Cuando criticar es una ofensa, el velo y la industria de la indignación
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María Ferreira

El velo invisible

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Cuando criticar es una ofensa, el velo y la industria de la indignación

El hiyab vuelve a ser el centro de un debate que lleva camino de convertirse en signo de identidad de Francia. Francia y el vino. Francia y el queso. Francia y el velo islámico en boca de todos

placeholder Foto: Una protesta en Francia (EFE)
Una protesta en Francia (EFE)

“En cuanto a dios, pues es un asunto que no alcanzo a comprender

Pero cuidado, no provoques la furia de la gente en esta tierra”

Abu Al-Ala Al-Ma’arri (973-1058)

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“Es tu obligación proteger el honor del Profeta”, repetía la madre mientras rapaba el pelo de su hija de 16 años. En París. En enero de 2019.

Sara tenía 13 cuando decidió libremente, y orgullosa, llevar el velo islámico. Cuando cumplió los 15 comenzó a dudar; pero entonces ya no era tan libre, y el orgullo se tornó en una mezcla de culpabilidad y duda. Sus padres cuestionaron su fe e intentaron disuadirla. Sara se quitó el hiyab y le raparon la cabeza. “¿Por qué la idea de mi madre de cómo honrar a un Profeta que vivió hace 1400 años es más importante que mi libertad?”, se pregunta Sara dos años después.

El hiyab vuelve a ser el centro de un debate interminable que lleva camino de convertirse en uno de los signos de identidad de Francia. Francia y el vino. Francia y el queso. Francia y el velo islámico en boca de todos.

Los derechos de las mujeres musulmanas se han visto amenazados, una vez más, por la enmienda a un proyecto de ley cuyo objetivo es el de proteger los valores seculares y el de alcanzar el equilibrio entre integración y multiculturalismo. Una de las medidas propuestas sería prohibir que los menores lleven simbología religiosa en la esfera pública, entre ellos el hiyab.

Francia es el país de Voltaire, del laicismo, de la crítica a la imposición de un credo como único y verdadero. El país en el que Charlie Hebdo reivindica la ofensa y la sátira para ser libres. Pero también el país con mayor población musulmana de Europa Occidental. El país en el que se ha elevado el laicismo a la categoría de religión, allanando así el camino a la discriminación, el racismo y la islamofobia. En 2020, un estudio publicó que un 44% de los musulmanes franceses perciben discriminación por parte de la sociedad francesa no musulmana. Un dato terrible.

La ira y el ruido

La enmienda al proyecto de ley desató la ira:

“¿Por qué llevo pañuelo?”, contesta Yasmina, estudiante de derecho en Francia. “Por la misma razón que tú no lo llevas: por decisión propia, no tengo que dar explicaciones ni a los medios, ni a los políticos, ni a la sociedad. Es un tema que empieza y acaba en mi libertad".

Las voces en contra de la enmienda al proyecto de ley han sido fuertes, claras y han dado la vuelta al mundo gracias a las redes sociales.

Sin embargo la ira y su explosividad ha acallado otras voces menos populares: las de aquellas jóvenes, también menores musulmanas, que viven en Europa y están obligadas por sus familias a llevar el velo islámico.

Foto: Protestas contra Francia y Macron en Karachi, Pakistán. (EFE) Opinión

Mientras que prohibir el hiyab no solucionará el problema, y al contrario, lo acentuará, se tiende a ignorar a las víctimas de la discriminación que tiene lugar dentro de la comunidad musulmana. Una discriminación sin "hashtag", sin una viralidad de importancia en las redes, y por ello invisible.

“Creo que es un problema que se silencia porque tenemos miedo a hablar y agravar la islamofobia” explica Fatma, joven de dieciocho años que aún lleva el hiyab por miedo a las repercusiones familiares. “Yo no quiero que prohiban el hiyab a mis hermanas, solo pido que no se olviden de mi derecho a no llevarlo.”

Son muchas las familias que coartan la libertad de las jóvenes que quieren quitarse el hiyab. La violencia física es el extremo. Pero el chantaje emocional es también una forma de violencia:

“Qué dirán la gente si te quitas el hiyab”.

“Estaba tan orgullosa de ti por llevar el velo”.

“Al quitártelo estás rechazando a tu familia y a tu cultura, te avergüenzas de ser quién eres".

La libertad se pierde cuando una mujer no se cubre por decisión propia, sino para proteger el honor de la familia o la comunidad.

Foto: Imagen de archivo de unas mujeres con niqab. (EFE) Opinión

“El día que traté de explicar en casa que quería quitarme el hiyab, mi madre lloró tanto que sentí que se me partía el corazón”, cuenta Samira, una joven francesa de 16 años. “Entendí que no merecía la pena y lo llevo por ella, no por mí. Pienso egoístamente que si prohibieran el hiyab en menores sería un alivio”.

El impacto de la enmienda de ley podría, por lo tanto, beneficiar a una minoría dentro de la minoría. Porque el Islam extremo existe, y la obsesión con negar su existencia o minimizarla está dejando muchas víctimas cuyas historias no salen a la luz por miedo.

