El nuevo manual del autócrata exitoso, de la Rusia de Putin a la Arabia Saudí de hoy

Los movimientos del príncipe Mohamed Bin Salman para afianzar su poder siguen el nuevo modelo de los líderes autoritarios de todo el mundo, a menudo en la zona gris entre democracia y dictadura

Foto: Montaje: Enrique Villarino.
Montaje: Enrique Villarino.

Las noticias que llegan de Arabia Saudí están siendo inquietantes. Un país famoso por su estabilidad hasta el punto del estancamiento está viendo cómo un príncipe heredero de 32 años arresta a sus parientes, congela sus cuentas bancarias y los despide de sus cargos. Pero visto más de cerca, no debería sorprendernos. Mohamed Bin Salman está aplicando ahora a Arabia Saudí lo que se ha convertido en el procedimiento operativo estándar para los líderes autoritarios en todo el mundo.

La fórmula fue acuñada por Vladímir Putin tras llegar al poder en Rusia. Primero, amplifica las amenazas extranjeras para galvanizar al país alrededor del régimen y darle poderes extraordinarios. Putin lo hizo con la guerra de Chechenia y el peligro del terrorismo. Después, actúa contra los centros rivales de influencia en la sociedad, que en Rusia quería decir los oligarcas, que en aquel momento eran más poderosos que el propio Estado. Habla entonces sobre la necesidad de acabar con la corrupción, reformar la economía y proporcionar beneficios para la gente corriente. Putin pudo tener éxito en este último frente en gran medida gracias a la cuadruplicación de los precios del petróleo durante la siguiente década. Finalmente, controla los medios a través de medios formales e informales. Rusia ha pasado de tener una vibrante prensa libre en 2000 a un nivel de control estatal que es en la práctica similar al de la URSS.

Naturalmente, no todos los elementos de esta fórmula pueden aplicarse en todas partes. Tal vez el príncipe heredero demuestre ser un reformista. Pero la fórmula para el éxito político que está siguiendo es similar a lo que ha sido aplicado en países tan dispares como China, Turquía y Filipinas. Los líderes han recurrido a los mismos ingredientes -nacionalismo, amenazas extranjeras, anticorrupción y populismo- para afianzar su poder. Donde la judicatura y los medios son vistos como obstáculos para la autoridad ilimitada de un gobernante, son debilitados de forma sistemática.

En su libro de 2012 “The Dictator’s Learning Curve” (“La curva de aprendizaje de los dictadores”), William J. Dobson explicaba con clarividencia que la nueva raza de líderes autoritarios en todo el mundo ha aprendido un conjunto de trucos para mantener el control que son mucho más inteligentes y sofisticados que en el pasado. “En lugar de cometer arrestos forzados contra los miembros de un grupo de derechos humanos, hoy los déspotas más eficientes envían recaudadores de impuestos o inspectores de salud para clausurar esos grupos disidentes. Las leyes se escriben de forma amplia y después son usadas como un escalpelo contra los grupos que el gobierno considera una amenaza”. Dobson cita a un activista venezolano que describía la astuta mezcla de clientelismo y persecución selectiva de Hugo Chávez con un dicho: “Para mis amigos todo, para mis enemigos la ley”.

Las dictaduras clásicas centralizadas fueron un fenómeno del siglo XX, nacido de las fuerzas centralizadoras y las tecnologías de la época. “Los dictadores modernos trabajan en el más ambiguo espectro que existe entre la democracia y el autoritarismo”, escribe Dobson. Mantienen las formas de la democracia -constituciones, elecciones, medios de comunicación- pero trabajan para desproveerlas de todo significado. Trabajan para mantener contenta a la mayoría, usando el clientelismo, el populismo y las amenazas externas para mantener la solidaridad nacional y su popularidad, como se ha hecho en Rusia y podría ocurrir en Arabia Saudí, que está ahora implicada en una intensa guerra fría con Irán, completada con una muy caliente 'proxy war' (enfrentamiento mediante el apoyo a otros grupos) en Yemen.

El príncipe heredero Mohamed Bin Salman y el presidente filipino Rodrigo Duterte. (Reuters)
El príncipe heredero Mohamed Bin Salman y el presidente filipino Rodrigo Duterte. (Reuters)

Dobson, sin embargo, terminó su libro expresando el optimismo de que, en muchos países, la gente estaba resistiéndose y desbordando a los dictadores. Pero lo que ha sucedido desde que escribió el libro es deprimente. En lugar de que los déspotas se vean influidos por los demócratas, son los demócratas los que están recorriendo la curva de aprendizaje.

Piensen en Turquía, un país que a principios de este siglo parecía en un firme camino hacia la democracia y el liberalismo, anclado en un deseo de convertirse en un miembro de pleno derecho de la Unión Europea. Hoy, su gobernante, Recep Tayyip Erdogan, ha eliminado casi todos los obstáculos a su control total. Ha sometido al ejército y a la burocracia, lanzado varios tipos de acciones impositivas y regulativas contra sus opositores en los medios de comunicación, y designado a un grupo de oposición potencial, los gülenistas, como terroristas. Los gobernantes de Filipinas y Malasia parecen estar tomando notas del mismo manual.

Esa no es la imagen de la democracia en todas partes, por supuesto, pero estas tendencias pueden observarse en zonas del mundo bastante alejadas entre sí. En países como la India o Japón, que siguen siendo democracias vibrantes en casi todos los aspectos, están penetrando elementos de este nuevo sistema: un nacionalismo y populismo crudos y crecientes medidas para intimidar y neutralizar a la prensa libre.

El presidente Trump, por su parte, ha amenazado a la NBC, la CNN (donde trabajo) y otros medios con diversas formas de acción gubernamental. Ha atacado a los jueces y a las agencias independientes. Ha ignorado normas democráticas largamente establecidas. Así que tal vez incluso en Estados Unidos, algunas personas están recorriendo también esta peligrosa curva de aprendizaje.

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