La pandemia trastocó el presente. Pero nos ha dado la oportunidad de rehacer el futuro

Está en nuestras manos elegir: un mundo más aislacionista y con dos bloques enfrentados, EEUU y China, o una colaboración más amplia

Foto: Mapa mundi con una mascarilla en Guangzhou, China. (EFE)
Mapa mundi con una mascarilla en Guangzhou, China. (EFE)

Se trata de uno de los momentos más grandes del cine. En el profundo drama histórico 'Lawrence de Arabia', el joven diplomático-aventurero británico T. E. Lawrence —inolvidablemente interpretado por el actor Peter O'Toole— ha convencido a un grupo de tribus árabes para organizar un ataque sorpresa contra el Imperio Otomano, del que buscan independencia. Lawrence dirige una banda de estos guerreros beduinos a través del desierto, acercándose al puerto otomano de Áqaba desde la retaguardia. Cruzan el desierto bajo un intensísimo calor, desafiando prietas tormentas de arena.

En un momento dado, descubren que uno de los soldados árabes, Gasim, se ha caído del camello. Lawrence instantáneamente decide que debe dar la vuelta y encontrar al hombre perdido. Sherif Ali, el líder árabe, interpretado en la película por Omar Sharif, se opone. Otro personaje le dice a Lawrence: "El tiempo de Gasim ha llegado, Lawrence. Está escrito". Lawrence contesta bruscamente: "¡Nada está escrito!". Entonces se da la vuelta, busca entre arenas y ciclones, y encuentra a Gasim tambaleándose, medio muerto. Lawrence lo lleva de vuelta al campamento para una bienvenida de héroe. Sherif Ali le ofrece agua, Lawrence le mira y, antes de saciar su sed, repite calmadamente. "Nada está escrito".

El mundo que está surgiendo como consecuencia de la pandemia de covid-19 es nuevo y da miedo. La crisis sanitaria ha acelerado un número de fuerzas que estaban ya cociéndose. Más fundamentalmente, es ahora meridianamente claro que el desarrollo humano está creando riesgos nunca vistos. La respuesta de la naturaleza está alrededor de nosotros, desde incendios forestales a huracanes o pandemias, de las que el covid-19 puede ser simplemente la primera de una serie. La pandemia ha intensificado otras tendencias, también. Por razones demográficas, entre otras, los países verán muy seguramente un crecimiento económico más renqueante. La desigualdad se hará más amplia y los grandes se hacen más grandes en todas y cada una de las esferas. El aprendizaje automático ('machine learning', en inglés) avanza tan deprisa que, por primera vez en la historia, los humanos podrán perder el control de sus propias creaciones. Las naciones se están convirtiendo cada vez más parroquiales, sus políticas domésticas cada vez más aislacionistas. Estados Unidos y China avanzan hacia una amarga y prolongada confrontación.

Es un momento peligroso. Pero es también en momentos como estos que podemos dar forma y alterar este tipo de tendencias. Para completar la historia de nuestro futuro, debemos añadir la agencia de los humanos. La gente puede elegir en qué dirección quiere empujarse a sí misma, a sus sociedades y al mundo. De hecho, tenemos ahora más libertad de acción. En muchas eras, la historia ocurre a lo largo de un camino marcado y el cambio es difícil. Pero el nuevo coronavirus ha volcado a la sociedad. La gente está desorientada. Las cosas están cambiando ya y, en esta atmósfera, más cambios resultan más fáciles que nunca.

Pensemos sobre los cambios que hemos aceptado en nuestras propias vidas en respuesta a la pandemia. Hemos aceptado aislarnos durante largos periodos. Hemos trabajado, asistido a reuniones y tenido profundas conversaciones hablando a nuestros ordenadores. Hemos tomado cursos online y hemos visto doctores y terapeutas utilizar la telemedicina. En un mes, las empresas cambiaron políticas que hubieran, en situaciones normales, tardado años en revisar. En 24 horas, las ciudades cambiaron avenidas por calles peatonales y aceras en cafés. Las actitudes antes ignoradas o pasadas por alto han cambiado, como se puede ver en el nuevamente adoptado término "trabajadores esenciales". Y los gobiernos han abierto sus cofres en modos que antes hubieran sido inimaginables y que podrían acabar en una mayor intención de invertir en el futuro.

