Por qué el plan de impuestos republicano es la peor legislación de la historia de EEUU

Estados Unidos está en un punto de inflexión. El Banco Mundial asegura tendrá las mayores necesidades no satisfechas en infraestructuras en las próximas dos décadas entre 50 países

Foto: El presidente Donald Trump participa en una reunión sobre la reforma fiscal impulsada por su Administración, en la Casa Blanca. (EFE)
El presidente Donald Trump participa en una reunión sobre la reforma fiscal impulsada por su Administración, en la Casa Blanca. (EFE)

Si el plan sobre impuestos del Partido Republicano es finalmente aprobado por el Congreso, supondrá un punto de inflexión para los Estados Unidos. Los efectos a medio y largo plazo del plan será una caída masiva de la inversión pública, lo que se añadirá a décadas de un gasto decreciente (en porcentaje del Producto Interior Bruto) en infraestructura, investigación científica, formación específica y agencias gubernamentales clave. EEUU no puede vivir para siempre de sus inversiones pasadas, y con esta legislación, nos estamos dejando llevar hacia un futuro sombrío.

Se espera que el proyecto de ley sobre impuestos añada al menos 3.000 millones de dólares a la deuda nacional durante los próximos 10 años, y algunos expertos creen que la pérdida real de ingresos federales será mucho mayor. Si el Congreso no corta el gasto, los recortes automáticos se pondrán en marcha a menos que demócratas y republicanos puedan condonarlos. En cualquier caso, las perspectivas de gasto discrecional parecen funestas, con recortes potenciales a la financiación de carreteras y aeropuertos, formación y programas de aprendizaje, investigación sanitaria e iniciativas de salud pública, entre cientos de otros programas. Y esos recortes se añadirían a una situación ya difícil. Como señala Gary Burtless, de la Institución Brookings, el gasto público combinado del estado federal y las administraciones locales está en su punto más bajo en seis décadas en relación con el PIB.

Estados Unidos está en un punto de ruptura. En agosto, el Banco Mundial estudió 50 países y descubrió que EEUU tendrá las mayores necesidades no satisfechas en infraestructuras en las próximas dos décadas. Miren en cualquier dirección. Según la Asociación de Constructores de Carreteras y Transportes de América, EEUU tiene casi 56.000 puentes con problemas estructurales (de los que 1.900 están en autopistas interestatales), que son cruzados 185 millones de veces al día. Otro informe industrial indica que en 1977 el Gobierno federal proporcionaba el 63% de la inversión total del país en infraestructura de aguas, pero solo el 9% en 2014. Hay tanta congestión en el principal nódulo ferroviario de EEUU, Chicago, que a un tren de transporte le lleva más cruzar la ciudad que llegar allí desde Los Ángeles, según Building America's Future, un grupo de interés público.

No hay mejor indicación de la miopía del Gobierno estadounidense que el descenso de los fondos para investigación. Un reciente artículo en la revista 'Science' señala que por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, la financiación privada para la investigación básica supera a la federal. La investigación y el desarrollo copaban el 10% del presupuesto nacional a mediados de los 60; ahora es menos del 4%. Y la versión del Senado de la propuesta de ley elimina un crédito impositivo crucial que ha estimulado el gasto corporativo en investigación, aunque la versión de compromiso del Congreso probablemente lo mantenga. Todo esto está sucediendo en un entorno en el que otros países, de Corea del Sur a Alemania pasando por China, están incrementando sus inversiones en este área. Un estudio reciente descubrió que China está en camino de superar a EEUU como líder mundial en el gasto de investigación biomédica.

Cuando vine a EEUU en los años 80, me chocó lo bien que funcionaba el Gobierno. Al escuchar quejas sobre Hacienda o la Administración Federal de Aviación (FAA) solía responder: “¿Alguna vez has visto lo mal que funcionan esas burocracias en otros países?”. Sin duda, comparado con India, donde crecí, pero incluso comparado con países como Francia e Italia, muchas de las oficinas clave del Gobierno federal eran profesionales y competentes. Pero décadas de críticas, microgestión por parte del congreso y baja financiación se han cobrado su parte. Agencias como el Internal Revenue Service (IRS), el servicio de recaudación de impuestos, están en un estado pésimo. La Oficina del Censo se está preparando para su digitalización y emprender una nueva fase, pero está paralizada por un presupuesto insuficiente y ha tenido que cancelar varias pruebas muy necesarias. La FAA está por detrás de agencias equivalentes en países como Canadá, y ha estado retrasando la mejora de su tecnología debido a los agujeros de financiación y a las incertidumbres. La lista sigue.

Hay problemas genuinos más allá de la falta de fondos. Los costes de construir infraestructura estadounidense son astronómicos. Pero durante la Depresión, la Segunda Guerra Mundial y gran parte de la Guerra Fría, una sensación de crisis y competición centraron la atención de América y crearon una urgencia bipartidista para que las cosas se hiciesen. Irónicamente, en un momento en el que la competición es bastante más dura, cuando otros países han sobrepasado a EEUU en muchas de estas áreas, Estados Unidos ha caído en un partidismo extremo y abrazado un libertarianismo pretendidamente ignorante que está privando al país de la inversión necesaria que necesita para crecer. Aquellos que voten a favor de esta propuesta de ley -posiblemente la peor pieza de legislación importante en una generación- vivirán en la infamia mientras el país se hunde lentamente.

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