La meritocracia en EEUU se encuentra bajo el ataque de los biempensantes

Muchos progresistas quieren sustituir las pruebas de acceso basadas en el talento por otras "más inclusivas", pero no se han parado a pensar en qué sustituirá a la selección meritocrática

Foto: El alcalde de Nueva York, Bill de Blasio, durante una rueda de prensa en diciembre de 2017. (Reuters)
El alcalde de Nueva York, Bill de Blasio, durante una rueda de prensa en diciembre de 2017. (Reuters)

En las últimas semanas puede que haya oído hablar de los asuntos no relacionados que en realidad están bastante conectados. En Nueva York, el alcalde Bill de Blasio indicó su deseo de eliminar un examen altamente competitivo para ocho escuelas públicas, incluyendo el Instituto de Secundaria Stuyvesant, y empezó a adoptar medidas limitadas para admitir a más estudiantes negros e hispanos. En Boston, nuevas revelaciones han emergido en una demanda que alega que la Universidad de Harvard discrimina sistemáticamente contra estadounidenses de origen asiático en su proceso de admisión. Esos sucesos vienen de direcciones muy diferentes, pero indican un asalto contra uno de los pilares de la sociedad moderna: la meritocracia.

La meritocracia es ahora una idea bajo asedio. En la derecha, muchos de los partidarios del presidente Trump la consideran una palabra en clave para un aparato organizativo sin contacto con la realidad que mira por encima del hombro a los estadounidenses corrientes y trabajadores. En el Reino Unido, el llamamiento de la primera ministra Theresa May a una sociedad más meritocrática fue criticada por la izquierda como un concepto que alimenta el elitismo y la desigualdad.

Recordemos cuándo y cómo la meritocracia se convirtió en la ideología organizativa de la sociedad moderna. Antes de eso, la gente ascendía en el mundo a través de un sistema informal que privilegiaba la riqueza, el estatus social y las conexiones familiares. Como cuenta Nicholas Lemann en su fascinante libro “La gran prueba”, EEUU estaba dirigido en cada rincón del poder por protestantes anglosajones blancos (o WASP, por sus siglas en inglés) hasta los años 50. Los ejecutivos, los presidentes de universidades y lo senadores eran, casi sin excepción, todos WASPs. Esa aristocracia fue lenta pero firmemente dislocada a través de una serie de sistemas basados en el mérito, sobre todo en educación, que abrieron las instituciones de elite a gente de talento, sin importar su perfil.

El desafío de Nueva York a la meritocracia implica a sus escuelas altamente selectivas, que son una maravilla en el sistema moderno de educación pública. La admisión se basa ahora mismo en un único test. Ser rico o estar bien conectado no te introduce, igual que tu raza o tus proezas atléticas. Como resultado, la Escuela de Educación Secundaria Stuyvesant -la más prestigiosa- acepta un porcentaje menor de solicitudes que Stanford o Harvard. Lo más importante, estas escuelas tienen un asombroso expediente a la hora de sacar a chavales listos de la pobreza y ponerlos en la clase media.

Protesta de estudiantes demandando menores tasas en la Universidad Hunter de Manhattan, en noviembre de 2015. (Reuters)
Protesta de estudiantes demandando menores tasas en la Universidad Hunter de Manhattan, en noviembre de 2015. (Reuters)

De Blasio dice que esas escuelas “tienen un problema de diversidad”. Negros e hispanos constituyen solo un 10 por ciento, comparado con el 68 por ciento del cuerpo estudiantil de la ciudad en su conjunto. Se alega que los tests favorecen a un grupo, los asiáticos, que componen el 62 por ciento de los estudiantes. Pero la postura de De Blasio es errónea y mal enfocada. En primer lugar, esas escuelas son increíblemente diversas. La categoría llamada “asiáticos” agrupa a personas cuyos ancestros vienen de China, Corea del Sur, Vietnam, India, Bangladesh, Indonesia y Filipinas. Vienen de culturas y condiciones económicas enormemente diferentes, hablan diferentes idiomas y adoran a dioses diferentes.

Tal vez más importante, el test está diseñado para encontrar estudiantes talentosos, no para promover a minorías específicas, lo que el vasto sistema escolar de la ciudad de Nueva York se esfuerza mucho por hacer. Detrás del desafío de De Blasio yace la incomodidad por parte de la izquierda con la idea de cualquier tipo de jerarquía del talento. En un editorial del New York Times apoyando el plan del alcalde, el académico Minh-Ha T. Pham escribe: “Todas nuestras escuelas deberían ser escuelas de elite”. Eso, por supuesto, es una contradicción en los términos. No importa cuánto organices la sociedad, siempre habrá una elite. La pregunta es: ¿cómo se forma esa elite, a través del talento o de otros criterios, como la ideología política o las conexiones financieras?

El desafío de Harvard es diferente, reclamando una meritocracia genuina. La demanda argumenta que las universidades de elite pretenden ser meritocráticas pero en realidad no practican lo que predican. Una montaña de evidencias sugiere de forma persuasiva que muchas universidades altamente selectivas discriminan sistemáticamente a los estadounidenses asiáticos. Como señalan algunos documentos recientes, la demanda alega que Harvard usa criterios blandos como “personalidad” para degradar a solicitantes con muy buenos resultados en los tests y grados y actividades extracurriculares, remontándose a métodos que empezaron a usarse en los años 20 para rechazar a solicitantes judíos cualificados.

Seamos claros. Los tests no son perfectos, y deberían ser complementados por otros factores, pero debemos marcar distancia con los esfuerzos del tipo de De Blasio. Pueden llevarnos a un camino que haga volver los procesos de selección a aquellos en los que las elites hacen juicios altamente selectivos, como en los viejos días de las redes de amigos y conocidos. Históricamente, ese proceso acabó en prejuicios y preferencias, basadas en clase, raza, religión, política y dinero. No encontraba ni promovía el talento, ni creaba mucha movilidad social.

La meritocracia está bajo asalto, pero los que la atacan deberían preguntarse: ¿con qué la reemplazarían? A la hora de seleccionar a las elites de una sociedad, una meritocracia es, como Winston Churchill dijo de la democracia, el peor sistema, con la excepción de todos los demás.

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