Flamenco uigur en Xian: lo que Occidente puede aprender de la Vieja Ruta de la Seda
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Susana Arroyo

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Flamenco uigur en Xian: lo que Occidente puede aprender de la Vieja Ruta de la Seda

La Ruta de la Seda, la nueva y la vieja, como cultura en vez de como negocio

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Mustafa Parhati

Una joven rasguea su guitarra sobre el escenario acompañado por el ritmo de un cajón flamenco; mientras, una voz desgarrada se arranca a cantar en chino mandarín. El público en la sala aplaude enloquecido, graba con sus móviles y pide bises, unos en chino y otros en lengua uigur. Aunque ninguno de los presentes ha estado jamás en España ni habla una palabra de castellano, todos siguen apasionados los giros del cante y los golpes de la percusión cuando el grupo de etnia uigur se anima a reinterpretar algunos de los grandes temas del flamenco clásico. Tras horas de jolgorio, mi compañero español y yo, los únicos guiris presentes en el concierto, somos calurosamente bienvenidos al grupo de WeChat “Flamenco en Xian”, donde descubrimos que un centenar de melómanos chinos comparten vídeos de cante jondo, recitales de guitarra española y comentarios sobre cómo el flamenco ha corrido durante siglos de un lado a otro por la Ruta de la Seda.

Es sabido que hoy en día gran parte de los mejores artistas y bailaores flamencos del mundo son japoneses. Sin embargo, si el flamenco nipón solo comenzó a arrasar en el país entrado ya el siglo XX, las conexiones del flamenco con Asia Central, China y, por supuesto, la India son centenarias y profundas. Por más polémicas y discusiones que existan sobre cómo se fue conformando lo que sea que entendemos hoy por flamenco, está relacionado con un hilo de sonidos, culturas, bienes y pueblos que viajaron durante siglos de Asia a Europa a través de esa masiva red comercial que llamamos la Ruta de la Seda.

La Vieja Ruta de la Seda

En verano del 2019 recorrí sola, en transporte público y autostop, mas de 5.000 kilómetros de uno de los caminos que conectaban Este y Oeste en la vieja Ruta de la Seda: desde la puerta de mi casa en Xian (China) hasta un caravasar centenario en un paso de montaña armenio. Estos caravasares eran el equivalente moderno a la zona de descanso de una autopista transitada: es decir, refugios para mercaderes que salpicaban las rutas comerciales más concurridas, para llevar productos valiosos desde China a Mongolia, pasando por Pakistán, el Valla de Ferganá en Tayikistán y Kirguistán, Samarcanda en Uzbekistán, Persia, Turquía, Alejandría en Egipto y toda Europa hasta España. Aunque también existieron rutas que cruzaban Rusia o que llegaban por mar a Somalia y Etiopía.

Las teorías divergen, pero se suele decir que la Ruta de la Seda se asentó hacia el I a.C. cuando diversos pueblos se esforzaron comercial y diplomáticamente por prolongar rutas de intercambio tradicionales y establecer así un vínculo directo entre Europa y China o la India. Como en la actualidad pecamos de orgullo y nos puede parecer que los muchos tramos interconectados de estas rutas debían de ser lentos o poco eficientes, vale la pena recordar que el Imperio romano gastaba tanto oro en seda, especias y lujos venidos de Oriente, que el Senado tuvo que emitir leyes para tratar de impedir (sin éxito) la fuga de capitales de sus fronteras. Por más que los vestidos de seda se presentaron como inmorales y los lujos asiáticos como decadentes, hasta la caída del imperio en el siglo V los romanos siguieron tan enganchados a los productos importados como nosotros lo estamos hoy a nuestros móviles “made in China”.

