Madrasas y llave al cuello para abrir el cielo: manual de instrucciones para crear un talibán
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María Ferreira

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Madrasas y llave al cuello para abrir el cielo: manual de instrucciones para crear un talibán

El hijo de Reza tenía siete años cuando fue reclutado por los talibanes. Así entra la ideología talibana en los niños

Foto: La madrasa de Darul Uloom Haqqania, o 'universidad de los talibanes'. (EFE)
La madrasa de Darul Uloom Haqqania, o 'universidad de los talibanes'. (EFE)

"Pero, Marge, ¿y si hemos elegido la religión equivocada? ¡Solo estaríamos enfadando a Dios más y más cada semana!", Homer Simpson.

"Éramos los ingenuos / para quienes cada frase fue revelación, / cada rostro resplandeciente era Dios (...). Ahora no cometemos el crimen de la fe. / Ahora no tememos ni siquiera a la muerte. / Ningún espejo es la medida de la justicia", Kishwar Naheed

Foto: Miles de afganos se apelotonan en la frontera entre Afganistán y Pakistán, en Spin Boldak. (EFE)

"Con amor. Con la convicción de que estás haciendo lo mejor para tu hijo. De que le estás educando correctamente. Así se educa a un yihadista", asegura Reza, que llegó a Alemania en 2015 desde Afganistán, huyendo de la ocupación de Kunduz por los talibanes.

Reza sirve cervezas en un bar. Es verano del 2021. La televisión está encendida y los periodistas hablan de Afganistán. Aparecen imágenes de talibanes entrando en Kabul y, aunque le avisan desde la cocina de que debe recoger una ración de costillas, Reza no puede apartar la mirada de la pantalla. Entre los talibanes busca a su hijo. "¡No te pago para que veas la televisión!", le grita el jefe desde la barra.

Por la noche, cuando llega a su casa, encuentra a su mujer mirando en el ordenador las fotografías publicadas por las agencias de noticias. No dice nada, sabe que ella también busca al hijo que los talibanes reclutaron cuando este era tan solo un niño.

Foto: Una niña en una escuela de Afganistán (Reuters)

Siete años. El hijo de Reza tenía siete años. Acudía a una madrasa local, una escuela islámica, donde estudiaba el Corán y jugaba con otros chicos de la zona. Una tarde, regresó a casa con una llave colgada al cuello. "He ganado la llave del paraíso", explicó orgulloso a sus padres. Al día siguiente, el niño ya no regresó. Cuando su padre fue a la madrasa, el director le dijo con naturalidad que su hijo había sido elegido por un comandante talibán de la zona para unirse a las tropas de Alá.

Uno de los imanes locales que trató de mediar le informó, al cabo de unos meses, de que el niño no quería volver a casa. Entonces fue cuando los talibanes tomaron la ciudad de Kunduz. Reza, su mujer y sus otros dos hijos huyeron, primero a Kabul y luego a Europa. Dejaron atrás a un hijo que se había unido a un ejército de niñitos con llaves al cuello, restos de leche alrededor de los labios y sueños sobre el paraíso. ¿Cómo imagina un niño el paraíso?

Las madrasas como centro de reclutamiento

La historia del hijo de Reza no es anecdótica. Los talibanes, desde sus orígenes, reclutan niños tanto en Afganistán como en Pakistán. Las razones son obvias: son fácilmente manipulables y, sobre todo, ¿quién va a sospechar de un niño? Se les entrena para llevar a cabo actividades de vigilancia, para localizar y dar información sobre las fuerzas de seguridad o las misiones extranjeras y, en el menor de los casos, se convierten en niños suicidas. “Cuesta mucho trabajo sospechar de un niño”, explica Altaf, un alto cargo de las Fuerzas Armadas de Pakistán. “Coloca a uno en un lugar incomodísimo en el que se siente miserable. ¿Cómo juzgar a un niño? ¿Cómo acusarle?”.

Al mismo tiempo, las fuerzas de seguridad reconocen que, si un niño es susceptible de ser reclutado simplemente por ser niño, deben ser tratados como potencial amenaza.

“Mi primer trabajo como educadora fue en una madrasa de Bahawalpur, Pakistán”, cuenta Inaya, quien actualmente es profesora en una escuela perteneciente a las fuerzas de seguridad pakistaníes. "A veces venían hombres a comprar niños. Los compraban como si fuesen pollos. El director de la escuela decía que iban a ser educados para servir a Alá. Todos sabíamos a lo que se refería. En ocasiones las familias no oponían resistencia y, si lo hacían, se les acusaba de ir en contra del islam, se les aseguraba que el niño se convertiría quizás en un imán, en alguien importante, pero nunca volvían a verle".

placeholder El maulana Sami ul Haq enseña un libro a unos estudiantes en la madrasa Darul Uloom Haqqania, bautizada como la 'universidad de la yihad' de los talibanes. (EFE)
El maulana Sami ul Haq enseña un libro a unos estudiantes en la madrasa Darul Uloom Haqqania, bautizada como la 'universidad de la yihad' de los talibanes. (EFE)

Las madrasas, para muchos niños, son la única forma de acceder a la educación. Juegan un papel clave en la alfabetización de las comunidades que no pueden permitirse la enseñanza formal. Algunos hablan de zonas de exclusión o marginalidad, pero los talibanes glorifican y reivindican la exclusión. Los talibanes han hecho de las madrasas todo un negocio en el que el aprendizaje del islam es lo de menos. Ofrecen programas atractivos para muchas familias: prometen comida, ropa y educación, les hablan de la posibilidad de que sus hijos acaben convertidos en eruditos del Corán.

