Día Cinco: “Debes parecer una más. Ponte un velo”. Golpes y asfixia en Macedonia

"Vamos a cruzar y debes parecer una más. Cúbrete con un velo”, me dice Firaz. Entramos en Macedonia bajo los golpes de la policía, que bloquea los pasos. La muchedumbre se asfixia

“Vas a tener que tapar tu pelo con un hiyab durante todo el camino”. La orden de Firaz es tajante. “Vamos a cruzar por la vía ilegal y tienes que parecer una más. Debes cubrirte”. Hemos pasado la noche en la tienda de campaña sobre los andenes de la vieja estación en Evnozoi, el pueblo griego que limita con Macedonia. El clima benigno del sur de Grecia ha cambiado repentinamente a una descarga de lluvia constante y el grupo se resiente. No solo los zapatos y la ropa están empapados, también el escaso equipaje y las mantas que transportamos.

A primera hora de la mañana, una multitud se agolpa alrededor de la alambrada que delimita la entrada a Macedonia. Un par de soldados controlan el acceso, empuñando sus rifles Kalashnikov. “¡Uno a uno, despacio, despacio!”, gritan mientras la gente salta el enrejado. Un imponente vehículo acorazado hace todavía más hostil la atmósfera para la corriente de personas empapadas, sucias y cansadas que corren con desesperación. Sana, Duah y Alaa se cubren con unos impermeables. La hija de Duah, de dos años, cruza la frontera envuelta en una manta de lana. 

El siguiente paso es atravesar el primer campo de refugiados que UNHCR (la agencia de Naciones Unidas para los refugiados) ha instalado en territorio macedonio. Las verjas están cerradas y cientos de personas se aprietan contra ellas. Desde el otro lado, una mujer grita con un megáfono un par de frases en el idioma local. Algunos logran colarse por otros puntos de la valla mientras los policías les golpean con sus porras. Finalmente la enorme puerta se abre y todos se empujan para pasar. “Tenemos que hacer al camino lo más rápido posible”, me dice Gigi, agobiado, “solo quiero llegar a Austria para poder descansar”.

Malaz, Sana y Gigi en el puente hacia Gevgelija.
Malaz, Sana y Gigi en el puente hacia Gevgelija.

Asfixiados sobre el puente

Atravesamos algunos campos salpicados de árboles hasta llegar a un puente que conduce al primer pueblo de Macedonia, Gevgelija. Unos agentes bloquean la salida y, poco a poco, unos y otros se empujan para poder respirar. A mi izquierda hay un hombre que lleva tres niñas colgadas con trapos; una de ellas, con una evidente discapacidad. Me dice que las pequeñas han viajado así, a cuestas, desde que salió del norte de Siria. Cuenta que su mujer murió en un bombardeo y que ahora le envía la fuerza para resistir desde el más allá. Observo que la hija de Duah está tranquila. Su dolencia podría deberse a una malformación, un problema muy común entre los niños sirios que han nacido en el periodo de guerra. Nadie del grupo ha hablado nunca sobre el asunto.

El tiempo transcurre despacio sobre el puente. Llevamos dos horas interminables bajo la lluvia y estallan las primeras peleas. Dos hombres se asestan varios puñetazos y se desata el caos. Varias mujeres se están ahogando y sus gritos provocan la angustia del resto. La policía macedonia reacciona empujando todavía más a la masa y cunde el pánico. Gigi y yo intentamos agarrarnos a una barandilla para respirar hasta que una trabajadora de Naciones Unidas nos agarra del brazo y nos saca de la multitud. La policía intenta impedir que Gigi salga del tumulto hasta que finalmente la humanitaria le saca arrastrándole por los suelos. 

Entrada al primer campo de refugiados en Macedonia (Foto: P. Cebrián).
Entrada al primer campo de refugiados en Macedonia (Foto: P. Cebrián).

“Vamos a coger un bus e iremos directos a la frontera con Serbia”, explica Firaz al resto del grupo mientras comemos el bocadillo que nos ha entregado Naciones Unidas. Sin papeles ni ningún tipo de registro, nos subimos al autocar. A mi lado se sienta Gigi, que todavía intenta recomponerse del susto. No se separa de su mochila negra en ningún momento. Si la coloco en el pasillo, cae presa de la ansiedad. Me explica que lleva dentro su diploma de graduado en Ingeniería, el documento de más valor para él. “Cuando llegue a Alemania quiero ampliar mis estudios con un máster”, me explica orgulloso y comienza a enseñarme las pocas palabras que sabe en alemán.

Una llamada de teléfono interrumpe nuestra conversación, es su hermano, que vive en Arabia Saudí. Gigi me pasa el móvil. “¿Hola? Encantado de saludarte”, escucho, “por favor, cuida de mi hermano. Todos en la familia estamos muy preocupados. Sobre todo en Hungría, protégele, por favor”. El grupo sabe que, después de Serbia, el viaje se complica: el Gobierno húngaro ha amenazado con cerrar las puertas a partir del 15 de septiembre y ha anunciado que desplegará al Ejército en la frontera para detener la oleada migratoria. 

La multitud espera en el puente de Gevgelija (Foto: P. Cebrián).
La multitud espera en el puente de Gevgelija (Foto: P. Cebrián).

Cuando llegamos al último puesto de asistencia para refugiados antes de la frontera con Serbia, gestionado por “Russian Serbian Humanitarian Center” (Centro Ruso Serbio Humanitario), veo a lo lejos a Hani, el padre de familia que conocí en Izmir mientras esperaba la llamada del traficante para cruzar hasta Grecia. Lo han conseguido, ya están a medio camino. “Estamos bien, aunque tenemos que detenernos porque mi hija está enferma”, me explica. Según dice, viajaron en bote hasta la isla de Quíos y ahí cogieron un ferry hasta Kavala, en Grecia. Cuando su hija se recupere, piensan seguir la travesía hasta Alemania

Atravesamos caminando los prados que conducen al interior de Serbia y observo que el clima general en el grupo es de desilusión. La lluvia no acompaña y la población local nos trata con dureza. Llegamos a Milatovac, un pueblo gris lleno de granjas y tractores. Parejas de hombres ebrios se acercan para estafar a los refugiados recién llegados. Una nos ofrece un viaje de cinco kilómetros hasta la estación de autobuses por 260 euros, otros, intentan vender comida, tarjetas de teléfono y tabaco a precios desorbitados. Muchas de las familias, agotadas por la larga caminata, aceptan el viaje de los taxistas oportunistas

Durante el último tramo del trayecto ocurre algo que era de esperar. Duah se ha torcido el tobillo. Sostener a su hija tantos kilómetros le ha provocado una lesión y ya no puede caminar. Mientras nos sentamos bajo una lona para cubrirnos de la lluvia, algunos serbios del pueblo nos escupen al pasar. “Somos sirios, ahora cualquiera puede aprovecharse de nosotros”, me dice Gigi. Pronto cogemos el autobús y viajamos seis horas hasta la capital. Todos duermen durante el trayecto: han sido dos días, dos países y un recorrido muy duro. Saben que la siguiente etapa, Hungría, será la prueba final.

 

Día Cuatro: el humor del líder que nos ha metido en Macedonia.

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Día Dos: ¿Qué metieron en la maleta? Sana, una joya y poesía.

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En ruta con los refugiados sirios
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