Puede ser el comienzo de algo nuevo o podemos continuar con las cosas como antes y arriesgarnos a sufrir más crisis

Estos cambios pueden ser transitorios o el comienzo de algo nuevo. Podríamos continuar con las cosas como de costumbre y arriesgarnos a unas crisis en cascada, debido al cambio climático y nuevas pandemias. O podríamos tomarnos en serio una estrategia de crecimiento más sostenible. Podríamos volvernos hacia nosotros mismos y abrazar el nacionalismo y el interés propio, o podríamos ver estos desafíos, que cruzan todas las fronteras, como un acicate para la cooperación y la acción global. Tenemos muchos futuros por delante.

La encrucijada tras la I Guerra Mundial

Nos hemos enfrentado a encrucijadas de este tipo antes. Durante la década de 1920, después de una guerra mundial y una gran pandemia (la de la mal llamada gripe española), el mundo podría haber ido en dos direcciones diferentes. Algunos de los líderes que emergieron del conflicto querían crear estructuras de paz que pudieran impedir otra guerra mundial. Pero el Congreso de Estados Unidos rechazó los planes del presidente Woodrow Wilson y Estados Unidos dio la espalda a la Liga de las Naciones y a los esfuerzos por crear un sistema de seguridad colectiva en Europa. Los líderes europeos impusieron duras sanciones a Alemania, lo que llevó al país al colapso. Estas decisiones crearon un mundo muy oscuro en la década de 1930: hiperinflación, desempleo masivo, fascismo y otra guerra mundial. Unas decisiones diferentes podrían haber llevado al mundo por un camino completamente distinto.

La pandemia actual presenta opciones similares. Podríamos asentarnos en ese mundo de lento crecimiento económico, cada vez más peligros naturales y mayor desigualdad, y continuar con las cosas como de costumbre. O podríamos optar por actuar enérgicamente, utilizando la vasta capacidad del gobierno para realizar nuevas inversiones masivas para equipar a las personas con las habilidades y la seguridad que necesitan en una era de cambios desconcertantes. Podríamos construir una infraestructura del siglo XXI, poniendo a trabajar a muchos de los más amenazados por las nuevas tecnologías. Podríamos frenar las emisiones de carbono simplemente poniéndoles un precio que refleje su verdadero costo. Y podríamos reconocer que, junto con el dinamismo y el crecimiento, necesitamos resiliencia y seguridad; de lo contrario, la próxima crisis podría ser la última.

Hay quien quiere que sea el comienzo de una revolución, pero no necesitamos un derrocamiento del orden existente

Hay quienes quieren que esta crisis sea el comienzo de una revolución, pero no necesitamos derrocar el orden existente con la esperanza de que algo mejor tome su lugar. Hemos logrado avances reales, económica y políticamente. El mundo es un lugar mejor de lo que era hace 50 años, en casi cualquier medida. Entendemos las deficiencias y la forma de abordarlas. El problema no ha sido llegar a soluciones; ha sido encontrar la voluntad política para implementarlas. Necesitamos reformas en muchas áreas y, si realmente se promulgaran, estas reformas se sumarían a una especie de revolución. Incluso con algunas de estas ideas implementadas, el mundo podría verse muy diferente dentro de 20 años.

Los países pueden cambiar. En 1930, la mayoría de los países del mundo tenían gobiernos pequeños y no consideraban que fuera su trabajo promover el bienestar general de su gente. Para 1950, cada una de las principales naciones del mundo había aceptado ese mandato. No fue fácil. El 20 de octubre de 1935, Gallup publicó su primera encuesta de opinión pública oficial. Reveló que, en medio de la Gran Depresión y el Dust Bowl, el 60% de los estadounidenses creía que los "gastos del gobierno para ayuda y recuperación" eran demasiado grandes. Solo el 9% dijo que eran demasiado pequeños, mientras que el 31% dijo que eran adecuados. Eso no disuadió al presidente Franklin D. Roosevelt de seguir adelante con el 'New Deal' y continuar sus esfuerzos para educar al público estadounidense sobre la necesidad del gobierno como una fuerza estabilizadora en la economía y la sociedad. Grandes líderes como Roosevelt leen las encuestas para comprender la naturaleza de su desafío, no como una excusa para la inacción.

