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La decisión de Trump sobre Jerusalén no es diplomacia. Es indulgencia, y es peligrosa
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La decisión de Trump sobre Jerusalén no es diplomacia. Es indulgencia, y es peligrosa

El presidente ha hecho una concesión masiva a un bando en una de las coyunturas más complicadas del mundo. Después de todo, tal vez no sea el genio de la negociación que pretende ser

Foto: Unos turistas se hacen un selfie frente a la Ciudad Vieja de Jerusalén, el 10 de diciembre de 2017. (Reuters)
Unos turistas se hacen un selfie frente a la Ciudad Vieja de Jerusalén, el 10 de diciembre de 2017. (Reuters)

Con su decisión de mover la embajada estadounidense a Jerusalén, el presidente Donald Trump ha hecho algo bastante chocante para alguien que proclama su brillantez cerrando tratos. Ha hecho una enorme concesión previa a un bando en una negociación muy complicada sin obtener nada a cambio. Si eso muestra cómo opera, no es de extrañar el que sus antiguos colegas crean que no es, después de todo, ningún genio como hombre de negocios.

Jerusalén es la capital de Israel y seguirá siéndolo. No niego los hechos o sus méritos. Pero la razón de que todos los 86 países que tienen embajadas en Israel las hayan situado hasta ahora en Tel Aviv es que Jerusalén es una parte integral del acuerdo final entre israelíes y palestinos.

Los palestinos también reclaman la ciudad como su capital. Contiene lugares sagrados para las tres religiones abrahámicas. Allí vive una gran población árabe que, incluso tras décadas de nuevos asentamientos israelías, comprende más de un tercio de toda la ciudad. Así que el estatus formal de Jerusalén ha sido visto siempre -por republicanos y demócratas, europeos y asiáticos- como un asunto a codificar en el contexto de la paz entre Israel y los palestinos.

El único aspecto estratégico parece ser que ayudará a movilizar a las bases del Partido Republicano en Alabama

Si este gesto fuese parte de un plan estratégico más amplio, eso sería una cosa. En ese caso, el anuncio de Trump habría sido planeado cuidadosamente, acompañado de cambios de política importantes por parte de Israel, o habría sido parte de una serie de medidas para dar garantías a ambas partes. En lugar de eso, parece ser una decisión unilateral, diseñada en gran medida para deleitar a elementos centrales de la base electoral de Trump: cristianos evangélicos y donantes proisraelíes. El único aspecto estratégico parece ser que ayudará a movilizar a las bases del Partido Republicano en vísperas de la participación electoral de Roy Moore en Alabama. Eso no es diplomacia, es indulgencia.

Siempre ha habido formas de resolver el problema de Jerusalén, como separar algunos barrios en la parte oriental de la ciudad y permitir que los palestinos los reclamen como su capital. El anuncio de Trump no cierra específica esta posibilidad, lo que hace que la decisión sea aún más chocante. No consigue casi nada sobre el terreno, mientras ofende a millones de palestinos, a cientos de millones de árabes y a la opinión pública en casi todas partes. Cuando China, los aliados europeos, el papa y los reyes de Arabia Saudí y Jordania muestran a la vez su firme oposición, probablemente merece la pena cuestionarse la sabiduría de esta política.

placeholder Protestas contra la decisión de Trump sobre Jerusalén en Berlín, el 12 de diciembre de 2017. (Reuters)
Protestas contra la decisión de Trump sobre Jerusalén en Berlín, el 12 de diciembre de 2017. (Reuters)

El posible traslado de la embajada estadounidense a Jerusalén ha sido siempre un gesto simbólico, diseñado más para apelar a los estadounidenses que para hacer avanzar la paz y la estabilidad en Oriente Medio. El académico israelí Yoav Fromer señala que en 1995, mientras Bob Dole planeaba su campaña para disputarle a Bill Clinton la presidencia, quiso presentarse a sí mismo como un ardiente partidario de Israel. Su resultado electoral no lo demostró, así que decidió aferrarse a una cuestión simbólica. Así nació la ley que exige que EEUU mueva su embajada, si bien establece una moratoria de seis meses que todos los presidentes han renovado continuamente, al no querer malgastar una baza que podría ser crucial en las negociaciones para un acuerdo de paz.

Aunque mucha gente ha predicho violencia en Oriente Medio, es probable que esta acabe por ser contenida. Israel es ahora la superpotencia regional, y sus vecinos lo saben. También mantiene un estrecho control sobre los territorios palestinos, con una red de barreras, puestos de control y operaciones de inteligencia. El terrorismo, para la mayoría de los israelíes, es un problema que ha desaparecido.

Habrá un Israel que parece Suiza, rodeado de una Palestina que parece Bangladesh

El verdadero peligro es que esta decisión solo aumenta la creciente desesperación de los palestinos, que ya están débiles, divididos y disfuncionales. Nunca han tenido un liderazgo demasiado bueno, pero ahora mismo apenas tienen liderazgo alguno. Viven en una condición inusual, casi única en el mundo moderno: ciudadanos de ningún estado, sin un país propio.

Mientras, Israel seguirá prosperando económicamente y manteniendo su carácter genuinamente democrático, pero con una prevención enorme: gobernará sobre tierras donde millones de personas carecen de plenos derechos políticos. Ese cáncer en el corazón del sistema y la cultura democráticos de Israel seguirá, y puede intensificarse a medida que los árabes israelíes crecen en número. Habrá un Israel que parece Suiza, rodeado de una Palestina que parece Bangladesh. Es posible que en un momento dado esta desigualdad de ingresos, estatus y derechos políticos lleve a una mayor polarización y discordia. Y las acciones de EEUU esta semana pasada habrán profundizado esas fisuras y exacerbado las tensiones.

Con su decisión de mover la embajada estadounidense a Jerusalén, el presidente Donald Trump ha hecho algo bastante chocante para alguien que proclama su brillantez cerrando tratos. Ha hecho una enorme concesión previa a un bando en una negociación muy complicada sin obtener nada a cambio. Si eso muestra cómo opera, no es de extrañar el que sus antiguos colegas crean que no es, después de todo, ningún genio como hombre de negocios.

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