en ruta con los refugiados sirios

Día Nueve: "Pues yo me vuelvo a Siria"

El grupo de amigos se ha dividido y ahora toca que cada uno siga su propio camino: Suecia, Alemania, Bélgica, Reino Unido, Francia... e incluso Siria

Foto: Varios grupos de refugiados esperan en la estación Westbahnhof de Viena. (P. C.)
Varios grupos de refugiados esperan en la estación Westbahnhof de Viena. (P. C.)

A solo una etapa del destino final, en Austria, el grupo de amigos se divide. Han marchado juntos durante kilómetros pero ahora cada uno tiene que elegir su camino. Alemania ha restablecido el control en sus fronteras y el viaje hacia Munich se complica. Por ello, algunos cambian de planes. Iad se dirige a casa de su tío, residente en Austria desde hace años, donde esperará antes de partir hacia Francia. Gigi, alarmado por el posible límite de trenes, ha cogido el último en dirección Munich. Firaz, acompañado de sus primos pequeños, los hermanos Sana y Malaz y las dos jóvenes Duah y Alaa, han decidido ingresar en el campo de refugiados del noreste de Viena. 

Encuentro a Firaz en la “Westbahnhof”, la estación de trenes en el oeste de la ciudad. La última vez que le vi fue a través de la ventanilla de la furgoneta y, al saludarnos, nos damos un conmovedor abrazo. “Estamos todos bien”, me explica, el campo gestionado por Turquía tiene unas condiciones excelentes. Hoy, diferentes tipos de rumores corren entre los sirios e iraquíes que atestan el lugar. “¡Se puede viajar sin pasaporte! ¡Con una foto del documento es suficiente!”, exclama Firaz a las chicas. Ellos han decidido dirigirse hacia Suecia, “no está entrando tanta gente y no exigen el idioma local para conseguir la nacionalidad”, me explican.

“Quiero volver a casa”

Apoyado sobre un muro de la terminal, el primo pequeño de Firaz, Abdul Gani, se queja una y otra vez del cansancio y del agotamiento. Dice que echa de menos su casa y su familia. “Quiero volver a Damasco”, repite en tono afligido. A pocos kilómetros de haberlo conseguido, el joven de 18 años se rinde y pide a sus amigos que le compren un billete de vuelta. “Es un `bebé´, en su vida ha salido de Siria y este viaje está siendo demasiado para él”, me explica Firaz agobiado.

Vista general de la estación.
Vista general de la estación.

Y no es la primera vez que escucho palabras de arrepentimiento a lo largo del camino. En la isla de Lesbos, Malaz me confesó sentirse peor que en Siria. “Nos tratan como animales, dormimos en la calle y no nos dejan salir. Al menos en nuestro país somos alguien”, me explicaba. Durante la travesía hacia Serbia, recuerdo a un niño que lloraba sobre el regazo de su madre, “echa de menos Siria”, me contaba ella, “bueno, todos recordamos nuestro hogar y nuestra casa estos días”´, decía. Unos y otros, desorientados por la caminata y por la fatiga, piensan con anhelo en sus ciudades de origen. Incluso, idealizan a sus países y olvidan los motivos que les obligaron a huir.

“Pero ¿está loco? Lo primero que harán cuando entres por el aeropuerto será detenerte”, grita Duah. Firaz incia una interminable conversación de teléfono con la madre de Abdul Gani, quien le llama histérica para pedirle que detenga a su hijo. Según me cuentan, el joven está en la edad de realizar el servicio militar y, si entra en el aeropuerto de Damasco, el ejército le trasladará directamente al frente para luchar. “Ya sabes lo que significa ingresar ahora en el ejército sirio, ¿no?”, me pregunta Firaz mientras conversa con su tía. “Pues eso, se lo cargarán en una semana. Y si sobrevive, Hezbolá o los iraníes le harán la vida imposible. Recuerda que nosotros somos suníes”, sentencia.

Ni rastro de los pasaportes

Firaz consulta diferentes vuelos en el aeropuerto. (P. C.)
Firaz consulta diferentes vuelos en el aeropuerto. (P. C.)

“¿Hay asientos para Berlín? ¿A Hamburgo? ¿Y a Frankfurt?”, Firaz comprueba las plazas de tren para viajar a una ciudad donde coger la ruta hacia Estocolmo. Mientras, enseñan a la seguridad una fotografía de su pasaporte hecha con el teléfono. Todos los amigos, excepto Gigi, dejaron su documentación en Atenas. Sabían que podía ser incautada por las autoridades de Macedonia, Serbia o Hungría si les detenían y eran llevados a los campos de internamiento. Pero ahora, su contacto en Grecia les comunica que “las compañías griegas de envío se niegan a mandar diez pasaportes por correo”. “No se puede viajar sin pasaporte en tren hasta Alemania”, recuerda la empleada de la estación.

Así, a Firaz se le ocurre intentarlo en avión, “hagamos una prueba, enviemos en avión a Sana y a Malaz a Hamburgo, a ver si es posible pasar los controles sin pasaporte”. Juntos, acudimos al aeropuerto de Viena, donde Firaz compra dos pasajes con su pasaporte. En la ventanilla de la compañía aérea, Firaz paga 745€ en total. “Puede funcionar”, repite ante mis dudas. Al día siguiente, a las 8 de la mañana, Malaz y Sana son detenidos por la Policía mientras intentan acceder al avión. Las autoridades les echan por no ir documentados.

“El último intento lo vamos a hacer por tierra”, dice Firaz insistente mientras volvemos del aeropuerto. Cuando llegamos a la estación de tren, Duah espera en la interminable cola que se ha organizado para que los refugiados adquieran los billetes. Todos quieren viajar hacia el oeste. Algunos han cambiado sus rutas, ya no es sólo Alemania, ahora se oye también Bélgica, Reino Unido, Francia… “Once billetes a Copenhague, por favor”, pide Firaz en el mostrador. La empleada imprime las once tarjetas y cobra el importe total. Por delante, más de veinte horas de viaje hacia el norte, veinte horas en las que confían que no se exija el uso de pasaporte.

 

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