Líderes europeos en Bruselas. (EFE)
Líderes europeos en Bruselas. (EFE)

Pensemos en la Unión Europea. Al principio, la pandemia de coronavirus hizo que sus miembros se cerraran. Sellaron sus fronteras, compitieron por suministros médicos y se acusaron mutuamente. El sentimiento público corría fuertemente contra la UE en países muy afectados como Italia. Pero después del impacto inicial, los europeos comenzaron a considerar cómo manejar las consecuencias del covid-19. Reconocieron que colocaba una presión sin precedentes en el continente, particularmente en sus miembros más débiles. Gracias al sabio liderazgo de las mayores potencias, Francia y Alemania, así como de los principales funcionarios de la UE, en julio se llegó a un acuerdo para emitir bonos europeos que permitirán a los países más pobres acceder a fondos que, de hecho, están garantizados por los más ricos. Esto puede parecer un asunto técnico, pero representa un avance espectacular en una Europa más profundamente interconectada. Los líderes europeos vieron la dirección en la que covid-19 los empujaba y se negaron a ir allí. Una pandemia que inicialmente separó a los países podría acabar siendo el catalizador de una unión más estrecha que tanto tiempo se había buscado.

La misma tensión entre integración y aislamiento se puede ver en todo el mundo. La pandemia está llevando a los países a mirar hacia adentro. Pero los líderes ilustrados reconocerán que la única solución real a problemas como las pandemias, el cambio climático y la guerra cibernética, es mirar hacia afuera, hacia una mejor cooperación. La solución para una Organización Mundial de la Salud débil y mal financiada es no retirarse de ella con la esperanza de que se marchite, sino más bien financiarla mejor y darle más autonomía para que pueda hacer frente a China, o Estados Unidos, si una emergencia sanitaria lo requiere. Ya ningún país puede organizar el mundo entero. Ninguno quiere. Eso deja solo las posibilidades de caos, guerra fría o cooperación.

Es cierto, como afirman los críticos, que la verdadera colaboración internacional requiere algún elemento de toma de decisiones colectivas. Si bien suena siniestro para algunos oídos, es, de hecho, lo que los países hacen todo el tiempo. Es el mecanismo mediante el cual regulamos todo, desde las llamadas telefónicas internacionales hasta los viajes aéreos, el comercio y la propiedad intelectual hasta la emisión de clorofluorocarbonos.

No existe un “gobierno mundial único”, y nunca lo habrá; es solo una frase diseñada para asustar a la gente haciéndola imaginar un ejército secreto descendiendo sobre ellos en helicópteros negros. Lo que realmente existe, y lo que más necesitamos, es la gobernanza global, acuerdos entre naciones soberanas para trabajar juntos para resolver problemas comunes. No debería ser tan difícil. La cooperación es uno de los rasgos más fundamentales de los seres humanos, uno que muchos biólogos creen que es la base de nuestra supervivencia a lo largo de los milenios. Si queremos sobrevivir en el futuro, la cooperación seguramente nos ayudará más que el conflicto.

Lo que más necesitamos es la gobernanza global, acuerdos entre naciones soberanas para cooperar y resolver problemas comunes

En ninguna parte el imperativo de la cooperación es más evidente que en la relación entre las dos mayores potencias del mundo, Estados Unidos y China. Estamos entrando en un mundo bipolar, caracterizado por una realidad en la que dos países están simplemente por encima del resto en el poder duro ('hard power'). China no es simplemente la segunda economía y el segundo mayor gasto militar del mundo, también es tan grande o más que los siguientes cuatro países juntos. Ya no es un imitador tecnológico: de los 500 ordenadores más rápidos del mundo, 226 se encuentran en China, el doble que en Estados Unidos. Podemos imaginar dos futuros.

El primero de competencia en muchos ámbitos —económico, tecnológico—, pero también de cooperación para garantizar la paz y la estabilidad y lograr ciertos objetivos comunes. Abordar el cambio climático, por ejemplo, será imposible sin una acción sostenida y coordinada tanto de Washington como de Pekín. Hay otro camino. Las dos sociedades más dinámicas del mundo podrían verse atrapadas en conflictos siempre ascendentes, desde la militarización del espacio hasta el uso de armas en el ciberespacio; todo ello impulsado por una carrera armamentística en inteligencia artificial y bioingeniería, que podría producir consecuencias no deseadas que son imposibles de imaginar hoy día.

