Odio a Putin. Amo a Trump. Vivo en Brooklyn

Es el enclave post-soviético de la ciudad, formado por generaciones de inmigrantes rusos, ucranianos, georgianos. Apoyan a Trump y recelan de todo lo que huela a cambio demográfico y a socialismo

Foto: Varias personas ante una tienda de comestibles rusa en Brighton Beach, Nueva York. (Reuters)
Varias personas ante una tienda de comestibles rusa en Brighton Beach, Nueva York. (Reuters)

El mar es una plancha refulgente y el viento empuja nubecitas de arena por el paseo de tablas. Varios grupos de gente mayor se detienen a observar el Atlántico, bajo el graznido de las gaviotas. Quizás sea este el mejor lugar de Nueva York para entregarse a la nostalgia. Brighton Beach, al sur de Brooklyn, es el enclave post-soviético de la ciudad. Desde los años setenta han venido a parar aquí generaciones de inmigrantes rusos, ucranianos, georgianos, uzbecos. Una panoplia de pueblos que han montado su variante de cultura neoyorquina. Un ecosistema propio, con sus propias inquietudes políticas.

“Amo a Estados Unidos y creo que es la democracia más fuerte del mundo”, dice Malka Shahar, activista rusoamericana de 54 años. “Me gustaría ver a inmigrantes como yo meterse en política en Estados Unidos. No me gusta ver a la gente sentada durante cuarenta años o más. Es bueno que la gente se mueva”. En 2016 Shahar se presentó como candidata republicana a la Asamblea de Nueva York en representación de este distrito, en parte, rusófono. “No hay ningún político que hable ruso”, declara con acento ruso. En aquel entonces no ganó, pero dice tener ganas de presentarse de nuevo.

Shahar llegó de Rusia en 2004, en 2015 consiguió la ciudadanía americana, después de muchos trámites, y al año siguiente ya estaba de campaña para entrar en la Asamblea neoyorquina. “La primera vez que voté en Estados Unidos fue a mí misma”, declara con alegría.

Shahar dice que huyó de Rusia hostigada por el Gobierno de Vladímir Putin. Cuando fue la primera guerra de Chechenia, entre 1994 y 1996, ella ejercía de psicóloga en la región de San Petersburgo. Había nacido en el Cáucaso Norte, y empezó a dar asistencia psicológica a los desplazados de aquella región. En un momento dado, según su relato, entró en el radar del partido Opción Democrática de Rusia, liderado por el exprimer ministro Yegor Gaidar. Este le ofreció un puesto y ella se puso a trabajar como “estratega política”. Cuando Putin fue elegido presidente, Shahar dice que recibió presiones para cambiarse al bando del Gobierno. Acabaron amenazando a su familia. En 2004 vino a Nueva York, con visa de turista, a pedir asilo político.

Hoy no deja de reiterar lo mucho que ama a su nuevo país. Y también a su presidente, Donald Trump. “Entre Hillary y Trump, había que elegir a alguno. Y yo elegí a Trump, porque sé que ama a su país. Él protegerá nuestro país, nunca lo vendería”, y me enseña una montaje fotográfico de Trump surgiendo de la niebla, de forma épica, como un personaje de la serie “Juego de Tronos”. Encima dice: “Sanctions are coming”, en referencia a la sanciones que Estados Unidos impondrá a Irán este mes. Shahar ríe feliz, orgullosa.

Según ella, Donald Trump es la gran esperanza de América. El luchador que ha venido a liberar el potencial del mejor país del mundo. Pero cada héroe tiene su opuesto, su némesis. Este sería Vladímir Putin, el hombre que la expulsó de Rusia y el peligro número uno para la paz mundial. Le pregunto qué piensa de la actitud amistosa que Donald Trump ha profesado hacia Putin, tantas veces y contradiciendo incluso a su propio Gobierno; y con la investigación de Robert Mueller, sobre la posible connivencia entre Trump y Rusia, de fondo.

“Trump es un hombre de negocios”, responde. “Él intenta llevarse bien, como con Corea del Norte. Yo lo entiendo y estoy de su lado cuando intenta comunicarse con Putin, porque Putin, oficialmente, es el presidente de Rusia. Tienen que comunicarse, antes de ponerse a lanzar bombas”. ¿Y la cumbre de ambos en Helsinki? “Obama criticó mucho a Putin. Pero la realidad es que Putin tomó Crimea, está en guerra en Siria, en Ucrania... ¿Qué consiguió Obama? Nada, nada. Sé que Trump nunca jugaría a juegos”.

