EEUU es una gran nación... que está en proceso de descomposición

Tensiones por un profundo cambio demográfico, una violenta reacción política y una presidencia que se niega a ser controlada. Mi optimismo sobre EEUU se está agotando

Foto: El presidente Donald Trump en una visita sorpresa a una base militar de EEUU en Afganistán. (Reuters)
El presidente Donald Trump en una visita sorpresa a una base militar de EEUU en Afganistán. (Reuters)

El Día de Acción de Gracias es mi fiesta favorita. Es una celebración secular de lo que es Estados Unidos, y como inmigrante, siento que tengo mucho por lo que dar las gracias. Soy un optimista que tiende a ver la historia de este país como una progreso a través de abordar sus deficiencias. Últimamente, está siendo difícil mantener esa alegre perspectiva. Los mayores activos de Estados Unidos, su república constitucional y su carácter democrático, parecen estar en peligro de descomposición.

Solo hay que escuchar el lenguaje del presidente. "Nuestros radicales opositores demócratas son impulsados por el odio, los prejuicios y la ira", bramó el pasado junio en un mitin en el pistoletazo de salida de su campaña de reelección. "Quieren destruirte, y quieren destruir nuestro país tal como lo conocemos". Palabras como "traición" y "golpe" ahora se utilizan a la ligera en el discurso político. Algunos creyeron que la investigación del juicio político podría proporcionar evidencias y hechos que acabarían con confusión y las fantasías, pero en realidad ha sucedido justo lo contrario. Ahora está claro que la intensidad de la polarización es tan grande que todo se ve a través de un prisma partidista. ¿Puede Estados Unidos sobrevivir en tiempos tan venenosos?

Bueno, lo ha conseguido en otras ocasiones. La república estadounidense es una creación extraordinaria, construida para acomodar a personas muy diferentes con ideas y valores completamente distintos. Ha sobrevivido a las batallas entre los propietarios de esclavos y los abolicionistas, a la primer oleada de miedo "al rojo" del comunismo y al macartismo, a Vietnam y al Watergate. Todas esas luchas fueron asuntos de alto riesgo, cada una despertó pasiones, y cada una de ellas finalmente se acabaron, aunque no sin amargura y desilusión. La historia, incluso la historia de un país tan poderoso y exitoso como los Estados Unidos, no es una colección de cuentos alegres con finales felices. Está lleno de peleas, con victorias, derrotas y empates.

Palabras como "traición" y "golpe" ahora se utilizan a la ligera en el discurso político

¿Podría esta vez ser diferente? Sí, dice Yoni Appelbaum en un ensayo que invita a la reflexión en la revista The Atlantic titulado "Cómo se acaba Estados Unidos". Appelbaum argumenta que "Estados Unidos está experimentando una transición que quizás ninguna democracia rica y estable haya experimentado jamás: su grupo históricamente dominante está encaminándose a convertirse en una minoría política, y sus grupos minoritarios están reivindicando sus derechos e intereses en igualdad de condiciones". Ezra Klein señala una transformación relacionada: "Casi el 70% de los adultos mayores estadounidenses son blancos y cristianos. Solo el 29% de los adultos jóvenes son blancos y cristianos".

Appelbaum reconoce que ha habido versiones más pequeñas de esta transición antes, pero esos momentos han sido desgarradores, a menudo forzando a Estados Unidos hasta casi el punto de ruptura. Se necesitó una guerra civil para acabar con la esclavitud y luego casi 100 años de lucha para acabar con las leyes racistas de Jim Crow. Estados Unidos aprobó la Ley de Exclusión de China e internó a 120.000 ciudadanos y no ciudadanos estadounidenses de ascendencia japonesa antes de abrir sus puertas a inmigrantes de todo el mundo. Las mujeres tuvieron que emprender una larga campaña para garantizar su derecho al voto, y los homosexuales tuvieron que superar la discriminación y la persecución sistemáticas antes de obtener la aceptación. Hoy, el país está encerrado en una nueva batalla sobre cambios demográficos radicales.

Hay otra tendencia preocupante que amenaza el carácter constitucional de Estados Unidos: el poder cada vez más amplio poder del presidente. Independientemente de lo que piense sobre los cargos contra el presidente Trump sobre Rusia o Ucrania, su posición de no cooperar decididamente con el Congreso debería preocuparle profundamente. Si el Congreso no puede ejercer su capacidad primordial de supervisión, obtener documentos y citar a los funcionarios de la administración para que testifiquen, el esencial sistema de control y equilibrio se ha roto. La presidencia se habrá convertido en una dictadura electa.

Hemos estado yendo por este camino por un tiempo. Arthur M. Schlesinger Jr. escribió sobre "La Presidencia Imperial" en 1973. La legislación y la cultura después de Watergate llevaron a muchos a creer que este tipo de asuntos estaban bajo control. La gente realmente comenzó a preocuparse por una Casa Blanca debilitada y emasculada. Pero en cambio, como Schlesinger señaló en una reedición de su libro en 2004, la figura de la presidencia en los últimos años se ha fortalecido más que nunca. El temor después del 11-S resultó ser la puerta de entrada para una rama ejecutiva fuera de control. El presidente ganó la capacidad de espiar a los ciudadanos estadounidenses de manera particular, usar la fuerza militar a su antojo, torturar a los prisioneros y detener a las personas indefinidamente. El presidente ahora puede ordenar la ejecución de ciudadanos estadounidenses que son considerados, por él, terroristas, sin el debido proceso judicial.

El Congreso y los tribunales son reconocibles desde la época de los padres fundadores, la Casa Blanca no lo es.

En el Fiscal General William P. Barr, Trump ha encontrado un asistente extraordinariamente útil, que parece creer, a pesar de toda esta historia, que el gran problema en los Estados Unidos es que la presidencia es demasiado débil. Ha habilitado una política de obstrucción y silencio, en la que los altos funcionarios de la Administración casi se comportan como si el Parlamento no existiera. La gente a menudo se pregunta qué pensarían los padres fundadores de Estados Unidos hoy. Me parece que la mayor sorpresa para ellos sería el increíble crecimiento del poder presidencial. El Congreso y los tribunales son reconocibles desde su época, la Casa Blanca no lo es.

Tensiones por un profundo cambio demográfico, una violenta reacción política y una presidencia que se niega a ser controlada. Mi optimismo se está agotando.

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