Hong Kong nos recuerda la lección sobre China que siempre olvidamos

En Hong Kong, cerca de dos millones de personas se manifestaron contra la injerencia de China. Esta historia pone de manifiesto es algo que tendemos a olvidar: la fragilidad del sistema político chino

Foto: Protestas en Hong Kong contra la ley de extradición. (Reuters)
Protestas en Hong Kong contra la ley de extradición. (Reuters)

En Hong Kong, cerca de dos millones de personas -según los organizadores- se manifestaron este mes para protestar contra una ley de extradición que califican de "tiranía" china. Si es correcta esa estimación, eso significaría que uno de cada cuatro hongkoneses salió a las calles para rechazar la injerencia china. Aunque es difícil predecir qué senda tomará esta historia, lo que poner de manifiesto es algo que tendemos a olvidar: la fragilidad del sistema político chino.

El auge de China ha sido un milagro. Es, por ponerlo de forma simple, el caso de desarrollo económico más exitoso de la historia de la humanidad. El producto interno bruto del país ha crecido en torno a un 10% anual durante los últimos 40 años, sacando a más de 850 millones de personas de la pobreza. El capítulo chino supone la mayor parte de la reducción de la pobreza en el planeta. Y, con este hito, China también ha probado ser la mayor excepción a una ley -casi inamovible- de la política.

Décadas de investigación han mostrado que hay una conexión bastante clara entre crecimiento económico y democracia. Cuando los países comienzan a modernizar sus economías, típicamente son forzados también a cambiar sus sociedades y, al final, sus sistemas políticos para hacerlos más abiertos, transparentes y democráticos. Hay singularidades, como el caso de los países petroleros, que logran sus riquezas sin necesidad de modernizarse. Y aún así, los estudios académicos más recientes han confirmado este nexo básico: cuánto más rico eres, más opciones habrá de que seas más democrático.

La excepción china

China no. Hasta hace poco, la principal excepción a la "teoría de la modernización" era Singapur, una pequeña ciudad estado, considerada como un pequeño invernadero con líderes extremadamente dotados y, por tanto, con pocas similitudes con el resto del mundo. Pero también China, que continuó su expansión económica pero permaneciendo resolutivamente no democrática. De hecho, en años recientes, su sistema político se ha endurecido con más represión y censura; y hasta el presidente del país ha eliminado los límites a su mandato.

¿Qué explica la anómala senda de China hacia la riqueza sin democracia? Yuen Yuen Ang, de la Universidad de Míchigan, argumenta que en las últimas décadas China en realidad ha desarrollado "una autocracia con características democráticas". La académica apunta a que las reformas emprendidas en la vasta burocracia del país -una vez considerada un gigante comunista estancado- han logrado un sistema más flexible y transparente. Estos cambios deberían ser considerados un tipo de reforma política, opina.

Ang y otros también apuntan al sistema altamente meritocrático de China, en el que los funcionarios ascienden a través de rigurosos exámenes, evaluaciones y mediciones objetivas de resultados. Este sistema tan competitivo asegura la calidad y capacidad de adaptación, dicen sus defensores. Académicos como Daniel A. Bell, de la Universidad de Shandong, creen que este tipo de modelos políticos descansan en la confianza y la fe en una clase gobernante mandarina que es una característica clave de las sociedades confucianas.

Sin embargo, una buena burocracia no es lo mismo que democracia, que se centra en la capacidad tanto de elegir a tus líderes como de sacarlos del poder. Y respecto a las sociedades confucianas, cada vez que escuchamos los argumentos culturales, no nos olvidemos de Hong Kong y Taiwán. Ambos son, en esencia, sociedades chinas con una fuerte afinidad por la democracia, como se ha demostrado en las últimas semanas.

Adversarios de tres metros

Estados Unidos está peleando con China en varios frentes ahora mismo. En esta especie de forcejeo geopolítico, los estadounidenses a menudo cometen el error de creer que su adversario mide tres metros -¿se acuerdan de la Unión Soviética?-. Primero, no está claro que China sea una adversario en el sentido de la Guerra Fría; podría ser más adecuadamente descrita como competidora. Aún más importante, aunque China tiene grandes fortalezas, también tiene sus debilidades.

Consideremos la situación del presidente Xi Jinping. El crecimiento económico en China se ha desacelerado sustancialmente y el actual impulso proviente del elevado endeudamiento de los gobiernos locales y las compañías estatales. El país se enfrenta a un futuro con menos trabajadores, consecuencia de la política de un solo hijo (en sí misma, un clásico ejemplo de los peligros de la dictaduras -un error centralizado, dirigido e implementado con eficiencia brutal).

Pero quizás, por encima de todo, China tiene un sistema político que enfrenta presiones reales. En la era del populismo y el anti-elitismo, China todavía está dirigida por un cuadro de privilegiados distantes. El Partido Comunista Chino mantiene el poder por su promesa de prosperidad y por la aplicación de la fuerza. Utiliza un férreo sistema de censura y de espionaje de su propia ciudadanía cada vez más sofisticados.

Enfrenta a una población que no es genética ni culturalmente diferente a la de Taiwán y Hong Kong, donde millones han dejado claro que no quieren solo un buen gobierno o burócratas inteligentes, sino democracia. Así que, al final, la guerra comercial con Estados Unidos podría acabar siendo el menor de los problemas para Xi.

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