Gobierno de Donald Trump: Hay un término medio razonable en materia de inmigración, pero nadie quiere buscarlo

Hay un término medio razonable en materia de inmigración, pero nadie quiere buscarlo

Los dos grandes partidos de EEUU solían ser capaces de llegar a acuerdos en esta cuestión, pero ahora han adoptado posturas extremas: un rechazo que bordea el racismo o una defensa acrítica

Foto: La sombra de un inmigrante frente a un cartel de bienvenida a la Jungla, el campo improvisado en Calais, poco antes de su desmantelamiento en octubre de 2016. (Reuters)
La sombra de un inmigrante frente a un cartel de bienvenida a "la Jungla", el campo improvisado en Calais, poco antes de su desmantelamiento en octubre de 2016. (Reuters)

Emmanuel Macron es hoy el líder mundial más admirado entre liberales, centristas y cosmopolitas en todo el planeta. Ha logrado hacerse con la presidencia de Francia, poner en marcha reformas y seguir siendo relativamente popular… mientras sigue hablando positivamente del libre mercado, la Unión Europea, la globalización y el comercio. Lo ha hecho frente a una ola de populismo que sigue creciendo. ¿Cuál es su secreto? Un área clave en la que observarle es la inmigración.

El pasado martes 16 de enero, Macron anunció que su Gobierno sería más duro respecto a la inmigración, acelerando las demandas de asilo pero deportando a aquellos cuyas solicitudes fuesen denegadas (en 2016, Francia deportó a menos del 20% de aquellos a quienes se les denegó el asilo). Insistió en que nunca permitiría que otra “Jungla” apareciese durante su mandato, refiriéndose al enorme campamento de refugiados improvisado que fue desmantelado en 2016. Macron está siendo criticado por la izquierda y felicitado por su oponente en las elecciones presidenciales, la líder populista de ultraderecha Marine Le Pen.

Macron ha sido un político extraordinariamente astuto y tiene una oportunidad de convertirse en uno de los grandes presidentes de la Quinta República francesa. Entiende algo del estado del humor porpular, y no solo dentro de sus propias fronteras. En Alemania, Angela Merkel ha visto su popularidad, antaño espectacular, hundirse debido a una cuestión central: su decisión en 2015 de permitir la entrada de un millón de refugiados, muchos procedentes de Siria. En las últimas elecciones alemanas, en las que el partido de Merkel perdió terreno y el ultraderechista Alternativa para Alemania consiguió suficientes votos para entrar en el parlamento por primera vez, las encuestas a pie de urna mostraban que el 90% de los votantes querían que aquellos cuya solicitud de asilo había sido rechazada fuesen deportados más rápidamente, y el 71% quería reducir el número total de refugiados.

La cuestión central que alimenta el populismo en todo el mundo es la inmigración. Es por eso que hay populismo de derechas en países como Alemania, Holanda y Suecia, donde el crecimiento económico es fuerte, la facturación industrial es robusta y las desigualdades no han crecido de forma dramática. Donald Trump venció a 16 talentosos candidatos republicanos porque les superó a todos en una cuestión: inmigración. “Lo que [mis bases] quieren más que nada es el muro [en la frontera con México]”, explicó Trump a Associated Press.

Mientras tanto, los Demócratas siguen moviéndose hacia la izquierda en materia económica, creyendo que eso les hará unos populistas más creíbles. Pero las encuestas muestran que el público ya está con ellos en cuestiones económicas. En lo que están en desacuerdo -y especialmente los votantes blancos de clase trabajadora- es en la inmigración. Y sin embargo el partido tiene posiciones más extremas en esta cuestión de lo que las ha tenido nunca.

Partidarios de Donald Trump durante una manifestación de apoyo en California, en marzo de 2017. (Reuters)
Partidarios de Donald Trump durante una manifestación de apoyo en California, en marzo de 2017. (Reuters)

Las posturas que docenas de senadores demócratas adoptaban respecto a la inmigración hace diez años son rechazadas ahora por casi todos los líderes del partido. En aquel entonces la mayoría, por ejemplo, habría estado de acuerdo en que la mezcla actual de inmigración tiende demasiado hacia la reunificación familiar y necesita atraer a más inmigrantes con habilidades especiales. Ahora nadie menciona este asunto. El partido hoy apoya las “ciudades santuario”, sugiriendo que las autoridades locales deberían ignorar las leyes federales o incluso desafiar a las autoridades que intentan hacer cumplir la ley. Imaginen si los alcaldes republicanos hiciesen lo mismo en relación con leyes que no les gustan sobre las armas o el aborto.

Es difícil ser moderado sobre cualquier cuestión estos días, y sobre todo en inmigración. Trump discute al respecto de una manera que parece, a mi entender, racista. Varias facciones del Partido Republicano se han vuelto desagradables y malvadas en tono y temperamento, denigrando a los inmigrantes y promoviendo el nativismo y el fanatismo. Comprometerse con este tipo de actitudes parece no solo de mal gusto, sino incluso inmoral.

Y aún así, es una cuestión que debería permitir un término medio razonable. Edward M. Kennedy, demócrata por Massachusetts, era uno de los senadores más liberales del país. John McCain, republicano por Arizona, es un conservador declarado. Y sin embargo fueron capaces de ponerse de acuerdo en una serie de compromisos a mediados de la década pasada que ayudaron a resolver en gran medida el callejón sin salida migratorio de EEUU y la rabia que lo rodeaba. Canadá solía tener grandes fuerzas nativistas, pero desde que su sistema de inmigración se orientó hacia la admisión de personas con competencias y habilidades especiales, acompañado de importantes esfuerzos por celebrar la diversidad, el multiculturalismo y la asimilación, ha tenido muchos menos vocales. Y esto a pesar del hecho de que Canadá tiene ahora un porcentaje sustancialmente mayor de residentes nacidos en el extranjero que Estados Unidos.

La escala y la velocidad de la inmigración en las últimas décadas es un asunto real. Tan solo desde 1990, la cuota de personas nacidas en el extranjero en EEUU ha pasado del 9 al 15%. Casi ha duplicado a Alemania y Holanda y triplicado a Dinamarca. La mayoría de esos nuevos inmigrantes vienen de culturas distantes y diferentes. Las sociedades solo pueden absorber semejantes cambios a lo largo de una generación. Si los políticos principales no reconocen estas realidades e insisten en que aquellos que hablan de ellas son racistas, solo empujarán al público en plena desesperación hacia los brazos de los verdaderos racistas. De los cuales, por cierto, hay muchos.

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