La vieja aristocracia blanca es hoy objeto de crítica. Pero podemos aprender de ella

Las elites de hoy carecen del sentido moral de las de antaño, que sabían que sus privilegios eran un accidente de nacimiento. Las actuales los creen fruto de su esfuerzo y se centran en sus intereses

Foto: El expresidente George W. Bush sigue a la guardia de honor que transporta el féretro de su padre, el también expresidente George H.W. Bush, durante su funeral en Washington, el 5 de diciembre de 2018. (Reuters)
El expresidente George W. Bush sigue a la guardia de honor que transporta el féretro de su padre, el también expresidente George H.W. Bush, durante su funeral en Washington, el 5 de diciembre de 2018. (Reuters)

La muerte de George W. Bush ha generado una enorme ola de nostalgia entre el viejo 'establishment' de EEUU, del que Bush era si duda un miembro prominente. También ha provocado un encendido debate entre los comentaristas sobre dicho 'establishment', cuya membresía estaba determinada en gran parte por tu linaje y tus contactos. A principios de la década de 1960 tenías que ser un protestante anglosajón blanco para alcanzar casi cualquier posición de poder en EEUU. Sin duda no se puede decir nada bueno de un sistema que era tan discriminatorio para el resto de la sociedad.

Actualmente, las cosas han cambiado. Con todos sus defectos -a menudo era terriblemente intolerante, en algunos lugares segregacionista y casi siempre elitista-, la vieja aristocracia WASP (las siglas en inglés de blanco, anglosajón y protestante) tenía un sentido de modestia, humildad y e interés público que no se ve en las élites de la actualidad. Muchos de los grandes momentos de Bush -cómo afrontó la caída del comunismo, su decisión de no coupar Irak tras la primera Guerra del Golfo, su política fiscal para reducir el déficit- estuvieron marcados por la contención, por su habilidad para tomar la decisión correcta a pesar de la enorme presión para ceder ante la opinión pública.

Sin embargo, y ahí está el problema, parece que estas virtudes procedían de la propia naturaleza de esta vieja élite. La aristocracia se sentía segura en su poder y posición, así que podía permitirse pensar en el destino del país en términos amplios, enfocándose en el largo plazo, yendo por encima del interés propio, porque sus propios intereses estaban asegurados. Sabía también que su posición era, de algún modo, accidental y arbitraria, así que sus miembros se adherían a ciertos códigos de conducta: modestia, contención, caballerosidad, responsabilidad social.

Si en este punto cree que estoy pintando un mundo de fantasía que nunca ha existido, déjeme darle un ejemplo claro. Durante el viaje del Titanic, sus camarotes de primera clase estaban ocupados por la lista Forbes 400 de la época. Cuando el barco empezó a hundirse y quedó claro que no había suficientes botes salvavidas para todo el mundo, se produjo algo llamativo. Como recuerda Wyn Wade, los hombres dejaron que las mujeres y los niños ocupasen los botes. En primera clase, el 95% de las mujeres y los niños se salvaron, comparado con solo el 30% de los hombres. Aunque los pasajeros de primera clase, naturalmente, tenían un mayor acceso a los botes, el asunto es que algunos de los hombres más poderosos del mundo siguieron un código de conducta no escrito aunque eso significaba una muerte segura para ellos.

La Escuela Woodrow Wilson de Asuntos Públicos e Internacionales de la Universidad de Princeton. (Reuters)
La Escuela Woodrow Wilson de Asuntos Públicos e Internacionales de la Universidad de Princeton. (Reuters)

La meritocracia como distopía

Las elites de hoy son escogidas de una manera mucho más abierta y democrática, en gran medida a través de la educación. Aquellos a quienes les va bien en los exámenes van a buenas universidades, luego a buenas escuelas de posgrado, luego consiguen los mejores trabajos y así. Pero su poder fluye del expediente de sus logros, así que están moviéndose constantemente, buscando su propia supervivencia y éxito. Su perspectiva es más reducida, su horizonte temporal menor y sus acciones son más interesadas.

Y lo que es más dañino, creen que su estatus ha sido logrado legítimamente. Carecen de parte del sentido del viejo 'establishment' WASP de ser privilegiados de nacimiento de forma accidental. Así que las viejas ataduras han desaparecido. Hoy, los altos ejecutivos y otras elites se pagan a sí mismos profusamente, compiten por ventajas personales y se centran en sus propios ascensos.

El hombre que inventó el término “meritocracia” no lo decía como algo positivo. El pensador británico Michael Young pintó una imagen distópica de una sociedad en la que una nueva elite tecnocrática, seleccionada a través de los exámenes, se vuelve cada vez más petulante, arrogante y ambiciosa, segura de que la desigualdad moderna es un reflejo del talento y el trabajo duro. Al escribir posteriormente sobre el uso de Tony Blair del término, Young advirtió de que el primer ministro estaba alimentando una actitud profundamente inmoral hacia aquellos no recompensados por el sistema, tratándolos como si mereciesen su bajo estatus.

El presidente Trump usa un lugar común en sus mítines al atacar a las elites de hoy y su arrogancia. Se centra en su educación y luego le dice a la multitud: “Ellos no son elite. Vosotros sois la elite”. Trump ha encontrado una veta genuina de desagrado entre muchos estadounidenses en la forma en que son percibidos y tratados por sus compatriotas con más éxito. Las protestas violentas que han estado teniendo lugar en Francia están alimentadas igualmente por personas más pobres y rurales que creen que las elites metropolitanas ignoran sus dificultades. El voto del Brexit en 2016 reflejó la misma revuelta contra los tecnócratas.

Déjenme ser claro. Yo, de entre todos -un profesional de religión musulmana nacido en la India-, no pido un resurgimiento de la aristocracia WASP. Solo me pregunto: ¿hay algo que podamos aprender de sus virtudes? Las elites de hoy deberían ser más conscientes de sus privilegios y al menos vivir conforme a una idea simple, tradicional y universal: ricos o pobres, con talento o sin él, educados o sin educación, todos los seres humanos tienen el mismo valor moral.

El GPS global
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