Angela Merkel, ni femenina ni feminista
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Aurora Mínguez

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Angela Merkel, ni femenina ni feminista

Si las alemanas votan por Merkel será por dos razones: porque son seguidoras de la CDU o porque les inspira seguridad una profesional de la política

Foto: La canciller alemana Angela Merkel durante la foto de familia de los líderes del G20 (Efe).
La canciller alemana Angela Merkel durante la foto de familia de los líderes del G20 (Efe).

Si las alemanas (el 51% del electorado) votan por Angela Merkel el día 22, va a ser sólo por dos razones: o porque son seguidoras tradicionales de la CDU, la democracia cristiana, sea quien sea el candidato, o porque les inspira seguridad una profesional de la política como ella en tiempos turbulentos. No le darán su voto porque sea mujer ni, menos aún, porque haya defendido a conciencia los temas que preocupan de verdad a las féminas: la compatibilidad de la vida laboral y la vida familiar, la igualdad de salario por igual puesto, el acceso a cargos directivos en las empresas, la posibilidad de que las lesbianas -y los gais- puedan adoptar hijos cuando viven en pareja estable, el poner freno al creciente sexismo en la imagen pública de la mujer, especialmente en internet…

Una encuesta del Instituto de Sondeos Allensbach demuestra que dos de cada tres mujeres están descontentas con la política en general: es decir, todos los partidos ignoran sistemáticamente los temas importantes para el género femenino. Sólo un 33% de las mujeres creen que Angela Merkel se ha implicado a fondo en esos asuntos. Y algunas promesas de la canciller, como una jubilación para las madres que se han dedicado sólo a su familia, dependerán de si el ministro de Hacienda en la próxima legislatura da o no la luz verde.

Una forma asexuada de hacer política

Merkel no ha subrayado en ningún momento de su carrera que ella es una mujer que hace política. No sólo su aspecto físico demuestra que no se preocupa exageradamente por su apariencia externa -coqueterías, las justas: una gargantilla, un poco de maquillaje, su pelo fino cardado y fijado con laca; eso es todo-, sino que apenas hace mención a su condición de tal. Sólo si no le queda más remedio, en una entrevista, hablará de que se relaja cocinando sopa de patatas y trajinando en el jardín de su casa de campo; contará que prepara personalmente el desayuno a su marido cada día y que en un hombre lo primero que mira son los ojos.

Merkel ha tenido que luchar mucho para ser tenida en cuenta. Sufrió el ser ninguneada por su propio partido, el ser apodada “la chica de Kohl” y fue especialmente atacada, como líder de la oposición, al comienzo de la década de 2000, por el entonces canciller socialdemócrata, el supermacho Gerhard Schröder.

Inolvidable el tono insultante de este en la noche electoral del 18 de septiembre de 2005, cuando, creyéndose ya ganador, espetó a Merkel lo siguiente: “¿Alguien cree que mi partido va a negociar con la señora Merkel sólo porque ella dice que quiere ser canciller? Está claro que nadie, excepto yo mismo, está en condiciones de formar gobierno”. 

Semanas después, el 22 de noviembre, Angela Merkel era investida canciller al frente de una Gran Coalición con el SPD como socio junior.

Esta mujer, que no es femenina ni feminista, que no es arrogante pero que sabe lograr, tenaz y sin aspavientos, sus objetivos, es apreciada y valorada muy positivamente por sus conciudadanos. Por un 65% de las mujeres y por un 55% de los hombres. Su rival, el socialdemócrata Steinbrück, está peor considerado: 33% de hombres y 24% de mujeres (datos de Infratestdimap de agosto 2013). Y Merkel es admirada por su personalidad, en la que lo femenino, francamente, no es en absoluto lo dominante.

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