Los políticos detrás de Trump son los culpables de los que nadie está hablando

Si Estados Unidos sigue descendiendo por este camino oscuro, gran parte de la culpa recaerá en los líderes republicanos, los alegres colaboradores de Donald Trump

Foto: Donald Trump. (EFE)
Donald Trump. (EFE)

Yo no soy de los que defienden que Estados Unidos están a punto de convertirse en una tiranía bajo el mandato de Trump. Pero está claro que, dejado a su suerte, Trump actuaría con poca preocupación por la ley, los precedentes o la Constitución. Como presidente se ha mostrado dispuesto a acabar con las investigaciones sobre su conducta, ofrecer amnistía a aquellos amigos suyos que habían ido en contra de la ley y castigar las organizaciones de medios y las plataformas de redes sociales que, en su cabeza, están sesgadas contra él.

Muchos de sus simpatizantes dicen en privado que no hay necesidad de preocuparse por Trump porque sus excesos siempre están controlados. Pero el sistema americano no funciona a través de la magia. Necesita que otros líderes —jueces, burócratas, generales y, sobre todo, políticos— alcen la voz cuando vean abusos de poder graves. Algunos lo han hecho, como varios líderes militares, pero hay un enorme agujero vacío. Y es el del propio partido del presidente.

En la tarde-noche del lunes, en la plaza de Lafayette y a la sombra de la Casa Blanca, la policía con equipo antidisturbios empezó a adentrarse en una protesta pacífica —protegida explícitamente en la Constitución— y dispersó la manifestación usando la fuerza y su armamento, incluyendo gas pimienta y balas de goma. Los manifestantes no estaban violando el toque de queda ni cometiendo ningún acto violento. La policía usó la fuerza bruta sobre sus ciudadanos, que estaban respetando la ley, para que el presidente pudiera hacerse una fotografía con una biblia delante de una iglesia.

"Llegaba tarde a comer, no lo vi"

Cuando fueron preguntados por si tenían algún comentario respecto a este peligroso abuso de la autoridad gubernamental, destacada en todos los canales de televisión y periódicos del mundo, los aliados del presidente dijeron lo siguiente: el senador John Neely Kennedy (R-La.) dijo que no diría nada porque él "no estaba allí". Uno se pregunta si solo comentará eventos del mundo en los que esté físicamente presente. Algunos senadores —Mitt Romney (R-Utah), Ron Johnson (R-Wis.), Mike Lee (R-Utah)— rehusaron comentar porque "no lo vieron detenidamente", en palabras de Romney. El senador Rob Portman (R-Ohio) y Mike Enzi (R-Wyo) dijo que "llegaba tarde a comer". Unos pocos senadores republicanos rompieron con el presidente, pero también salieron otros para defenderle. Ted Cruz (Tex.) —que solía describir a Trump como un ser "completamente amoral" y un "mentiroso patológico"— dijo que el único abuso de poder que se había cometido era "el de los manifestantes".

En un brillante ensayo en la revista 'The Atlantic', la historiadora Anne Applebaum nos recuerda que el colaboracionismo es bastante común, cuando la oposición por principio es más rara. Ella recuerda la obra maestra del poeta polaco Czeslaw Milosz 'La mente cautiva', en la que describe cómo la colaboración otorga un alivio. Significa que no vas a tener que enfrentarte más a tus ideales ni a más turbulencias internas. Una vez que el colaboracionista ha tomado su decisión, escribe Milosz, "lo come con gusto, sus movimientos adquieren vigor, su color vuelve a ser el que era. Se sienta y escribe un artículo 'positivo', maravillándose de la facilidad con que lo escribe".

Lindsey O. Graham. (Reuters)
Lindsey O. Graham. (Reuters)

Milosz podría haber estado describiendo al Senador Lindsey O. Graham, quien en 2015 llamó a Trump un "agitador del racismo, xenófobo y fanático religioso", pero en 2018 anunció en 'The View', con una carcajada, que ya no creía en nada de eso. Applebaum apunta que "Milosz es uno de los pocos escritores que reconoce el placer del conformismo, la ligereza de corazón que otorga, la forma en que resuelve tantos dilemas personales y profesionales".

Applebaum, al explicar cómo Trump crea esa complicidad, cita un pequeño y justo ejemplo al principio de su presidencia. En los días posteriores a su inauguración, él decide insistir en que la multitud en su ceremonia había sido más grande que nunca, pese a que las pruebas claramente le contradecían. Obligó a su secretaria de prensa a mentir en público y consiguió que se manipularan las fotografías. Applebaum compara esta acción con el tipo de propaganda que se alteraba en los pósteres de la Unión Soviética, normalmente sobre temas triviales, pese a que sabían que sus ciudadanos no se lo creerían. "El punto de los pósteres no era convencer a la gente de una mentira. El punto era demostrar el poder del partido al proclamar y promulgar una mentira. A veces la idea no es conseguir que la gente se crea una mentira, sino que el mentiroso meta miedo a la gente".

Podemos ver cómo este proceso ha funcionado en la presidencia de Trump. Empieza con el pequeño problema de la inauguración pero luego continúa. Ha asegurado que él realmente ganó el voto popular porque millones de personas votaron ilegalmente, que China paga por sus aranceles, que Alabama estaba en peligro por el huracán Dorian, que los molinos de viento provocan cáncer y que él no presionó al presidente de Ucrania para investigar a Joe Biden. Como presidente, Trump ha mentido o engañado casi 20.000 veces, y los republicanos han repetido esas mentiras, al principio dubitativos, pero después con una "ligereza de corazón", "maravillándose de la facilidad" con la que pueden justificar su engaño.

Si Estados Unidos sigue descendiendo por este camino oscuro, gran parte de la culpa recaerá en los líderes republicanos, los alegres colaboracionistas de Donald Trump.

El GPS global
Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
11 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios