El cáncer del extremismo islámico se está extendiendo por el mundo

Incluso los países antaño moderados del sur, centro y sudeste de Asia están sucumbiendo a las políticas islamistas de una forma preocupante. Las razones son múltiples y variadas

Foto: Protesta islamista en Yakarta contra la decisión presidencial de disolver los grupos de esta ideología, en julio de 2017. (Reuters)
Protesta islamista en Yakarta contra la decisión presidencial de disolver los grupos de esta ideología, en julio de 2017. (Reuters)

El trágico atentado terrorista de la semana pasada en Nueva York fue el tipo de incidente aislado de una persona con problemas que no debería llevar a generalizaciones. En los 16 años transcurridos desde el 11-S, la ciudad ha demostrado ser asombrosamente segura ante grupos y atacantes yihadistas. A pesar de ello, hablando sobre esto con funcionarios en Singapur, las conclusiones a las que llegan son alarmantes. “El atentado de Nueva York puede ser una forma de recordarnos a todos que mientras el ISIS está siendo derrotado militarmente, la amenaza ideológica del islam radical se está extendiendo”, dice el Ministro del Interior de Singapur, K. Shanmugam. “La tendencia se está moviendo en la dirección equivocada”.

La lucha militar contra grupos islamistas extremistas en lugares como Siria y Afganistán es dura, pero siempre ha sido la preferida de EEUU y sus aliados. Después de todo, las fuerzas militares combinadas de algunos de los Gobiernos más poderosos del mundo se enfrentan a un diminuto grupo de guerrillas. Por otra parte, el desafío ideológico del Estado Islámico ha demostrado ser mucho más difícil de afrontar. El grupo terrorista y otros similares han sido capaces de difundir sus ideas, reclutar a jóvenes desafectos de ambos sexos, e infiltrarse en países de todo el mundo. Los países occidentales siguen siendo vulnerables al ocasional lobo solitario, pero los nuevos polos efervescentes de radicalismo son las sociedades musulmanas antaño moderadas del sur, centro y sureste de Asia.

Piensen en Indonesia, el país musulmán más poblado del mundo, tradicionalmente visto como una barrera de contención y moderación. Este año, el gobernador de Yakarta, la capital y la mayor ciudad del país, perdió su pugna por la reelección tras ser descrito por los islamistas de línea dura como no apto para el cargo por ser cristiano. Pero, fue encarcelado tras ser condenado bajo injustos y dudosos cargos de blasfemia. En medio de una expansión de las políticas islamistas, el presidente “moderado” de Indonesia y sus organizaciones islámicas “moderadas” han fallado a la hora de defender las tradiciones de tolerancia y multiculturalismo del país.

O vean Bangladesh, otro país con un pasado fuertemente secular, donde viven cerca de 150 millones de musulmanes. Fundado como escisión de Pakistán sobre bases explícitamente no religiosas, la cultura y la política de Bangladesh han ido volviéndose cada vez más extremas durante la pasada década. Ateos, seculares e intelectuales han sido tomados como objetivo e incluso asesinados, se han establecido leyes contra la blasfemia, y un reguero de atentados terroristas ha provocado cientos de muertos.

Un policía patrulla el escenario de un atentado terrorista contra un restaurante en Dacca, Bangladesh, en julio de 2016. (Reuters)
Un policía patrulla el escenario de un atentado terrorista contra un restaurante en Dacca, Bangladesh, en julio de 2016. (Reuters)

¿Por qué sucede esto? Hay muchas explicaciones. La pobreza, las dificultades económicas y los cambios producen ansiedades. “La gente está enfadada por la corrupción y la incompetencia de los políticos. Se la seduce fácilmente con la idea de que el islam es la respuesta, aunque no sepan lo que eso significa”, me explicó un político de Singapur. Además, los líderes locales llegan a alianzas con los clérigos y proporcionan plataformas a los extremistas, en busca de votos fáciles. Esas facilidades políticas han ayudado a nutrir el cáncer del extremismo islamista.

En el Sudeste Asiático, casi todos los observadores con los que he hablado creen que hay otra causa crucial: el dinero y la ideología importados de Oriente Medio, principalmente de Arabia Saudí. Un oficial de Singapur me dijo: “Viaja por Asia y verás muchísimas mezquitas y madrasas nuevas construidas en los últimos años que han sido financiadas desde el Golfo. Son modernas, están limpias, están bien equipadas, tienen aire acondicionado… y son wahabíes [la versión puritana saudí del islam]. Recientemente se informó de que Arabia Saudí planea aportar casi 1.000 millones de dólares para construir 560 mezquitas en Bangladesh. El Gobierno saudí lo ha negado, pero mis fuentes en Bangladesh me han dicho que hay algo de cierto en la información.

¿Cómo darle la vuelta a esta tendencia? Shanmugam dice que la población de esa ciudad-estado (el 15% de la cual es musulmana) ha permanecido relativamente moderada porque el estado y la sociedad trabajan muy duro por la integración. “Tenemos tolerancia cero para cualquier tipo de militancia, pero también tratamos de asegurar que los musulmanes no se sientan marginados”, explica. De forma rutinaria, Singapur consigue altas puntuaciones en los rankings globales por su transparencia, bajos niveles de corrupción y respeto al estado de derecho. Su economía proporciona oportunidades para la mayoría.

Asia sigue floreciendo, pero también lo hace el radicalismo islamista allí. Esta tendencia solo puede ser revertida por una mejor gobernanza y una mejor política, por líderes que sean menos corruptos, más competentes y, de forma crucial, más dispuestos a hacer frente a los clérigos y extremistas. El nuevo príncipe heredero de Arabia Saudí habló el mes pasado de volver su reino hacia el “islam moderado”. Muchos se han burlado de ello como una estrategia de relaciones públicas, señalando la dominación continua del reino por parte del aparato religioso ultraortodoxo. Un mejor enfoque sería animar al príncipe heredero, hacer que se aferre a sus palabras e instarle a seguir con acciones concretas. Ese es el precio a pagar. Si Arabia Saudí iniciase reformas religiosas en casa, eso sería una victoria muchísimo mayor contra el islam radical que todos los avances en el campo de batalla hasta la fecha.

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