La izquierda estadounidense tiene que aclararse sobre qué opina sobre Venezuela

¿Realmente hay que explicar que los problemas de Venezuela han sido causados principalmente por su propio Gobierno, y que a su pueblo no se le ha permitido determinar su futuro?

Foto: Activistas antiguerra y por los derechos civiles protestan frente a la Casa Blanca contra la injerencia estadounidense en Venezuela, el 26 de enero de 2019. (Reuters)
Activistas antiguerra y por los derechos civiles protestan frente a la Casa Blanca contra la injerencia estadounidense en Venezuela, el 26 de enero de 2019. (Reuters)

La Administración Trump se está enfrentando a una prueba en Venezuela. Debe buscar una política exterior que nos ayude a expulsar al odioso régimen del presidente Nicolás Maduro sin provocar un efecto rebote contra un supuesto “imperialismo” estadounidense. Debe apoyar una transición política que no amenace tanto a la vieja guarda como para que luche hasta el final. Y Estados Unidos debe unirse a otras naciones para ayudar a un país que ha sido virtualmente destruido durante la última década. Todo esto requiere de diplomacia cauta, multilateralismo y presión tranquila, no de grandilocuencia.

Pero Venezuela también representa un desafío para el Partido Demócrata. ¿Puede encontrar su voz sobre Venezuela, y sobre política exterior en general? Hay signos preocupantes de que la nueva política exterior demócrata podría acabar siendo un aislacionismo reflexivo no tan diferente de los instintos del “América Primero” del presidente Trump.

La congresista Tulsi Gabbard (demócrata por Hawai) ha dicho: “Estados Unidos necesita quedarse fuera de Venezuela. Dejen que el pueblo venezolano determine su futuro”. El congresista Ilhan Omar (demócrata por Minnessotta) ha dicho: “No podemos designar a dedo líderes para otros países en beneficio de intereses corporativos multinacionales”. El senador Bernie Sanders ha indicado: “Debemos aprender las lecciones del pasado y no meternos en el negocio del cambio de régimen o del apoyo a golpes de estado”. El héroe izquierdista Noam Chomsky y varias docenas de otros académicos y activistas han firmado una carta culpando en gran medida a las acciones estadounidenses de la crisis en Venezuela.

¿Realmente hay que explicar que los problemas de Venezuela han sido causados principalmente por su propio Gobierno ruin? ¿Que al pueblo de Venezuela no se le ha permitido determinar su propio futuro o elegir a sus propios líderes desde hace años, ya desde la época de gobierno de Hugo Chávez? El Gobierno actual se ha aferrado al poder amañando elecciones, aplastando a los partidos de oposición, silenciando a los medios y usando la fuerza letal contra los manifestantes. Durante una sola semana en enero, fuerzas pro-Maduro han matado presuntamente a al menos 30 personas y arrestado a no menos de 850, según Naciones Unidas.

El régimen de Chávez-Maduro ha destruido la que una vez fue la nación más rica de Latinoamérica, produciendo una tasa de inflación casi inimaginable de 1 millón por ciento (los precios se duplican aproximadamente cada 19 días). El indicador más simple y lúgubre de lo mal que están las cosas en Venezuela es que desde 2015, un número estimado de 3 millones de venezolanos han salido del país. Eso es más o menos un 10 por ciento del país, equivalente a un éxodo de 33 millones de estadounidenses. Pero más millones de venezolanos se han quedado y están luchando. Han salido en masa a votar contra su Gobierno, casi expulsando a Maduro en 2013 a pesar de unas elecciones injustas, y llevando al poder a una oposición parlamentaria en 2015. Durante los últimos años, los venezolanos han organizado protestas masivas contra el régimen, haciendo frente al gas lacrimógeno, las detenciones y las muertes. Se han unido detrás de un líder opositor, Juan Guaidó, y están usando un proceso constitucional para trasladar el control del Gobierno desde el régimen hasta el parlamento electo.

Un venezolano enarbola un cartel pidiendo ayuda a EEUU cerca de un almacen donde se acumula la ayuda humanitaria en la frontera entre Colombia y Venezuela. (Reuters)
Un venezolano enarbola un cartel pidiendo ayuda a EEUU cerca de un almacen donde se acumula la ayuda humanitaria en la frontera entre Colombia y Venezuela. (Reuters)

Durante estos años, el Gobierno venezolano ha usado su riqueza petrolífera para apoyar movimientos anti-estadounidenses a lo largo de Latinoamérica, desde Cuba hasta Nicaragua. Tiene vínculos profundos con narcotraficantes, y está bien documentado que la nación ha desarrollado lazos con Irán e incluso con Hezbollah. El régimen de Maduro, de forma nada sorprendente, está apoyado por una galería canalla de autócratas, incluyendo al presidente ruso Vladímir Putin, al presidente chino Xi Jinping y al presidente turco Recep Tayyip Erdogan.

Hay un debate mayor que mantener sobre el camino a seguir hacia una política exterior progresista. Hay un apropiado escepticismo sobre un presupuesto de defensa de más de 700.000 millones de dólares y subiendo. Hay lecciones que aprender de la sobreextensión del poder estadounidense en el extranjero, de intervenciones que han durado demasiado. La política hacia Venezuela requerirá tacto, precaución, implicación regional y más. Pero para blindarnos contra el peligro de errores y malas acciones, la respuesta sin duda no es la inacción resoluta.

En un brillante libro publicado el año pasado, “Una política exterior para la izquierda”, el filósofo político (e izquierdista de los de carnet) Michael Walzer argumenta que la posición de serie de la izquierda ha tendido a ser la inacción. El mundo es complicado, el poder estadounidense puede ser mal utilizado, la información nunca es la suficiente, así que mejor quedarse fuera. Pero esos criterios podrían ser un consejo hacia la inacción en casa también. Después de todo, una transición firme hacia un sistema de salud “Medicare para todos” también estaría plagada de complejidades y riesgos.

Walzer argumenta de forma poderosa que “en un mundo sacudido por guerras y enfrentamientos civiles, el fanatismo religioso, los atentados terroristas, el nacionalismo de extrema derecha, los gobiernos tiránicos, las amplias desigualdades y una pobreza y hambre extendidos [el mundo] requiere una atención inteligente por parte de la izquierda”. Un ejemplo adicional: no se puede afrontar el cambio climático sin una profunda y continua implicación con el otro 95% de la humanidad.

“Nuestro mayor compromiso es la solidaridad con la gente en problemas”, escribe Walzer. Ahora mismo hay millones de personas en problemas en nuestro hemisferio que están intentando ayudarse a sí mismos. Y se merecen el apoyo activo de la izquierda estadounidense.

El GPS global

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