Hace un siglo, Europa creía en el progreso. Lo que llegó fue la I Guerra Mundial

Muchos asumen que pese a los reveses, las cosas volverán a la normalidad y todo saldrá bien. A lo largo de la historia ha habido momentos semejantes, cuando bajar la guardia fue desastroso

Foto: Estatua de un soldado francés de la Primera Guerra Mundial en Doulcon, Francia. (Reuters)
Estatua de un soldado francés de la Primera Guerra Mundial en Doulcon, Francia. (Reuters)

Al hacer frente a las malas noticias estos días, muchos tienden a asumir que es simplemente un bache en el camino y que las cosas acabarán por ir bien. Al presidente Barack Obama le gustaba citar la frase de Martin Luther King de que “el arco del universo moral es largo, pero se dobla hacia la justicia”. Pero podríamos estar equivocados al asumir que, pese a algún desliz aquí y allá, el avance es inexorable.

El pasado domingo -a las 11 del 11º día del 11º mes- conmemoramos el centenario del final del conflicto más largo y sangriento que el mundo haya visto jamás. La Primera Guerra Mundial marcó un punto de inflexión en la historia de la humanidad: el final de cuatro grandes imperios europeos, el auge del comunismo soviético y la entrada de Estados Unidos en la política global. Pero tal vez si mayor legado intelectual fue el final de la idea de la inevitabilidad del progreso.

En 1914, antes de que empezase la guerra, la gente había vivido en un mundo muy parecido al nuestro, definido por un estimulante crecimiento económico, revoluciones tecnológicas y una globalización creciente. El resultado fue que se creía ampliamente que las tendencias desagradables, cuando aparecieron, eran temporales y serían superadas por la marcha hacia el progreso. En 1909, Norman Angell escribió un libro explicando que la guerra entre grandes potencias era tan costosa que resultaba inimaginable. “La gran ilusión” se convirtió en un bestseller internacional, y Angell se convirtió en una celebridad de culto (y recibió posteriormente el Premio Nobel de la Paz). Pocos años después de la publicación del libro, una generación de europeos fue destruida por la carnicería de la guerra.

¿Podemos estar siendo igual de complacientes hoy? Hay muchos estadistas serios que así lo creen. Durante una reciente entrevista, el presidente francés Emmanuel Macron explicó: “En una Europa dividida por los miedos, la aserción nacionalista y las consecuencias de la crisis económica, vemos de forma casi metódica la rearticulación de todo lo que dominó la vida de Europa desde el final de la Primera Guerra Mundial a la crisis de 1929”. Y durante una alocución anterior este año al Parlamento Europeo, Macron dijo: “No quiero pertenecer a la generación de sonámbulos que ha olvidado su propio pasado”. Como el historiador Christopher Clark escribió en su libro “Los Sonámbulos”, los estadistas de 1914 se metieron en una burda guerra mundial sin haberse dado cuenta nunca de la magnitud o los peligros de sus decisiones aisladas, graduales… o la falta de ellas. Macron no se limitaba a hablar: ha organizado un Foro de Paz en París para más de 60 líderes mundiales, que empezó este domingo, para intentar combatir los peligros del creciente nacionalismo y la erosión de la cooperación global.

El presidente francés Emmanuel Macron participa en una ceremonia en memoria de los soldados caídos durante la Batalla de las Fronteras, en Morhangue, Francia, el 5 de noviembre de 2018. (EFE)
El presidente francés Emmanuel Macron participa en una ceremonia en memoria de los soldados caídos durante la Batalla de las Fronteras, en Morhangue, Francia, el 5 de noviembre de 2018. (EFE)

¿Son estos peligros tan reales e inminentes? Si comparamos el mundo de hoy, no se asemeja tanto a los años 30 como a los 20. El crecimiento económico y el progreso tecnológico se estaban acelerando entonces, igual que ahora. También estamos viendo un incremento en el nacionalismo y la ruptura de la cooperación, que fueron rasgos distintivos de los años 20. Nuevos grandes poderes estaban en ascenso, como ahora. Las democracias estaban bajo la presión de demagogos, como en Italia, donde Mussolini destruyó las instituciones liberales y estableció su control. Y en medio de todo esto estaba el crecimiento del populismo, el racismo y el antisemitismo, que fueron utilizados para dividir países y excluir a varias minorías como ajenas a la “nación real”. Naturalmente, debido a las presiones de los años 20, tuvieron lugar los años 30.

Las presiones de hoy están todas conectadas. El crecimiento económico, la globalización y la tecnología han generado nuevos centros de poder, dentro de las propias naciones y en todo el mundo. Esta es una era de grandes ganadores y grandes perdedores. El ritmo de cambio genera ansiedad en la gente acerca de los cambios en sus países y culturas, a lo largo y ancho del mundo. Y hallan consuelo en supuestos líderes fuertes que prometen protegerles.

En su libro “The Road to Unfreedom” [“El camino hacia la falta de libertad”], el historiador Timothy Snyder hace una distinción entre lo que él llama “las políticas de la inevitabilidad” -la fe ciega en que todo va a ir bien- y “las políticas de la eternidad”. Esto último es la visión, que mantienen líderes como el presidente ruso Vladímir Putin, de que nada es inevitable, de que mediante la fuerza, el engaño, el poder y la voluntad, uno puede alterar, e incluso revertir, el arco de la historia. Snyder describe cómo Putin hizo justamente eso en Ucrania, negándose a aceptar que estaba inevitablemente estrechando lazos con Occidente, y lanzando una implacable serie de acciones que han desmembrado el país y lo ha anegado en un conflicto interno aparentemente interminable.

Tal vez Putin no gane. Los esfuerzos de gente como él para revertir los progresos del pasado podrían no funcionar. Pero hará falta más esfuerzo de los que se sitúan en el otro bando. Las cosas no van simplemente a resolverse solas mientras miramos. La historia no es una película de Hollywood.

El GPS global

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