La deuda española en Filipinas

La colonia olvidada: "Trescientos años en un convento español y cincuenta en Hollywood"

Considerando que las Islas Filipinas cargan con la huella hispana hasta en su nombre resulta lamentable que a los españoles nos cueste tanto incluso situar la antigua colonia en un mapa

Foto: Filipinas (Susana Arroyo)
Filipinas (Susana Arroyo)

Trescientos años en un convento español y cincuenta en Hollywood. Así describe un dicho la historia moderna de Filipinas hasta su independencia: tres siglos de ultracatólico dominio hispano, seguidos por otro medio de ensayo colonial estadounidense. Normal que el resultado de semejante cruce sea único en todo el sureste asiático: iglesias multicolores y catedrales barrocas donde uno esperaba templos budistas o mezquitas, plantaciones de caña de azúcar además de arrozales, el inglés como lengua cotidiana mezclada con montones de idiomas locales en los que resuena aún el castellano. Una amalgama que yo solo alcanzo a describir como el Caribe de Asia.

Considerando que las Islas Filipinas cargan con la huella hispana hasta en su nombre (impuesto por los conquistadores como homenaje al futuro Felipe II), resulta lamentable que a los españoles nos cueste tanto incluso situar la antigua colonia en un mapa, no digamos ya conocer su historia o la lista de expolios allá cometidos. Puesto que España controló Filipinas más tiempo que otras regiones latinoamericanas a las que sí nos sentimos muy unidos, por ejemplo México, ¿no merecerían el país y la comunidad inmigrante filipina en España mucho más reconocimiento y cooperación?

(Susana Arroyo)
(Susana Arroyo)

Fue allá por 1565 cuando Miguel López de Legazpi estableció la primera plaza fuerte española en Cebú, desde la cual se fue imponiendo a las múltiples naciones islámicas que florecían en la zona. A medida que los conquistadores fueron apoderándose de más tierra, que los frailes católicos fundaron iglesias o escuelas y que muchos trabajadores mexicanos se asentaron en las islas, la metrópolis llevó su religión, costumbres, calendario y lengua. Las islas fueron regidas en principio desde Ciudad de México, lo que explica que buena parte de la influencia hispana llegara filtrada vía el puerto de Acapulco. Hasta el XIX, las Filipinas cumplieron el papel de embajada comercial de España en Asia. Sin embargo, en plena crisis colonial, los independentistas tagalos se organizaron y fueron sumando éxitos hasta, que con la inesperada ayuda de los Estados Unidos, se obtuvo en 1898 la proclamación de independencia… O más o menos: pues aún les costaría a los filipinos otros cincuenta años deshacerse del indeseado tutelaje estadounidense y convertirse en la república que hoy conocemos.

Es muy llamativo que, aunque el forzado gobierno de Estados Unidos fuera corto, Filipinas abrazó el inglés con tanta fuerza que en 1987 se convirtió en lengua cooficial. En esta condición de enclave angloparlante en Asia, Filipinas se vende hoy como destino de estudios internacionales para asiáticos que no pueden costearse una estancia en Australia o Norteamérica, como base de call-centers para infinidad de negocios que necesitan dar atención en inglés, así como inesperada meca de jubilación tropical para estadounidenses cuya magra pensión no les daría para pagar las facturas en su país natal.

¿Y la lengua castellana? Ni rastro. Porque más que ser una lengua olvidada, lo cierto es que el español nunca fue hablado mayoritariamente por la población, sino por las élites urbanas. Sin embargo, una fuerte huella hispana vive aún en el corazón de las lenguas locales. “¿Te apellidas Arroyo? ¡Cómo nuestra antigua presidenta! ¡Pensaba que también eras filipina!” pudo ser la frase que más veces me han dedicado viajando por el país. Seguida de: “kutsilyo, tinidor, kutsara, lamesa, kalye, bisikleta, trabaho, sapatos…” y otras ristras de palabras tagalas emparentadas con el español. En tagalo el vocabulario relacionado con el pensamiento o el sentir va de la mano con otras lenguas austronesias, pero las palabras para costumbres, gastronomía e instituciones transpiran español: konstitusyon, ekonomiya, republika, monarkiya. Aunque el lenguaje criollo más hermanado con el español es de un origen tan humilde como su propio nombre indica: el chabacano. Este idioma de la región de Zamboanga (que fue repoblada con trabajadores mexicanos) tiene nada menos que un 60% de palabras en común con el español.

(S.A.)
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Mención destacada me parecen merecer los platos típicos filipinos: kaldereta, adobo, churros, lechon, arroz caldo, sorbetes, tocino, leche flan, longganisa o bistek. En el Manual del viajero a Filipinas (1875) ya se daba cuenta de que en los cafés de la Manila del XIX se podía encontrar cualquier producto español, desde tortilla a buñuelos. En la actualidad, la inspiración española y mexicana sigue presente, y da a la cocina filipina su sabor diferente de otras gastronomías asiáticas. Pero como en todo buen proceso de fusión, el lado filipino ha hecho suyos estos platos con versiones a base de ingredientes locales. Puede que un valenciano levantara una ceja ante la paelya de arroz glutinoso, huevo cocido y especias locales, pero el arroz a la valenciana con lecho de coco me parece una gloriosa evolución del clásico.

