Trump está perdiendo su guerra comercial contra China por no aceptar la realidad

China es el primer competidor real al que EEUU se ha enfrentado en la era moderna. Y Donald Trump debería aceptar esa realidad antes de seguir cometiendo errores

Foto: Donald Trump y Xi Jinping en el G20. (Reuters)
Donald Trump y Xi Jinping en el G20. (Reuters)

La primera fase de las negociaciones del acuerdo comercial con China es, en gran medida, una victoria para Pekín. Tan solo hay que comparar el acuerdo firmado esta semana con las peticiones iniciales de Washington en el documento filtrado en mayo de 2018. Es la conclusión del Financial Times ya que, según los objetivos principales de Estados Unidos, “después de casi dos años de negociaciones, aranceles y contraaranceles, Trump no ha conseguido ninguno de sus objetivos”.

Este resultado es parcialmente un reflejo de los dos lados. China es un país con un partido único que puede mirar a largo plazo. Trump apostó a que podía perjudicar lo suficiente la economía china con los aranceles para que el sufrimiento de los consumidores americanos, que han sido los que han pagado esos aranceles, valga la pena. Aparentemente, sin embargo, el presidente ha decidido que quiere calmar las aguas ahora que busca la reelección. Y se ha rendido.

Desde una perspectiva más amplia, sin embargo, este acuerdo comercial refleja algo nuevo en el panorama internacional, algo contra lo que Estados Unidos tendrá luchar en las próximas décadas. Tal y como dije en Foreign Affairs, China es el primer competidor real al que EEUU se ha enfrentado en la era moderna (ni siquiera la Unión Soviética luchó económicamente de tú a tú contra EEUU).

Por qué China va en serio

China es la segunda economía del mundo. Es el principal socio comercial de la mayoría de los países en Asia y de muchos otros en el resto del mundo, tiene las mayores reservas de divisas del mundo y lidera el planeta en otras muchas industrias, incluyendo sectores de alta tecnología como el 5G.

Pero quizá lo más significativo es que China no forme parte del sistema de seguridad americano. Washington se ha enfrentado a un ambiente internacional excepcionalmente benigno en un asunto clave. Después de la Segunda Guerra Mundial, los países que emergieron o volvieron a surgir fueron todos protectorados estadounidenses: Alemania, Francia, Reino Unido, Japón, Corea del Sur. China, por supuesto, no lo es. Añade a esto un sistema político y un trasfondo cultural muy distintos, así como el deseo de proyectar su poder en su continente y más allá, y ya tienes todos los elementos de una compleja y tensa relación. Pero como demuestran estas negociaciones fallidas de Trump, no estamos ante un caso en el que las amenazas, la confrontación y la arrogancia funcione. China también sabe devolver los golpes.

El principal error de Trump fue emprender esta aventura solo. Los líderes europeos ofrecieron unir sus fuerzas contra China - juntos representan casi el 50% del PIB y más del 50% del gasto militar-. Pero Trump lo rechazó. En su lugar, castigó a Europa por seguir teniendo en su balanza comercial déficits con EEUU. También se retiró del Acuerdo Transpacífico, una colaboración que también habría servido para presionar a China.

En este asunto, la culpa no recae exclusivamente en Trump. Los demócratas también se han vuelto “halcones” en relación a China y proteccionistas en general. El acuerdo del presidente está siendo criticado por líderes del partido, pero si un demócrata hubiera estado en la Casa Blanca probablemente el resultado no hubiera sido muy distinto.

Trump tiene parte de razón

Los críticos tienen razón cuando dicen que China ha jugado sucio con las reglas del libre comercio. Pero sobre todo, China debe la prosperidad al cambio de una economía comunista por un acercamiento basado en el mercado. Ha progresado porque los chinos trabajan dur, ahorran e invierten mucho y porque han tomado prestado buenas ideas. Para Washington, la mejor manera de responder al auge de China sería hacer grandes inversiones en Ciencia, Tecnología, infraestructura y formación profesional que asegure que EEUU puede superar en innovación y en competitividad a cualquiera.

Pocas veces se entiende la amenaza geopolítica de China. Se suelen hacer malas referencias con otra Guerra Fría. Una comparación puede ayudar. Pero tenemos que olvidar a la Unión Soviética y mirar a lo que es Rusia hoy en día cómo intenta degradar el orden internacional que Occidente ha forjado desde 1945. Por el contrario, China está tratando de crecer y enriquecerse dentro de ese mismo orden. Al contrario que Rusia, China no intenta interferir en la democracia occidental e invadir a sus vecinos.

Como subrayé en Foreign Affairs, la China de Mao Zedong solía un gran patrocinador de las insurgencias revolucionarias por todo el mundo. Ahora es el segundo mayor donante de fondos para los cuerpos de la paz de la ONU. De hecho, Pekín no ha ido a una guerra desde 1979, un récord de no intervención que ostenta entre los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU.

EEUU va a tener que competir con China por ser el país más potente del siglo XXI. Pero tendrá que hacerlo de una forma inteligente, incluyendo a aliados y tratando de mantener la competición dentro de los límites del sistema internacional. Por el contrario, si seguimos este camino de confrontación y contención, vamos camino de destrozar el orden internacional y la economía global. Acabaríamos con controles nacionales en comercio, tecnología y libertad de movimiento, una lucha sin fin buscando aliados e influencia, rebajando nuestros niveles de crecimiento económico y aumentando el peligro de una carrera nuclear e, incluso, una guerra. No se trata de ser más fuerte sino más listo que China.

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