Día Ocho: Así escapamos de la mafia húngara; a puñetazos

Cuando la mafia húngara intenta robar todo el dinero del grupo, Firaz, el líder, contraataca. Por una vez, los refugiados han ganado a los traficantes. Se han jugado la vida, pero ya están en Viena

Foto: Una refugiada carga con su bebé cuando intenta cruzar la frontera de Hungría hacia Austria, el 12 de septiembre de 2015 (Reuters).
Una refugiada carga con su bebé cuando intenta cruzar la frontera de Hungría hacia Austria, el 12 de septiembre de 2015 (Reuters).

Es la una de la madrugada. Abdallah, el chico con quien he huido de la furgoneta de los traficantes, y yo buscamos un taxi en la rotonda de la gasolinera. De pronto, un coche con dos hombres en la parte delantera se detiene. “¡200 euros!”, gritan, después de examinarnos con la mirada. Un segundo taxi hace otra parada, pero reinicia la marcha al ver el velo que cubre mi cabeza, las mochilas y las bolsas con las mantas. El conductor no quiere transportar refugiados en sus asientos.

Mientras caminamos por el arcén de la carretera, Abdallah me cuenta que ha viajado desde el Líbano y que también hizo su entrada por la isla de Lesbos. Perdió a su amigo a mitad del camino aunque sabe que ha llegado sano y salvo a Austria. Según me cuenta, hace cuatro días que no duerme; observo que unas profundas ojeras marcan su rostro y también que camina algo encorvado. Su ropa y su pelo están salpicados de barro. Finalmente, otro taxi para en mitad de la autovía y accede a llevarnos hasta el centro de Budapest por 50 euros.

Agotados por la caminata y por las horas de angustia en el interior de la furgoneta, buscamos alojamiento entre las calles de la zona occidental. Ninguno de los veinte hoteles en los que entramos quieren darnos una habitación. “Estamos al completo, lo siento”, se disculpan. Los taxis del centro se niegan a llevar a Abdallah. Incluso, en un momento de la noche, una pareja borracha se acerca para insultarle y empujarle. Afortunadamente, otro amigo les detiene mientras se ríen. “¡Estamos en Hungría! No me hables en inglés, ¡háblame en húngaro!”, grita un encargado de seguridad cuando Abdallah le pregunta por un hostal.

“¡Estamos a salvo! Firaz pegó al conductor”

A la mañana siguiente, recibo un mensaje Whatsapp de Gigi, “¡Estamos a salvo! Al final hemos conseguido huir de la mafia, vamos camino de Viena”. “¡¿Qué ha pasado?!”, le pregunto aliviada. “Intentaron robarnos todo nuestro dinero. Nos pedían cada vez más y se negaron a llevarnos a Viena”. “No te preocupes, coge un tren hasta Austria y nos vemos todos aquí”, concluye Gigi con un emoticono sonriente.

Firaz, el líder del grupo, en una de las primeras etapas del viaje.
Firaz, el líder del grupo, en una de las primeras etapas del viaje.

En una llamada de teléfono, Firaz me cuenta exaltado los detalles de lo que ocurrió: “Nos llevaron a otra gasolinera y le dimos la mitad del dinero para el segundo trayecto del viaje (1.500 euros)”, explica. Cuando estaban a punto iniciar la marcha, el conductor simuló una avería en la furgoneta y se negó a continuar. Firaz le pidió que le devolviera el depósito, pero el traficante se negó. En un momento en el que el húngaro salió del vehículo a pagar la gasolina, el líder del grupo abrió las puertas traseras y sacó al resto de compañeros de la zona de carga. Mientras, ordenó a dos de los chicos que se quedasen junto a él.  

Cuando el conductor volvió a subir al vehículo, Firaz le pegó un puñetazo y, con la ayuda de sus compañeros, lograron maniatar al traficante. Le quitaron el móvil y le llevaron a la zona trasera de la furgoneta. Abdul, el primo de Firaz, aprovechó para rociarle con gasolina y le amenazó con prenderle fuego si no les devolvía el dinero. “¡Lo tiene mi jefe!”, chillaba repetidamente el mafioso. Fue así como nuestro líder terminó por llamar al capo para amenazarle: “¡O traes el dinero o nos llevamos el coche y a tu socio!”.

El resto de los diez amigos tuvieron que esconderse entre los matorrales de un parque. La pelea despertó a unos vecinos y estos terminaron avisando a la policía. A los pocos minutos, según me cuentan Firaz y Gigi, apareció el jefe de la organización con el correspondiente fajo de billetes. Así, los tres hombres recogieron al resto del grupo en el parque y, en otro taxi, se dirigieron a la estación central de Budapest. Al día siguiente cruzaron a pie varios kilómetros de la frontera con Austria y siguieron la ruta hacia Viena. Pero, precisamente esa jornada, Alemania endureció su política migratoria, restringió el paso de refugiados y se cancelaron todos los trenes hacia Múnich o Berlín. La oleada masiva en dirección a Alemania iba a cambiar los planes y el destino de este grupo de amigos.

 

Día Siete: Una jornada de terror en manos de la mafia húngara.

Día Seis: La sombra de Asad les persigue hasta Europa.

Día Cinco: “Debes parecer una más. Ponte un velo”.

Día Cuatro: El humor del líder que nos ha metido en Macedonia.

Día Tres: "Esto sabe a victoria". Los hermanos llegan a Atenas

Día Dos: ¿Qué metieron en la maleta? Sana, una joya y poesía.

Día Uno: Izmir, una familia en el punto cero.

En ruta con los refugiados sirios
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