Steve Bannon tiene razón en una cosa: Trump ha abandonado el populismo

De las revelaciones del libro de Michael Wolff, una de las más interesantes ha pasado desapercibida: el distanciamiento entre Bannon y el presidente por su "traición" a la clase trabajadora

Foto: Steve Bannon asiste a una reunión entre el presidente Trump y líderes del congreso sobre acuerdos comerciales, en febrero de 2017. (Reuters)
Steve Bannon asiste a una reunión entre el presidente Trump y líderes del congreso sobre acuerdos comerciales, en febrero de 2017. (Reuters)

El fuego y la furia por el libro de Michael Wolff se ha centrado en gran medida en las personalidades y luchas de poder dentro de la Casa Blanca. Pero detrás de todo ello yace un suceso político importante, uno que explica el verdadero desencuentro entre el presidente Trump y su antiguo jefe de estrategia, Stephen K. Bannon. Trump parece haber abandonado el populismo.

¿Recuerdan al candidato Trump? Su tema central era la inmigración, sobre la que prometió una línea dura e inflexible, incluyendo un muro fronterizo y deportaciones masivas. Su “Contrato con el votante americano” estaba salpicado de medidas populistas, desde acciones duras contra China a un programa de obras públicas por valor de un billón de dólares. Sus planes económicos se centraban en los beneficios para las clases medias, desde un recorte impositivo del 35% para las familias de clase media hasta deducciones por hijos y cuidados de los ancianos. Pidió restricciones severas en las actividades de lobbying y límites al número de mandatos de los miembros del Congreso.

El anuncio final de campaña de Trump incluía imágenes del financiero multimillonario George Soros, la directiva de la Reserva Federal Janet L. Yellen y el antiguo jefe ejecutivo de Goldman Sachs, Lloyd Blankfein, narrado sombriamente por un discurso de Trump en el que advertía contra “la estructura de poder global que es responsable por las decisiones económicas que han robado a nuestra clase trabajadora, privado a nuestro país de su riqueza y puesto ese dinero en los bolsillos de un puñado de grandes corporaciones y entidades políticas”.

Adelantemos hasta el Trump de hoy. No hay muro, y el presidente habla ahora de la “ley del amor” que podría ofrecer un camino a la ciudadanía para millones de los inmigrantes indocumentados a los que una vez prometió deportar. Sus relaciones con China han sido decididamente amistosas, así como las de otro país al que vilipendió durante la campaña, Arabia Saudí. El foco de su programa económico ha sido devolver enormes sumas de dinero a las grandes corporaciones. La mayoría de los beneficios de su legislación impositiva van a esas firmas y a la gente en los estratos de ingresos más altos.

Oh, y esas políticas económicas han sido diseñadas e implementadas por el antiguo número 2 de Blankfein en Goldman Sachs, el director del Consejo Nacional Económico Gary Cohn, y un antiguo compañero de Goldman, el secretario del Tesoro Steven Mnuchin.

Steve Bannon le dice algo a Trump durante la ceremonia de toma de posesión para el personal de la Casa Blanca, el 22 de enero de 2017. (Reuters)
Steve Bannon le dice algo a Trump durante la ceremonia de toma de posesión para el personal de la Casa Blanca, el 22 de enero de 2017. (Reuters)

Aún más que los choques de personalidad entre Bannon y Jared Kushner, y los cotilleos sobre quién sube y baja en la Casa Blanca, esta es la gran falla que se ha desarrollado en los primeros meses de la Administración Trump. Bannon debe haber visto con incredulidad cómo el candidato que hizo campaña como un férreo agente externo contra el ‘establishment’ republicano básicamente ha cedido las riendas de su Gobierno al Portavoz de la Cámara Paul Ryan (congresista republicano por Wisconsin) y al Líder de la Mayoría en el Senado Mitch McConnel (congresista republicano por Kentucky). McConnel aparece citado en el libro de Wolff diciendo: “Este presidente firmará cualquier cosa que le pongas delante”. Momentos después de que Trump arremetiese contra Bannon la semana pasada, el equipo político de McConnel tuiteó un GIF del líder de la mayoría radiante de alegría.

¿De dónde vino en primer lugar el populismo de Trump? Para responder a esa pregunta, el libro que hay que leer no es la amalgama de cotilleos de Wolff sino “Devil’s Bargain” [“El regateo con el diablo”], el muy inteligente análisis de Joshua Green. En él, Green señala que Trump originalmente tenía un batiburrillo de ideas políticas que no apuntaban en ninguna dirección en particular. Pero empezó a asistir a programas de radio y a dirigirse a audiencias conservadoras y se dio cuenta de que no eran las cuestiones económicas sino las sociales y culturales como la inmigración las que inflamaban a las masas. Trump al principio era “indiferente a la idea” de un muro, según Green, pero su asistente de campaña Sam Nunberg aparece citado diciendo que cuando Trump lanzó la idea por primera vez en la Convención por la Libertad en Iowa en enero de 2015, “el lugar se volvió loco”.

Libre de las responsabilidades de una ideología profunda propia y de cualquier escrúpulo ético –demostrado por su adopción entusiasta de las dudas sobre el lugar de nacimiento de Obama, por ejemplo-, Trump fue capaz de adoptar estas cuestiones mucho más rápidamente que sus 16 competidores en las primarias republicanas. Se distinguió adoptando las posiciones más duras, ganándose así a la base del Partido Republicano. Eso, sumado a su carismático y colorido estilo, creó un lazo entre él y un nuevo baluarte del partido, la clase blanca trabajadora, que parece, por ahora, irrompible.

No estoy de acuerdo con muchas de las propuestas de Bannon, pero sin duda tenía razón al reconocer la furia populista que recorre una amplia franja del país. Uno se pregunta qué sucederá con ello a medida que el tiempo pasa y los votantes de Trump se dan cuenta de que han acabado con algo muy diferente de lo que imaginaron. Durante la transición presidencial, Bannon le dijo a Wolff que la era Trump sería como Estados Unidos en los años 30, con un programa masivo de obras públicas que volvería a llevar a los trabajadores poco cualificados a los astilleros, molinos y minas. En lugar de eso parece que hemos vuelto a los años 20, una época de capitalismo sin restricciones, una exhuberancia atolondrada de los mercados, un estado reducido y una desigualdad que crece de forma dramática. ¿Es por eso por lo que votó el trabajador del acero de Ohio abandonado por todos?

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