Donald Trump y Vladimir Putin durante una rueda de prensa conjunta tras su reunión en Helsinki. (Reuters)
Donald Trump y Vladimir Putin durante una rueda de prensa conjunta tras su reunión en Helsinki. (Reuters)

La postura conservadora de Shahar resuena en Brighton Beach, según los resultados electorales de los últimos años. A contracorriente del resto de Nueva York, John McCain venció a Barack Obama en este distrito en 2008. Ha habido representantes locales republicanos y aquí Donald Trump arrasó en las primarias, llevándose el 84% de las papeletas de Brighton Beach. No sólo son rusos y post-soviéticos los que viven en esta zona, pero sus opiniones han sido consideradas, tradicionalmente, conservadoras: recelosas de todo lo que huela a cambio demográfico y, sobre todo, a socialismo.

Gary Gindler tiene voz de locutor ruso, como ese torrente sonoro que narra los actos oficiales del Kremlin y las hazañas bélicas que se honran en la Plaza Roja cada 9 de mayo. Y de hecho lo es: Gindler es comentarista habitual de política en Radio Davidzon, en Brooklyn. Sus enérgicas diatribas contra los demócratas y su frecuente defensa del presidente Donald Trump ha hecho que se le compare con el temido Ross Limbaugh, sólo que en lengua rusa.

Gindler espera que los republicanos mantengan, por un margen estrecho, ambas cámaras del Congreso. No se fía de las encuestas

“Prácticamente no conozco a nadie que tenga una visión positiva de Putin”, dice Gindler por teléfono, en referencia a los rusohablantes de Nueva York. “Por la manera en que opera, recuerda a los periodos más oscuros de la historia humana”. Según Gindler, que escribe para varios medios, el de Putin “es el modus operandi de la Unión Soviética. Una total indiferencia hacia los derechos humanos y hacia los derechos de los países vecinos”.

Gary Gindler nació en la región de Odesa, en el sur de la Ucrania soviética. Su padre era oficial del Ejército Rojo y la familia se mudaba a menudo. De adulto, Gindler, que se licenció como ingeniero, aprovechó la apertura de la perestroika para viajar a congresos científicos en el extranjero y aprender inglés. Caído el comunismo, en 1995 se vino a Estados Unidos.

Su opinión sobre la actitud de Trump hacia Putin es parecida a la de Shahar. Está convencido de que Rusia trató de interferir en las elecciones de 2016, pero que no lo consiguió, y que Donald Trump no tiene nada que ocultar respecto a su presunta relación con el Kremlin.

“Puede que Trump no parezca muy duro, pero, de hecho, si miras a su relación con Ucrania, que recibió armas letales... El único enemigo de Ucrania es Rusia”, dice. “Segundo: las tropas americanas en Siria, con Obama, evitaban a toda costa el contacto con los rusos. Cuando Trump llegó al poder, permitió a sus tropas disparar contra los rusos. Y ocurrió [el pasado febrero, EEUU luchó contra fuerzas pro-régimen sirio, entre ellas mercenarios rusos]. Hace dos semanas, [el asesor de Seguridad Nacional John] Bolton fue a Moscú y les mostró que ni siquiera consideran a Rusia como negociador nuclear. Porque decidieron, unilateralmente, abandonar el Tratado Nuclear de Fuerzas Intermedias. Les mostraron que la preocupación real de la Casa Blanca es China. Fue una bofetada en la reputación de Putin”, concluye.

El comentarista conservador espera que los republicanos mantengan, por un margen estrecho, ambas cámaras del Congreso este martes. Dice que no se fía de las encuestas. “Nos tenemos que concentrar en el dinero, que se puede contar. En el último año los republicanos han recaudado más dinero que los demócratas [337 millones contra 285 millones]. La gente vota con su dinero. Es mejor prueba mejor que responder por teléfono a un encuestador”. Además, dice, hay que mirar al voto anticipado, especialmente en Florida.

En cierto modo las opiniones de Shahar y Gindler recuerdan al paisaje de Brighton Beach, donde conviven dos mundos: el viejo, representado por ese mar antipático, que bien podría ser el de Azov; los mismos jubilados que uno podría observar en Crimea o Sochi; los enormes bloques de viviendas en derredor, tan del gusto de la era Jrushchov. Y un mundo nuevo, ruidoso, de atracciones vetustas y competiciones veraniegas de perritos calientes.

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