Seda y comida

El nombre de la ruta proviene del bien más valioso que circuló durante siglos por el camino, pero la compleja red que unió estos dos extremos del mundo dio a muchos pueblos la oportunidad de intercambiar todo tipo de objetos y cultura. De hecho, nosotros, como herederos del al-Ándalus, deberíamos ser más conscientes que nadie de cómo la inserción de la península ibérica en el mundo islámico ayudó a la introducción de nuevos productos, nuevas técnicas, nuevos platos, nuevos sabores venidos de Asia a través de esas redes. Al comercio musulmán debemos cosas inesperadas como albóndigas de carne, dulces fritos en aceite de oliva (nada de grasa de cerdo como en el norte de Europa); turrones y pasas; el azúcar venido de Nueva Guinea a través de China y luego el Mediterráneo; berenjenas que llegaron desde la India vía China y Persia; espinacas de Nepal; cítricos la India y Birmania como la naranja amarga, la mandarina, el limón; también el plátano, el melón o la sandia.

Incluso la clásica tríada mediterránea de vino, aceite y trigo se vio animada con la novedosísima llegada del arroz. Sin ese añadido, no solo no tendríamos la paella, sino que tampoco podrían los chefs españoles hacer hoy el camino inverso de la ruta de la seda: volver al continente asiático con jamones, aceite y sus versiones de la paella adaptadas al paladar local de los chinos.

Baile y cante

Mucho se especula sobre el flamenco y sus relaciones con el pueblo gitano, con la música e inspiraciones que pudieron recoger en su largo viaje milenario desde el Noroeste de la India hasta tantos puntos del Mediterráneo. Se ha dicho que el flamenco no se parece a la música occidental armónica, sino a la música oriental modal sin armonía. Esto facilitaría una estructura flexible, apta para la improvisación y adornada además con letras breves, contundentes, muchas veces fruto de la inspiración del momento, opuestas a las canciones armónicas occidentales más centradas en contar una historia con una letra fija y cerrada.

Todavía hay mucho que saber sobre las relaciones del flamenco con la Ruta de la Seda, pero personalmente, jamás olvidaré a cuatro jovencísimas bailarinas de bharata natyam, una de las danzas clásicas de la India, contemplando absortas un vídeo de Sara Baras en mi móvil. En Tamil Nadu, en mitad de un congreso de danza tradicional india, comparaban asombradas las posiciones de las manos tan características de su baile con los gestos del flamenco. Y así, a pesar de las distancias geográficas, encontramos entre nosotras un espíritu común.

La Nueva Ruta de la Seda

Todo este intercambio cultural acompañó a esas caravanas que atravesaban el continente asiático para comprar a bajo precio bienes que después venderían muy caros a comerciantes de Europa. Con el tiempo, los europeos, adictos a esos productos importados pero cansados de sus altos precios, acabaron por lanzarse al Atlántico en busca de nuevas rutas marítimas donde ellos pusieran sus propias reglas. El giro al mundo americano puso fin a la era más gloriosa de la Ruta de la Seda… hasta hoy.

En la actualidad, China ha tomado como misión nacional reestablecer una Nueva Ruta de la Seda con dos caminos principales: una red de infraestructuras terrestres por toda Asia Central hasta España, y otra marítima basada en grandes puertos en el sudeste asiático, el este de África y algunas capitales europeas. Una de las joyas de dicha ruta es el enlace ferroviario de 13.000 kilómetros entre la ciudad china de Yiwu y Madrid, el más largo del mundo, y tan relevante que siguió activo incluso en plena pandemia. Esta Nueva Ruta es un esfuerzo masivo de China por extender su influencia económica y política, por recortar los ya débiles enlaces atlánticos y devolver la mirada del mundo hacia el Este.

En esta encrucijada de caminos entre Oriente y Occidente, se están abriendo oportunidades comerciales inciertas, como bien saben los empresarios hispanos que se arriesgan a buscar un hueco en el mercado chino. Pero si una lección podemos aprender de la Vieja Ruta de la Seda, es que lo más valioso que circulará en el nuevo mundo de la postpandemia no serán tanto los bienes, sino sobre todo las ideas y la cultura. Y en este aspecto, tenemos la oportunidad de aprender del otro extremo del mundo, al tiempo que mostramos a otros cómo es nuestra cultura.

India Uigur