Sin embargo, digámoslo ya, la influencia más poderosa que los españoles dejaron en las islas fue el catolicismo. Pocos países acogen a tantos católicos como las Filipinas: un 81% de la población (unos 76 millones de creyentes, justo por encima de México). Sin embargo, lo más interesante del catolicismo criollo de Filipinas es que se asimiló de manera parecida al de muchas tradiciones latinoamericanas. Sirva como ejemplo el muy popular festival de Ati-Atihan (en Kalibo, Panay). Se trata de una fiesta cruce entre ceremonias de paz aborígenes con añadidos católicos. Puesto que la fiesta original coincidía más o menos en fechas con el nacimiento de Jesús, los frailes sumaron una capa de homenajes al Santo Niño. Así, durante Ati-Atihan, a las misas masivas les siguen procesiones danzantes donde miles de bailarines se pintan la cara de negro, se enfundan trajes de carnaval y pasean figurines del Niño Jesús vestidos a juego que agitan al compás de los tambores.

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Pero si hablamos de religión, los festivales, catedrales y parroquias que tanto seducen al turista no pueden cegarnos de la cara más dura de esos “tres siglos de convento”. Hablo aquí del extremo conservadurismo de la sociedad filipina, alineada con los principios más católicos. Por ejemplo, junto con el Vaticano, Filipinas es el único país del mundo donde el divorcio es ilegal. Aunque en febrero de ¡2020! se aprobó un proyecto de ley para tratar de legalizarlo y acabar con la situación de infinidad de familias maltratadas y de parejas separadas que no pueden rehacer sus vidas, las asociaciones católicas (y el presidente Duterte, como no) se oponen con fiereza. Del mismo modo, aunque Filipinas es uno de los países más avanzados de la región en cuanto a igualdad laboral femenina, un 93% de la población se declara en contra del aborto.

La arquitectura es el otro gran legado de la relación hispano-filipina: como el distrito intramuros de Manila donde antaño se alzaba el corazón del poder colonial, y del que hoy sobrevive la iglesia de San Agustín; o las mansiones bahay na bato, combinación de la cabaña local protegida del calor tropical y los terremotos pero en piedra como un caserón hispano. Ahora bien, si las catedrales son emblema de una realidad religiosa conflictiva, estos edificios de fachadas pintorescas también atestiguan las fuertes desigualdades impuestas por el sistema colonial español. Como sucede en Latinoamérica, buena parte de la profunda desigualdad que hoy cruza la economía filipina, procede de un sistema casi feudal en el que por cientos de años, los más ricos y poderosos del país descendían en línea directa de la nobleza de origen español, tenían acceso a grandes fondos y no pagaban impuestos. El país acabó dividido entre grandes oligarcas dueños de tierras y masas campesinas, al tiempo que la corrupción se fue convirtiendo en el problema enquistado que todavía es hoy.

(S.A.)
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A partir de aquí, se entiende mejor el fenómeno de la diáspora filipina, emigrantes salidos a labrarse su “sueño filipino”: hacer dinero y volver a casa. Más de cuatro millones de inmigrantes o descendientes de filipinos viven en los Estados Unidos, donde muchos se mueven entre la comunidad asiática y la latina, con la que de nuevo les vinculan lazos parroquiales y culturales. Así visto, parecería lógico que la situación de los inmigrantes filipinos en España fuera, por cercanía de costumbres y lengua, un poquito más fácil. Sin embargo, aquí tienden a acabar englobados en el todo indiferenciado de los asiáticos (ese, “eh, tú, chino”), sufren un fuerte encasillamiento en trabajos domésticos o de cocina, se les carga con el tópico de currantes y sufren a las mafias que trafican con shabú, una droga que permite asumir jornadas de trabajo interminables, como denuncia la asociación EAMISS.

Cuando hablamos de los mantones de Manila, de los últimos de Filipinas o de las mansiones coloniales es fácil caer en el romanticismo del turismo cegato, que no reconoce el pasado ni la complejidad de los lazos que unen culturas. El colonialismo es un abuso del que los países que labraron sus fortunas con espolios deben responsabilizarse. Cuando los avances chinos pusieron en riesgo de deportación a los ciudadanos de Hong Kong, Reino Unido lanzó una propuesta para que los hongkoneses obtuvieran un pasaporte británico. Cuando las élites libanesas permitieron que Beirut quedara devastada por una explosión, el presidente Macron corrió a plantarse en la zona con promesas de ayuda de parte de Francia. Desde luego son actos cargados de propagandismo, pero reflejan un compromiso de responsabilidad. En el caso de Filipinas no solo se trata de continuar con las labores de promoción del castellano en las islas y mantener las facilidades para inmigrar y nacionalizarse, sino de mejorar la vida de los filipinos que ya viven en España y fomentar que su historia esté tan presente en nuestro currículo educativo y nuestra sociedad como merece nuestra deuda de memoria.

En itinerancia