Es hora de salir de Afganistán. Y así es cómo debemos hacerlo

Históricamente, la clave para acabar con las insurgencias ha sido incluirlas en el nuevo orden político. Cualquier acuerdo requiere negociar tanto con los Talibán como con las potencias regionales

Foto: Un marine de EEUU observa un helicóptero estadounidense en la Base Shukvani, en Afganistán. (Reuters)
Un marine de EEUU observa un helicóptero estadounidense en la Base Shukvani, en Afganistán. (Reuters)

Donald Trump hizo campaña como un líder que quería sacar a EEUU de Oriente Medio. Pero también se definió como un tipo duro y sus primeras decisiones en el cargo estuvieron orientadas a mostrar fuerza -más tropas, reglas de actuación más agresivas, bombas más destructivas- en las zonas de guerra donde EEUU está presente. “Estos asesinos deben saber que no tienen dónde esconderse”, dijo al anunciar un refuerzo de tropas en Afganistán.

Ahora nos llegan informaciones de que la Administración Trump está buscando un acuerdo negociado con los Talibán. Sin importar lo duro que sea el camino, la Administración está en la ruta correcta. Pero es una muy difícil de recorrer.

La guerra en Afganistán, que comenzó en 2001, es la operación militar más larga de la historia de EEUU. Nuestro despliegue allí no puede compararse con la presencia militar de EEUU en Alemania, Japón o Corea del Sur. Las bases permanentes en esos países fueron diseñadas para detener agresiones externas (por parte de Corea del Norte, por ejemplo). En Afganistán, los EEUU están comprometido con un esfuerzo militar para asegurar que el Gobierno de Kabul no es derrocado por la insurgencia -algo más comparable a una fuerza neocolonial que ayuda a un gobierno local amigo-.

Por esta razón, tanto la Administración de Obama como la de Bush diseñaron un plan de salida de Afganistán. Encontraron que era muy difícil abandonar la misión y declarar la victoria. Primero, la realidad era el inexorable avance de los Talibán tras la retirada de tropas estadounidenses, que puso al Gobierno elegido democráticamente ante un peligro mortal. Segundo, a medida que EEUU daba un paso atrás, quedó claro que otros países -potencias regionales como India, China, Irán y Rusia- llenarían el vacío. Y, finalmente, pese a todas las facciones, no había un solo talibán con el que negociar.

Pese a todo, EEUU no puede quedarse en Afganistán para siempre. La operación distorsiona la política exterior de EEUU, comprometiendo recursos significativos a un área de interés nacional limitado. También crea una inevitable dependencia para el frágil Gobierno afgano. Washington ha gastado 45.000 millones al año en ayuda económica y a la seguridad en Afganistán, una cifra que es más del doble del PIB.

Un marine de EEUU durante un combate con Talibán en Garmser, provincia de Helmand, Afganistán. (Reuters)
Un marine de EEUU durante un combate con Talibán en Garmser, provincia de Helmand, Afganistán. (Reuters)

Así que, ¿cuál es la estrategia correcta? En un análisis para 'Foreign Affairs', el académico Barnett Rubin argumenta que cualquier acuerdo político será extremadamente difícil de conseguir y requerirá negociar tanto con los Talibán como con las potencias regionales.

La realidad es que Washington debe alcanzar pactos en los que tendrá que permitir a los Talibán un papel más formal en el poder compartido. En un informe de 2014, unos académicos de Rand mostraron que, históricamente, la clave para acabar con insurgencias extendidas ha sido habitualmente incluir a los insurgentes en el nuevo orden político.

Durante una conversación, Rubin me dio algunas líneas maestras para un crear un camino hacia un acuerdo político. No puede permitirse que los militares lideren las negociaciones, advirtió, porque su mensaje a los insurgentes ha sido “reconciliarse o morir”, como el máximo mando estadounidense en Afganistán, el general John W. Nicholson, ha dejado claro. “No es la forma de empezar un diálogo con personas cuya cultura está completamente organizada en torno al honor personal o colectivo, lo que, por cierto, es un factor con mucho más peso en esta guerra que el denominado extremismo islámico”, dijo Rubin

Añadió que es obvio que este conflicto no tiene una solución puramente militar. Si así fuera, la guerra no estaría en su 17º año. También apunta que incluso mantener el actual compromiso militar requiere mejorar los vínculos políticos con los vecinos de Afganistán. “Observa el mapa”, dijo Rubin, “Afganistán está rodeado. EEUU necesita rutas de suministro”. Los tres países que podrían ayudar en esto son Pakistán, Rusia e Irán -y tenemos malas relaciones con los tres-.

El principal consejo de Rubin es trabajar duro en el terreno diplomático. Reconocer que otros países tienen interés en Afganistán e iniciar conversaciones con ellos. Una salida con éxito depende completamente de que se involucren India, Pakistán, China, Rusia e Irán. Rubin sugiere nombrar a un enviado especial, conferido con legitimidad más allá de sus fronteras y bajo la autoridad de Naciones Unidas.

Sea como sea el proceso, Washington tendrá que decidir si está dispuesto a ponerse serio en Afganistán. Si no quiere, por ejemplo, seguir fantaseando con derrocar al régimen de Irán mientras espera un acuerdo en Afganistán. Irán y Pakistán tienen las herramientas para asegurar que Afganistán sea inestable eternamente. La cuestión más importante para Washington es decidir cuánto debe inmiscuirse India, y diseñar una estrategia conjunta.

Este es el complejo y metículoso trabajo de diplomacia que la Administración Trump ha intentado ignorar y menospreciar. Pero si el presidente realmente quiere sacar a EEUU de esta guerra eterna, es el único camino de salida.

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