Dejen de temer a un Gobierno fuerte. Es exactamente lo que necesitamos

En EEUU está muy extendida idea de que la autoridad de Washington es siempre negativa, pero hay áreas en las que, sin un poder central, los ciudadanos están indefensos. Cada vez más

Foto: Miembros de la Guardia Nacional ayudan a los afectados por el huracán Irma en Wharton, Texas. (EFE)
Miembros de la Guardia Nacional ayudan a los afectados por el huracán Irma en Wharton, Texas. (EFE)

Viendo los devastadores efectos de los huracanes Harvey e Irma y los incendios en el oeste, uno no puede dejar de pensar en el papel crucial que el Gobierno juega en nuestras vidas. Pero mientras aceptamos, incluso celebramos, este papel tras los desastres de este tipo, estamos bastante ciegos ante la necesidad del Gobierno de mitigar este tipo de crisis en primer lugar.

Desde la época del presidente Ronald Reagan, gran parte de Estados Unidos ha adoptado un marco ideológico que asegura que el Gobierno es la fuente de nuestros problemas. Reagan declaró: “Las nueve palabras más terroríficas del inglés son: Soy empleado del Gobierno, y estoy aquí para ayudar”. Exigía un retroceso de la idea de un Estado ‘activista’ y abogaba en su lugar por un papel estrictamente limitado para el Gobierno, uno dedicado a funciones centrales como la defensa nacional. Fuera de esos ámbitos, pensaba, el Gobierno simplemente debería animar al sector privado y a las fuerzas del mercado.

La cosmovisión de Reagan era hija de los años 70, un periodo marcado por la mala gestión fiscal, la expansión gubernamental más allá de sus límites y un crecimiento lento. Puede haber sido la actitud correcta en ese momento. Pero se ha mantenido durante décadas como una ideología rígida, a pesar de que hayamos entrado en una nueva era en la que EEUU se ha enfrentado a una serie muy diferente de desafíos, que a menudo requieren desesperadamente de un Gobierno ‘activista’. Esto ha sido una abdicación bipartidista de la responsabilidad.

Desde hace ya décadas, hemos sido testigos de cómo un crecimiento estancado de los salarios para el 90 por ciento de los estadounidenses iba a compañado de un crecimiento supercargado para los pocos más ricos, conduciendo al crecimiento de la desigualdad en una escala no vista desde los años posteriores a la Guerra de Secesión. Se ha asumido que el Gobierno federal no podía hacer nada sobre esta diferencia creciente, a pesar de las múltiples evidencias en sentido contrario.

Hemos visto a China entrar en el sistema global del comercio y beneficiarse de su acceso a los mercados y capitales occidentales manteniendo una economía interna enormemente controlada y llevando a cabo prácticas empresariales depredadoras. Y hemos asumido que el Gobierno de EEUU no puede hacer nada al respecto, porque cualquier acción sería proteccionista.

Incendio en Santa Ynez, California, el 8 de julio de 2017. (Reuters)
Incendio en Santa Ynez, California, el 8 de julio de 2017. (Reuters)

Hemos visto cómo las instituciones financieras corrían más y más riesgos, con el dinero de otros, apostando en un juego de cara-yo-gano, cruz-tú-pierdes. Cualquier discurso sobre regulación era visto como socialista. Incluso después de que el sistema saltase por los aires, provocando la peor crisis económica desde la Gran Depresión, pronto llegaron los llamamientos a desregular el sector financiero de nuevo porque, después de todo, la regulación gubernamental es obviamente mala.

En este mismo periodo, las empresas tecnológicas han crecido en tamaño y escala, a menudo usando ventajas pioneras para establecer cuasi-monopolios y acabar con la competición. La economía digital tenía que empoderar al empresario individual, pero en lugar de eso se ha convertido en un escenario en el que cuatro o cinco compañías dominan abrumadoramente el paisaje global. Una nueva empresa tecnológica hoy simplemente aspira a ser comprada por Google o Facebook. Y asumimos que el Gobierno federal no debería tener ningún papel en dar forma a esta vasta nueva economía. Eso sería ‘activista’ y ‘malo’. Mejor que el Gobierno simplemente observe el proceso, como un espectador pasivo que mira una serie de Netflix.

Y ahí está el clima. Esos huracanes no han sido causados por el calentamiento global, pero su frecuencia e intensidad probablemente han sido magnificadas por el cambio climático. Los nombres de los huracanes particularmente calamitosos se retiran [de la lista de futuros nombres posibles del Centro Nacional de Huracanes de EEUU, para no repetirlos en años sucesivos y que no haya confusión sobre ellos y sus efectos], y en los últimos 20 años ha habido tantos nombres retirados como en las cuatro décadas precedentes. California ha sufrido más de 6.400 incendios naturales este año. Los 17 años más cálidos registrados han tenido lugar en las últimas dos décadas.

Y aún así, desconfiamos de un activismo gubernamental excesivo. Esto no es solo cierto acerca de la lucha contra el cambio climático sino también en otras áreas que han contribuido al poder destructivo de las tormentas. Houston optó por no delimitar ningún tipo de zona que limitase el desarrollo, incluso en áreas propicias a las inundaciones, pavimentando sobre miles de hectáreas de tierras que solían absorber agua del mar y reducir el inundamiento. La industria química ha podido persuadir a Washington de que ejerza un toque regulatorio más bien ligero, así que hay poca protección contra el fuego y la contaminación, algo que ha quedado ampliamente claro en las últimas dos semanas. Y ahora, por supuesto, la Texas de los bajos impuestos y la escasa regulación ha ido al Gobierno federal, sombrero en mano, pidiendo más de 150.000 millones de dólares para reconstruir su devastado estado.

Vivimos una época de revoluciones, naturales y humanas, que sobrepasan a los individuos y las comunidades. Necesitamos que el Gobierno sea más que un observador pasivo de estas tendencias y fuerzas. Tiene que darles forma y gestionarlas activamente. De otra forma, el individuo ordinario estará indefenso. Imagino que esta semana, la mayoría de los habitantes de Texas, Florida y Puerto Rico estarían encantados de escuchar las palabras: “Soy empleado del Gobierno, y estoy aquí para ayudar”.

El GPS global

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