Tras Italia, la próxima alianza entre izquierda y derecha extremas puede ocurrir en Francia

Las reivindicaciones de los 'chalecos amarillos' demuestran que la nueva falla política no está en la diferencia entre derechas e izquierdas sino entre las elites urbanas y los relegados a la periferia

Foto: Protesta de los 'chalecos amarillos' en París, el 15 de diciembre de 2018. (EFE)
Protesta de los 'chalecos amarillos' en París, el 15 de diciembre de 2018. (EFE)

Para Steve Bannon, la forma de crear una mayoría populista duradera es combinar fuerzas de derecha e izquierda. Por eso estuvo en Italia este año, donde partidos que representan ambos lados se han unido para formar una alianza de gobierno. Por eso Bannon espera atraer a algunos de los partidarios del senador Bernie Sanders para que rompan con el Partido Demócrata. Pero el próximo lugar donde podríamos ver un auge de un nuevo populismo de izquierda-derecha es Francia.

Hasta el momento, las protestas de los ‘chalecos amarillos’ han carecido de estructura, partido y liderazdo. Pero se han hecho circular listas de exigencias. En su núcleo, son una fantasía imposible acompañadas de un incremento masivo en gasto social. Lo chocante sobre estos manifiestos es que combinan las listas de peticiones tradicionales de la izquierda y de la derecha. No es de extrañar, entonces, que cerca del 90% de gente que respalda a partidos de extrema izquierda o de extrema derecha vean de forma favorable al movimiento, comparado con tan solo un 23% de gente en el partido centrista de Emmanuel Macron.

La revuelta de los ‘chalecos amarillos’ se ha extendido también a Bélgica, donde la frágil coalición de Gobierno se ha hundido, en gran medida debido a la cuestión de la inmigración. Pero de nuevo, las protestas tienen un sabor de descontento generalizado proveniente tanto de la izquierda como de la derecha. Como en Francia, EEUU y el Reino Unido, el movimiento parece ser una reacción rural contra las elites urbanas.

La fisura entre urbanitas relativamente mejor educados y poblaciones rurales menos educadas parece haberse convertido en la nueva línea divisora de la política occidental. Los “periféricos” se sienten ignorados o despreciados y sienten un profundo resentimiento hacia las elites metropolitanas. Es en parte clase, en parte cultura, pero hay también un importante elemento económico. La Institución Brookings ha demostrado que desde la crisis financiera de 2008, el 72% de los beneficios del empleo en EEUU han caído sobre las 53 principales áreas metropolitanas del país. Para entender la división estructural que esto causa, tengan en mente que todas las ciudades estadounidenses juntas contienen el 62,7% de la población del país pero ocupan solo el 3,5% de la tierra.

El Wall Street Journal ha señalado que el destino de la América rural contra la urbana ha dado un giro de ciento ochenta grados. En 1980, las ciudades eran disfuncionales, azotadas por el crimen, y luchaban por mantener sus residentes. Hoy están en auge, creciendo y relativamente seguras, mientras las áreas rurales están plagadas de problemas. Este cisma urbano-rural es también real en Francia, Italia, el Reino Unido y muchos otros países occidentales.

Una boca de incendios fuera de servicio en el este de Detroit, una ciudad azotada por el desempleo y la falta de oportunidades. (Reuters)
Una boca de incendios fuera de servicio en el este de Detroit, una ciudad azotada por el desempleo y la falta de oportunidades. (Reuters)

Y tiene pinta de empeorar. La investigación de los economistas Daron Acemoglu y Pascual Restrepo sugiere que el uso de robots reduce el empleo en unos 6 trabajadores por cada máquina. Más aún, Acemoglu y Restrepo señalan que, en EEUU, los robots han sido desplegados sobre todo en el medio oeste y el sur. Aunque las áreas metropolitanas normalmente tienen centros creativos y servicios ricos y crecientes, la América rural es menos probable que se convierta en centros de tecnología, entretenimiento, justicia y finanzas. Si vas a una parte rural del Midwest, lo normal es que las principales fuentes de empleo sean el Gobierno y los cuidados de salud (que están también parcialmente financiados por el Gobierno).

La gente es estas zonas son a menudo descritas como irracionales ante las urnas. En EEUU, votan por un partido que promete reducciones fiscales para los ricos y recortes de servicios para la clase trabajadora (es decir, ellos). Thomas Edsall, del New York Times, señala que la legislación impositiva aprobada por los republicanos en 2017 esencialmente subsidia a las empresas para que automaticen. En Europa, propuestas contradictorias son aprobadas por la izquierda y la derecha. Pero esto podría simplemente reflejar una ansiedad más generalizada, una búsqueda ciega de alguien que les promete un mejor futuro.

El libro de 1998 “La Mejor Generación”, de Tom Brokaw, está llena de historias de personas sin estudios superiores que vivían lejos de las grandes ciudades. Esta era “la verdadera América”. A regiones similares a lo largo y ancho de Francia se les llamaba antaño “la Francia profunda”. Hoy son lugares de desesperación.

En el nuevo libro de Yuval Harari, “21 lecciones para el siglo XXI”, el historiador israelí señala que las tres ideologías más poderosas del siglo XX –el fascismo, el comunismo y el capitalismo democrático- pusieron a la persona ordinaria en su centro, prometiéndole un glorioso futuro. Pero hoy parecemos necesitar a un puñado de cerebritos que, con ordenadores y robots, determinarán el curso del futuro. Así que en Francia, en el Reino Unido, en EEUU, la gente ordinaria, que no tiene un título molón, que no asiste a charlas TED, que no tiene un capital ni conexiones, se pregunta, razonablemente: ¿dónde me deja esto a mí?

Para esa pregunta, nadie tiene una buena respuesta.

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