La pandemia es demasiado importante como para dejarla solo en manos de los científicos

Un consejero de Trump advirtió el 29 de enero "del riesgo del coronavirus de convertirse en una pandemia". Parece que el asesor estaba en lo correcto y los científicos equivocados

Foto: El presidente Trump en la Casa Blanca. (EFE)
El presidente Trump en la Casa Blanca. (EFE)

Para todos los que hemos observado con creciente terror como el presidente Donald Trump ofrece una serie de ideas medio cocinar y un montón de corazonadas sobre cómo manejar, tratar y curar el covid-19, la solución parece obvia: sigamos a la ciencia. Los detractores de Trump entonan este mantra. "Sigan a la ciencia, escuchen a los expertos", dice Joe Biden. "La Costa Oeste es -y continuará siendo- guiada por la CIENCIA", tuiteó el gobernador demócrata de California, Gavin Newsom. “Vamos a seguir el consejo de científicos y doctores", dijo el gobernador republicano de Maryland, Larry Hogan.

Pero, ¿qué significa eso? Después de todo, fue el propio Anthony S. Fauci quien inicialmente minimizó los peligros del nuevo coronavirus para Estados Unidos. En 26 de enero, por ejemplo, dijo: "Hay un riesgo muy, muy bajo para Estados Unidos. No es algo de lo que el público americano necesite preocuparse o asustarse". Unos pocos días más tarde, Alex Azar, secretario de salud y servicios humanos, dijo: “El riesgo de infección para los americanos es bajo". Para ser justo, simplemente estaba reflejando la postura de los funcionarios de salud pública del Gobierno.

Al mismo tiempo, el consejero de Trump Peter Navarro, que no es científico, mirando los mismos datos que venía de China advirtió el 29 de enero en un informe sobre "el riesgo del coronavirus de convertirse en una pandemia total, poniendo en peligro la vida de millones de americanos" y urgía a tomar "acciones agresivas". Parece que el asesor estaba en lo correcto y los científicos equivocados.

Pero pintarlo así también sería demasiado simplista. La realidad es que la ciencia no arroja una respuesta simple, especialmente con un nuevo fenómenos como el coronavirus. Fauci, jefe del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas, llegó a una conclusión razonable dada la evidencia inicial. Cuando la evidencia cambió, cambió sus conclusiones. Tendemos a pensar en la ciencia como algo que da una respuesta definitiva, pero no funciona así. Ciencia es, sobre todo, un método de investigación, de plantear preguntas y de probar rigurosamente las hipótesis con los datos. Con nuevos y mejores datos, llegamos a nuevas y mejores conclusiones.

Hay ciertas áreas de estudio -el cambio climático, por ejemplo- en el que los científicos han investigado el tema por décadas, recolectado montañas de datos, publicado estudios revisados por otros científicos y llegado a consensos. El covid-19 es completamente diferente. Es un fenómeno conocido apenas hace cuatro meses, con poca investigación todavía.

En una excelente pieza sobre la pandemia publicada la semana pasada, Bill Gates tiene una sección sobre "varias cosas clave que todavía no comprendemos". Estos son cruciales para confeccionar la respuesta correcta. Un ejemplo: ¿Por qué los jóvenes suelen soportar la enfermedad mejor? La respuesta podría ayudarnos a decidir cuán pronto y bajo qué condiciones reabrir las escuelas. Otras preguntas: ¿Qué actividades hacen el contagio más probable? ¿Afecta el clima a la transmisión del virus? Hay que tener en cuenta que ni siquiera tenemos cifras confiables para dar una tasa precisa de infección, diseminación o letalidad.

Mientras atravesamos el proceso de cerrar y abrir las sociedades, los científicos de todo el mundo están reuniendo datos a un ritmo endiablado. Deberíamos aprovechar esto y darle uso para revisar o incluso revertir nuestras visiones sobre la pandemia. Y deberíamos dar la bienvenida a aquellos que tienen ideas heterodoxas. T.J. Rodgers, el consejero ejecutivo fundador de Cypress Semiconductors, realizó un análisis con los datos disponibles que le llegó a concluir que la velocidad a las que las ciudades cerraban tenía poco efecto en reducir la mortalidad de covid-19.

Es un modelo sin duda crudo, pero merece la pena examinarse. Sugiere, por ejemplo, que una elevada densidad de población es ocho veces más probable de correlacionarse con una alta mortalidad del virus que una cuarentena tardía. Esto podría explicar por qué ciudades densamente pobladas como Nueva York -con medios de transporte abarrotados- han sido golpeadas tan duro y por qué estados como Florida, a pesar de cerrar más tarde, han tenido relativamente pocas muertes.

Y aunque siempre tiene sentido ser cauto y prepararse para lo peor, hay costes reales para el "principio de precaución". Al cancelar procedimientos médicos no urgentes en anticipación de pacientes covid-19, los hospitales negaron la atención a gente enferma que empeoró como resultado, aunque al final resultó que la mayoría de las instalaciones tenían la capacidad para atender a ambas. Equilibrar esos costes y beneficios no es en definitiva solo sobre la salud. Si bajamos el límite de velocidad en todas partes a 60 kilómetros por hora, sin duda salvaremos vidas. Pero tenemos que lograr un balance entre coste y beneficio.

La ceguera voluntaria de Trump nos hace querer entregar el país a Fauci. Pero esa es la respuesta equivocada. Necesitamos líderes que asuman responsabilidades y tomen decisiones, informados por los científicos, pero también por economistas, políticos y otras disciplinas. Así como la guerra es demasiado importante para dejarlas solo a los generales, las pandemias son demasiado importantes para dejarlas en manos de los científicos.

El GPS global
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