog liberal ThinkProgress contó 36 medidas que Trump prometió poner en marcha “el Primer Día”. Solo hizo dos en su primer día.

Pero más chocante que las políticas no cumplidas -algunas de las cuales todavía pueden ser propuestas o implementadas- han sido aquellas totalmente revertidas. Nunca en los anales de la presidencia ha habido tantos giros de 180 grados tan rápido y con tan poca explicación. Trump había dicho que el NAFTA era “tal vez el peor acuerdo comercial firmado nunca en ninguna parte, y sin duda el peor firmado nunca en este país”. Prometió designar a China -”el mayor abusador en la historia de este país”- como manipulador de divisas, en, sí, “su Primer Día”. Describió a la OTAN como “obsoleta”, sugirió que podría eliminar el Banco Export-Import y dejó entender que podría apoyar al presidente sirio Bashar Al Assad.

A los pocos días de convertirse en presidente, comenzaron los cambios radicales de postura. Trump dijo que había descubierto, tal vez gracias a informes secretos de inteligencia, que China no estaba realmente manipulando su divisa, que la OTAN estaba implicada en un montón de operaciones cruciales, que el Banco Ex-Im ayudaba a muchos pequeños negocios estadounidenses y que Assad había estado cometiendo crímenes de guerra. Anunció estos cambios como de pasada, como si no pudiese esperarse de él que conociese estos hechos anteriormente, cuando se presentaba a la presidencia. Como dijo en febrero, “nadie sabía que la cuestión de la sanidad pudiese ser tan complicada”.

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Sospecho que su próximo aprendizaje será en política fiscal. Las propuestas de Trump, presentadas esta semana, son asombrosamente irresponsables. Añadirían billones de dólares a la deuda y ni siquiera están diseñadas para lograr el máximo impacto estimulativo (abolir la tasa inmobiliaria, que pagan un 0,002 por ciento de los estadounidenses cada año, no provocaría una fiebre en los negocios, pero costaría 20.000 millones de dólares al año). Las negociaciones impositivas serán una prueba interesante para los republicanos. Un partido que asegura estar profundamente preocupado por la deuda nacional está considerando poner en marcha la que podría ser la mayor expansión de la deuda en la historia de EEUU (en dólares absolutos).

La mayor lección para Trump y, esperamos, sus partidarios, es sin duda que gobernar no es fácil. Su atractivo para tantos es que era un 'outsider', un hombre de negocios que traería sus habilidades comerciales y su agudeza gestora a la Casa Blanca y conseguiría que las cosas saliesen adelante. Los políticos corruptos y los burócratas inútiles de Washington verían cómo un hombre de éxito del “mundo real” se abría camino.

El director de la Oficina de Gestión Presupuestaria Mick Mulvaney visto a través de un monitor durante una rueda de prensa, el 2 de mayo de 2017. (Reuters)
El director de la Oficina de Gestión Presupuestaria Mick Mulvaney visto a través de un monitor durante una rueda de prensa, el 2 de mayo de 2017. (Reuters)

En lugar de eso, hemos visto la clara incompetencia de los primeros cien días de Trump: órdenes que no pueden abrirse paso en los tribunales, propuestas de ley que fracasan en el Congreso, agencias que siguen cortas de personal, incesantes luchas internas dentro de la Casa Blanca y los constantes cambios de postura. Al final resulta que dirigir una operación inmobiliaria familiar no es lo mismo que presidir sobre la rama ejecutiva del Gobierno de EEUU. Resulta que gobernar es una cosa dura, “complicada”.

Aunque es cierto que hay numerosos problemas con Washington, la verdadera razón por la que se hace tan poco es que el pueblo estadounidense tiene deseos brutalmente contradictorios. Quieren sistemas de salud pública ilimitada, no quieren que se les nieguen los cuidados médicos porque están enfermos (es decir, tienen “condiciones preexistentes”) y aún así desean que los costes caigan. Quieren que el Gobierno salga de sus vidas pero se revuelven ante la perspectiva del mínimo recorte de sus mayores programas (Medicare, la Seguridad Social) o la eliminación de los beneficios fiscales para la salud pública y las hipotecas.

Raquel CanoRaquel Cano

Estas condiciones se han estado creando durante años. En un libro de 1995, Michael Kinsely explicaba lo que él veía como las raíces de la rabia populista de entonces contra Washington, que Newt Gingrich había explotado en su “Contrato con América”. Kinsley escribió: “Los [votantes] estadounidenses tienen demandas flagrantemente incompatibles -recorta mis impuestos, preserva mis beneficios, equilibra el presupuesto-, y después explotan en rabia autocomplaciente cuando los políticos no consiguen cumplir con eso”.

Tituló su libro “Bebés grandotes” en honor del pueblo estadounidense, y lo abrió citando a Alexis de Tocqueville: “Los franceses bajo la antigua monarquía tenían por máxima que el rey no podía equivocarse; y si lo hacía, la culpa se imputaba a sus asesores… Los estadounidenses tienen la misma opinión respecto a la mayoría”. Esperemos que la mayor lección de la presidencia de Trump sea que los estadounidenses acaben dándose cuenta de que Washington es disfuncional no debido a la venalidad de los políticos sino de los apetitos de la gente a la que representan.

El GPS global

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