Los talibanes han hecho de las madrasas todo un negocio en el que el islam es lo de menos

La educación radical de las madrasas no escandaliza, no alarma, porque son valores compartidos por la comunidad. La enseñanza se basa en una interpretación literal del Corán mezclada con un credo cultural casi sagrado, como en muchos de los hogares de las zonas rurales de Afganistán y Pakistán.

Repensar lo talibán

Nuestro error es asumir que la radicalización tiene algo que ver con la voluntad. Como si fuera una elección o una vocación. La ideología de los talibanes se mama, se juega, se asimila en cada paso, en cada caída. Se disfraza de hogar, de ternura, de justicia. La educación de los talibanes comienza en la boca dulce de la madre, al relatar esta los terrores del infierno. En el orgullo del padre, cuando el niño recita de memoria las primeras aleyas antes de poder entender lo que dice. En las noticias que se escuchan en los mercados: "Los estadounidenses arrancan las páginas del Corán". "Los estadounidenses violan a nuestras mujeres".

"Mis primeros años los pasé en una madrasa talibana, en Pakistán", cuenta Mourib desde Alemania. "No me reclutaron probablemente porque era un niño torpe y débil. Pero me ha costado mucho liberarme de las enseñanzas fundadas en el miedo. Cuando alquilé mi primera casa, aquí en Alemania, tenía un piano en el salón y le pedí a la dueña que se lo llevara o no podría invitar a mi familia. La música para ellos sigue siendo algo terrible".

Foto: Un hombre lee el periódico en Pakistán. En el titular: "Kabul, conquistada". (EFE)

El error se basa en asumir, desde la lejanía, que el talibán es un ser imbécil cuya radicalidad se origina en el caos y en la ignorancia. No es así. La radicalidad surge del confort de la estructura. Del orden. Del análisis. El talibán no es la caricatura del tipo desdentado que apunta al cielo con un AK-47. El talibán viene a reescribir la historia de un pueblo que ha sufrido los efectos de un colonialismo brutal y ofrece una narrativa que coloca lo ‘occidental’ en el lugar de lo marginal, del paria, del sucio. Presenta la posibilidad de un Imperio islámico en un lugar central. El talibán promete erradicar la corrupción, diseña una realidad basada en su interpretación radical de las leyes islámicas: amputaciones en caso de robo y ejecuciones públicas. Los hombres han de dejarse la barba larga, y las mujeres han de desaparecer. No a la música. No a la representación artística.

La publicidad talibana se apoya en hechos turbadores que han ultrajado su tierra, su honor, su linaje; utilizan el islam como hilo conductor, como música de fondo. La radicalización cristaliza en los detalles. En la sumisión y en la obediencia. En los versos del Corán aprendidos de memoria, como nanas, en la infancia. También en el miedo. También en la manipulación y en la mentira. "No es el islam. Es el poder", sostiene Inaya. "Con los talibanes, los niños de 12 años ya manejan un Kalashnikov. Les dicen que son necesarios para la defensa de su dios, de sus padres, de su pueblo". Y así se convierten en tipos llenos de miedo cuya vida gira en torno a la salvación, la suya y la de su gente. La violencia se banaliza, se intercala con su vida diaria con una naturalidad que anestesia.

Con los talibanes, los niños de doce años ya manejan un Kalashnikov. Les dicen que son necesarios para la defensa de su dios

Crecen hasta convertirse en hombres capaces de ponerle a un niño de siete años una llave colgando del cuello, sin estremecerse. Capaces de jurarle que, si le pasa algo, podrá abrir la puerta del paraíso con ella. El niño no es capaz de imaginar todo el horror que cabe en el ‘si pasa algo’. El niño solo se imagina a sí mismo entrando en el cielo. Igual los hombres lo creen también.

“Cuando se habla de los niños suicidas se asume que les han convencido para matarse en nombre de Alá”, explica Inaya. "No es así. Los niños, la mayor parte de las veces, no saben que van a morir". Solo siguen instrucciones precisas, como cada uno de sus días.

"No escuches música y Alá estará complacido".

"No hagas preguntas, obedece sin cuestionar, Alá estará complacido".

"Haz dua, reza. Haz dua al levantarte, antes de beber agua, al ponerte los zapatos y al quitártelos, al salir de casa y al entrar en ella, reza, reza, reza. Alá estará complacido".

"Ahora ponte este cinturón. Muy bien. Ve al desfile en el que se honrará a aquel político. Cuando le des a este interruptor, saldrán miles de pétalos de flores en su honor".

Un niño confía. Un niño obedece. Un niño dice ‘Bismillah’, en el nombre de Alá. Un niño activa un explosivo. Un niño se funde en negro. Y la llave cae a la tierra.

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