La Eurozona y la libertad de migración: las dos cuestiones que han minado a la UE

La debacle del Brexit arroja luz no solo sobre el Reino Unido, sino también sobre la propia Europa, y lo que se ve es un continente y un proyecto político que ha dejado de funcionar

Foto: Banderas europeas durante una protesta contra el Brexit frente al Parlamento, en Westminster, Londres, 16 de enero de 2019. (Reuters)
Banderas europeas durante una protesta contra el Brexit frente al Parlamento, en Westminster, Londres, 16 de enero de 2019. (Reuters)

Mientras vemos al Reino Unido sufrir los paroxismos del Brexit, es fácil ver su decisión de abandonar la Unión Europea como un acto de estupidez, una herida autoinflingida que empobrecerá a los británicos durante años. Europa es el mayor mercado del Reino Unido, con casi la mitad de las exportaciones del país. Perder un acceso especial a ello es un alto precio a pagar a cambio de algunas ganancias simbólicas en soberanía.

Pero la debacle del Brexit también arroja luz sobre la propia Europa, y lo que se ve es un continente y un proyecto político que ha dejado de funcionar, al menos para mucha gente en su núcleo en Europa Occidental. Lo digo como ardiente partidario de la Unión Europea. EEUU y la UE han sido los dos principales motores de un mundo basado en el libre mercado, la política democrática, la libertad y la ley, los derechos humanos y la riqueza global. Esos valores probablemente se verán erosionados en todo el mundo si la fortaleza y el propósito de cualquiera de esos dos núcleos siguen su declive.

Durante las tres últimas décadas, el proyecto europeo se ha ido saliendo de su rumbo. Lo que empezó como una comunidad de naciones cooperando para crear mercados más grandes y una mayor eficiencia y estabilidad política se ha obsesionado con dos grandes cuestiones que han minado sus logros principales.

La primera fue, tras el colapso de la URSS, la rápida integración de muchos nuevos países que estaban mucho menos desarrollados económica y socialmente que los miembros originales de la UE. Desde 1995, se ha expandido de 12 países a 28. Enfocada originalmente en la apertura de mercados, la optimización de las regulaciones y la creación de nuevas oportunidades de crecimiento, la UE pronto se convirtió en una “unión de transferencias”, un vasto esquema para redistribuir fondos de los países prósperos a los mercados emergentes. Incluso en el fuerte entorno económico de hoy, el gasto de la UE supone más del 3% de la economía de Hungría y casi el 4% del de Lituania.

El europarlamentario y 'Brexiteer' Nigel Farage habla durante un debate sobre la salida británica de la UE, en el Parlamento Europeo en Estrasburgo, el 16 de enero de 2019. (Reuters)
El europarlamentario y 'Brexiteer' Nigel Farage habla durante un debate sobre la salida británica de la UE, en el Parlamento Europeo en Estrasburgo, el 16 de enero de 2019. (Reuters)

Esta brecha entre una Europa pobre y una Europa rica con fronteras abiertas inevitablemente produce una crisis migratoria. Como ha señalado Matthias Matthijs en la publicación Foreign Affairs, de 2004 a 2014 unos dos millones de polacos emigraron al Reino Unido y Alemania y unos dos millones de rumanos se mudaron a Italia y España. Estos movimientos supusieron cargas enormes para las redes de seguridad de los países de destino y agitaron el nacionalismo y el nativismo. El influjo hacia Europa de más de un millon de refugiados en 2015, principalmente de Oriente Medio, debe ser puesto en el contexto de estas cifras ya enormes de inmigrantes. Y como puede verse en casi todas partes, de EEUU a Austria, los miedos sobre la inmigración son el combustible para los nacionalistas de derechas, que desacreditar a la clase política a la que achacan la responsabilidad para estos flujos no controlados.

El segundo desafío que consume a la Unión Europea ha sido su divisa, el euro. Lanzado más con la política que con la economía en mente, el euro ha cobrado cuerpo con una profunda falla estructural: impone un sistema monetario unificado en 19 países que continúan teniendo sistemas fiscales muy diferentes. Así que cuando llega una recesión, los países no tienen la capacidad de reducir el valor de su divisa, ni tampoco reciben recursos adicionales sustanciales de Bruselas, como harían los estados de EEUU de Washington cuando entran en recesión. Los resultados, como ha podido verse durante años desde 2008, son el estancamiento económico y la revuelta política.

El Brexit debería obligar a los británicos a pensar en profundidad sobre su lugar en el mundo y hacer los ajustes que les permitan prosperar en él. Pero debería también llevar a los europeos sobre todo a reapropiarse de su proyecto, una gran idea que se ha torcido. La Unión Europea necesita algo más que jueguecitos; necesita regresar a sus primeros principios, redescubrir su propósito central y cuestionar qué aspectos de su sistema actual ya no funcionan, o no pueden ser gestionados, o ya no se los puede permitir. Como me dijo el ex primer ministro británico Tony Blair en una entrevista esta semana en la CNN, es crucial que “el Reino Unido se lo vuelva a pensar, pero también que Europa se lo vuelva a pensar”.

Europa se está yendo a pique. Aunque algunos estadounidenses parecen disfrutar con la idea, es malo para nuestro país.

“Para mediados de este siglo, vais a vivir en un mundo multipolar”, dijo Blair. “En estas circunstancias, Occidente debería permanecer unido y Europa debería seguir junto a EEUU, porque al final (...) somos países que creen en la democracia, la libertad y el estado de derecho. De otro modo, vamos a ver que, a medida que este siglo progresa y mis hijos y nietos descubren su lugar en el mundo, Occidente va a ser más débil. Y eso es malo para ellos, y malo para todos”.

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