Las buenas noticias escondidas en una de las semanas más oscuras de EEUU

No quiero dorar la píldora. Hemos vivido la amenaza más seria a la democracia estadounidense en 150 años, y todavía no se ha acabado

Foto: Asaltantes del Capitolio. (EFE)
Asaltantes del Capitolio. (EFE)

Las malas noticias sobre Estados Unidos están por todas partes. Esta es seguramente una de las semanas más oscuras en la historia del país. Pero hay buenas noticias escondidas entre tanta oscuridad, o al menos la oportunidad de renovar la "promesa americana".

No quiero dorar la píldora. Hemos vivido la amenaza más seria a la democracia estadounidense en 150 años, y todavía no se ha acabado. Para todos aquellos que dudaron que el presidente Trump era un peligro para la democracia, esta semana finalmente ofreció la prueba del delito. De hecho, la evidencia llevaba tiempo estando a simple vista.

El editorial del 'Wall Street Journal', el guardián del conservadurismo estadounidense, consistentemente ridiculizó las preocupaciones sobre las tendencias autocráticas de Trump. Un año ya desde que llegara a la presidencia, opinaba que su mandato debía ser "terriblemente decepcionante para las élites progresistas que hace un año predecían un Estados Unidos autoritario porque Trump era una amenaza única para las normas democráticas". Aseguraba que todo de lo que Trump podría realmente ser acusado era de sus "excesivos" ataques retóricos a los medios de comunicación. Viejos cargos republicanos se negaron incluso a hacer semejantes objeciones, bien tibias. Algunos, como el senador Lindsey O. Graham (Carolina del Sur), rápidamente se transformaron en sicofantes aduladores, ansiosos por alimentar los peores impulsos de Trump.

Después de que comenzara la pandemia, muchos conservadores apuntaron a que Trump no usó la crisis para expandir sus poderes ejecutivos, lo que probaría que no tenía tendencias autoritarias de ningún tipo. Pero este tipo de afirmaciones denotan una profunda equivocación sobre la naturaleza del autoritarismo. Abraham Lincoln y Franklin D. Roosvelt usaron ambos autoridad 'mejorada' para salvar a la nación de emergencias calamitosas. Eso no los hizo tiranos. Un autócrata busca el poder para sí mismo, para reforzar su propia presencia en el cargo y destruir a sus enemigos. Vladímir Putin acumuló poder no para poder proveer de seguridad social a los rusos, sino para asegurarse de que nadie podría nunca desafiarlo.

Después de las elecciones de 2020, la mayoría de los líderes republicanos se mantuvieron en silencio mientras Trump extendía mentiras cancerosas y teorías conspiranoicas. El líder de la mayoría republicana en el Senado, Mitch McConnell, el segundo republicano más importante, se negó a reconocer que el presidente electo Joe Biden había ganado las elecciones y durante semanas declaró que Trump tenía "derecho al 100%" para acumular todas sus denuncias judiciales. Pero el hecho de que uno solo puede usar ciertos mecanismos legales no significa que uno deba. Las normas son tan importantes como las leyes. La erosión de la democracia en otros países –de Hungría a Turquía o India ha tenido lugar, generalmente, a través de enteramente medios legales.

Que senadores como Josh Hawley (republicano de Misuri) y Ted Cruz (republicano, Texas), ambos bien entrenados expertos constitucionales, hayan utilizado la ley para subvertir la democracia es el mejor ejemplo de que ser listo y haber recibido educación no asegura que una persona actuará con honor y decencia. Hay que tener en cuenta que apenas horas antes del intento de insurrección en el Capitolio ambos, junto a otros seis senadores republicanos y 139 miembros del Congreso, votaron para apoyar las exigencias de esos insurrectos.

"Ser listo y haber recibido educación no asegura que una persona actuará con honor y decencia"

¿Así que por qué, después de todo esto, veo algunas buenas noticias escondidas? Primero, la insurrección terminó fallando. El orden fue restaurado y en apenas unas horas los resultados de las elecciones de noviembre fueron certificados. Biden será inaugurado el 20 de enero. De hecho, el caos de esta semana ha puesto a los rebeldes a la defensiva (el que más, el propio líder de la insurrección, Trump, que dos meses después de las elecciones ha finalmente aceptado una transición ordenada). También ha empujado finalmente a algunos republicanos, incluido McConnell y el vicepresidente Pence, a dejar de mimar a Trump. Quizá han llegado ahora a reconocer que rebajas de impuestos y jueces no merecen triturar la democracia. Y no olvidemos que los votantes de Georgia rechazaron el trumpismo esta semana, eligiendo a dos demócratas al Senado y garantizando a Biden un mandato con opciones de gobernabilidad.

Durante cuatro años me he preguntado si la 'fiebre Trump' se acabaría en algún momento. Cuándo, me preguntaba, la gente vería que no es una figura cómica disfrutando de su rara telerrealidad que hacía de versión de su presidencia, sino un narcisista y un demagogo acumulando racismo y odio, profundamente en desacuerdo con el carácter democrático del país. Esta semana, esto puede haber pasado. No es necesario que todo el país se dé cuenta y supere esa fiebre (incluso cuando Richard M. Nixon dimitió, un cuarto de los estadounidenses todavía lo apoyaban) pero sí la gente suficiente para que resetee la norma. Quizá en EEUU necesitamos ir hasta el borde del abismo para regresar.

Cuando era niño, lejos de EEUU, en los 70, seguí la actualidad con un intenso interés. Aquellos años estaban llenos de disturbios. Estados Unidos sufrió su primera gran derrota militar, el presidente dimitió en medio del oprobio y la Unión Soviética estaba lista para aprovecharse de la debilidad de su superpotencia rival. A pesar de todo, todavía sentía una fuerte atracción por Estados Unidos. El caos y la ruptura eran evidencias de una sociedad abierta en medio de un gran cambio, un lugar que exponía todo el enfado y caos que acompañan a las transformaciones desgarradoras. Era también un signo de un país aireando sus problemas y enfrentándose a sus desafíos, un lugar que, habiendo capeado el temporal, encontraría nueva resiliencia, energía y fuerza. Y todavía lo creo.

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