Cooperación o aislacionismo

A veces, incluso en medio de grandes fuerzas estructurales que se mueven en una dirección, los países pueden tomar decisiones que modifiquen nuestro camino. En mayo de 1958, en el apogeo de la Guerra Fría, hubo un momento de elección en Minneapolis. El viceministro de salud de la Unión Soviética, Viktor Zhdánov, asistió a la reunión anual del órgano rector de la OMS, la Asamblea Mundial de la Salud. Como señaló el historiador de Harvard Erez Manela, era la primera vez que asistía una delegación soviética desde la fundación de la OMS, una década antes. Zhdánov instó a la organización a montar una campaña mundial para erradicar la viruela de una vez por todas.

En un guiño a los Estados Unidos, citó en su discurso una carta que Thomas Jefferson había escrito a Edward Jenner, quien había sido pionero en la vacuna contra la viruela. "Las naciones futuras sabrán solo por la historia que ha existido la repugnante viruela", escribió Jefferson. Fue un primer intento de poner en acción el plan post stalinista del primer ministro soviético Nikita Khrushchev de "coexistencia pacífica" con Occidente.

Estados Unidos se resistió al principio, sobre todo por pensar que la propuesta soviética desviaría la atención de los esfuerzos liderados por los norteamericanos para erradicar la malaria. Sin embargo, una vez que Washington dio su apoyo al proyecto, esta cooperación se intensificó durante la administración de Lyndon B. Johnson y se convirtió en un foco central de la OMS. Las dos superpotencias facilitaron no solo la producción masiva de vacunas, sino también un programa para vacunar a personas en todo el Tercer Mundo. En 1980, la viruela se había erradicado oficialmente. Manela dice que "fue posiblemente el ejemplo más exitoso de colaboración entre superpotencias en la historia de la Guerra Fría". Y es una lección que Pekín y Washington deberían aprender en el mundo bipolar post covid-19 que está por venir.

La pandemia hizo que muchos mirasen hacia dentro y sean egoístas; pero una crisis mayor, la II Guerra Mundial, tuvo el efecto contrario

En 'Lawrence de Arabia', la lección sobre el destino versus la agencia humana se vuelve más complicada. La noche anterior al ataque a Áqaba, las tribus árabes se pelean amargamente por un asesinato cometido por un miembro de una tribu contra un miembro de otra tribu. Como forastero, Lawrence se ofrece a ejecutar al asesino para que una mano imparcial pueda hacer justicia, solo para darse cuenta de que el asesino es Gasim, el hombre cuya vida había salvado en el desierto. Y aun así Lawrence se acerca y dispara tranquilamente seis balas en su cuerpo. La lección, quizás, es que Gasim estaba destinado a morir. Lawrence había podido salvarlo en el desierto y, al hacerlo, le dio un indulto. Pero, con sus acciones, Gasim desperdició esa oportunidad de un futuro diferente.

La pandemia ha hecho que muchas naciones e individuos se vuelvan hacia adentro y sean egoístas, pero una crisis aún mayor tuvo el efecto contrario en los más grandes estadistas de la época. Veinte años después del Día D, 'CBS News' invitó al excomandante supremo de las operaciones aliadas, Dwight D. Eisenhower, a volver a visitar las playas de Normandía con Walter Cronkite y reflexionar. Eisenhower había visto lo peor de la humanidad, la brutal lucha de la Wehrmacht alemana hasta el final, y sin embargo, había salido de esa experiencia decidido a probar la cooperación.

Mientras estaban sentados mirando las hileras de tumbas en Normandía, Eisenhower le dijo a Cronkite: “Estas personas nos dieron una oportunidad y nos compraron tiempo para que podamos hacerlo mejor que antes. Así que cada vez que vuelvo a estas playas, o cualquier día en el que pienso en ese día de hace 20 años, digo una vez más, debemos encontrar alguna manera de trabajar por la paz, y para realmente obtener una paz eterna para este mundo".

Así también, en nuestros tiempos, esta fea pandemia ha creado la posibilidad de optimismo, cambio y reforma. Ha abierto un camino hacia un mundo nuevo. Depende de nosotros aprovechar esa oportunidad o desperdiciarla. Nada está escrito.

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