La ira también da pie a reacciones desafortunadas que carecen de profundidad y sentido. Uno de los tuits que se hicieron virales, compara la edad legal para tener sexo en Francia (15 años) con la enmienda al proyecto de ley que pretende prohibir el hiyab en menores.

“Comparación desacertada”, reflexiona Nadya, psicóloga francesa de origen marroquí. "Toda joven a los quince debería ser capaz de poder decidir por sí misma si tener relaciones sexuales o llevar el velo. Pero no imagino a unos padres obligando a su hija a acostarse con alguien, y sin embargo hay aún muchos padres que fuerzan la idea del velo en sus hijas".

Y por ahí van los tiros.

Porque el problema no es el velo. Que la islamofobia se come a bocados a la nación francesa es un hecho. Que el islam carece de autocrítica, también lo es.

Que la islamofobia se come a bocados a la nación francesa es un hecho. Que el islam carece de autocrítica, también.

Y las víctimas son las mujeres, su cuerpo y su libertad. Tanto ponerse el hiyab como quitárselo parece ser una decisión que cae fácilmente en boca, en manos del otro: El político, el padre, el estado.

“Qué dañada tiene que estar una sociedad para que un trozo de tela dé tanto miedo” afirma Nadya. “Tanto por el lado de quienes quieren imponerlo como por el lado de quienes quieren prohibirlo”.

Desde el punto de vista de la jurisprudencia islámica, la obligatoriedad del velo no es dogma. Incluso dentro del islam, el debate se ha visto contaminado de implicaciones políticas y sociales que poco tienen que ver con la fe. El contexto está cargado de connotaciones tradicionales, culturales y pasionales que impiden la posibilidad de un debate sereno.

Lo que está claro es que la medida de la fe en Alá no puede ser la de un trozo de tela.

La instrumentalización del velo

Con las elecciones a la vuelta de la esquina, los políticos necesitan problemas lo suficientemente mediáticos contra los que luchar. Los conceptos de “cultura” e “identidad” basan su efectividad en su componente visceral y funcionan de maravilla como arma política.

Vende más un debate sobre el velo que una conversación honesta sobre el problema real de la sociedad europea del siglo XXI. Es más sencillo centrar la discusión en la religión que aceptar que no tenemos herramientas para entender cómo navegar esta realidad multicultural. Hay miles de tesis doctorales que defienden teorías y modelos científicos que bien aplicados auguran futuros utópicos. Pero la violencia comienza al referirse al otro en términos despectivos, y ni siquiera eso somos capaces de controlar. El multiculturalismo es uno de los desafíos más complicados a los que nos enfrentamos en nuestra era, y estamos fracasando estrepitosamente.

Vende más un debate sobre el velo que una conversación honesta sobre el problema real

Que un hombre no musulmán siente cátedra sobre el hiyab es una grosería. La reivindicación, por otro lado, tiende a ser tramposa; no se puede asumir que el hiyab es siempre voluntario. Y en ese desconocimiento sobre cómo encarar el problema nace el grito.

“Hemos crecido escuchando el verso del Corán que afirma que los musulmanes somos el mejor de los pueblos”, afirma Nadya. “Muchas veces nos estancamos en una omnipotencia colectiva que nos aparta de toda crítica constructiva y cuyos espacios son el del victimismo o el de la superioridad”.

Existe un vacío a la hora de tratar los puntos en los que la religión musulmana, como cualquier otra religión, falla. Existe pánico a ser acusado de islamofobia cuando se cuestiona el islam. El 1 de junio la cuenta de Twitter @ExmuslimsOrg denunciaba que la etiqueta #ExMuslim había sido ocultada de la aplicación “Instagram”, haciendo difícil la visibilización de las opiniones disidentes.

“Europa ha de revisar sus privilegios y su islamofobia”, afirma Nadya. “Pero como musulmanes debemos empezar a cuestionar los límites de la inviolabilidad del islam, encontrar espacios para la autocrítica y huir de los dogmas asfixiantes. Hay musulmanas que están en contra del velo, hay exmusulmanas que están a favor, necesitamos escuchar todas las voces”.

Porque sin crítica no hay libertad. Porque la crítica es salvación en este mundo hipersensible en el que todo el mundo tiende a hacer de la ofensa una zona de confort. Un mundo en el que la falta de respeto es el nuevo “pan y circo”. Después de explotar el negocio de la pobreza, la nueva gallina de los huevos de oro es la indignación. Formamos parte de una sociedad de guerras rastreras y cobardes que tienen lugar en las redes sociales.

Velo sí, velo no. Polarización social y desconfianza como nuevas consignas. Y los poderosos beneficiándose de las políticas del victimismo y la frustración.

Velo sí, velo no. Discursos y titulares que alimentan miedo e indignación.

Velo sí, velo no. De vez en cuando alguien dice “cohesión social” o “integración” y a eso lo llaman paz.

Pero solo se trata de un vacío.

Nunca será paz si no iguala el poder de la violencia. Si no hace que se tambaleen los pilares de lo políticamente correcto. Nunca será paz si no conlleva un esfuerzo mayor que el de la agresión.

Velo sí. Velo no. Un debate que sirve tanto al victimismo como al discurso buenista. Mediante el victimismo los políticos se aseguran el papel de salvador. Y con el buenismo se limpian el trasero.

Señor con maletín

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