El secreto del mercado laboral más eficaz del mundo: producir menos universitarios

¿Cuál es el secreto helvético para tener igualdad y trabajo en una de las economías más desreguladas del planeta? Dos tercio de los jóvenes suizos optan por la FP en vez de ir a la universidad

Foto: Bandera de Suiza en el Mount Saentis. (Reuters)
Bandera de Suiza en el Mount Saentis. (Reuters)

Suiza puede presumir de tener el mercado laboral más eficiente del mundo. Y este factor es instrumental para explicar cómo un país con un diminuto mercado interno y una moneda muy fuerte se ha ganado un puesto permanente en el pelotón de cabeza de las economías más competitivas e innovadoras del planeta.

Con apenas ocho millones de habitantes y un PIB per cápita que triplica al español, la tasa de paro en la nación alpina ronda el 2% mensual. El indicador ha promediado un 3,5% desde 1995 y la serie tocó un máximo histórico del 5,7% en enero de 1997. Para ver cifras similares en España hay que remontarse hasta finales de los setenta, cuando la migración era el principal mecanismo de ajuste del mercado laboral ibérico. La comparativa es aún más hiriente en términos de desempleo juvenil, que en España supera el 30%, cuatro veces más que en Suiza, según datos de la OCDE de 2018.

“La economía suiza tiene un alto nivel de flexibilidad y su mercado laboral es el que mejor funciona en el mundo. La capacidad de absorber nuevas tecnologías es alta, al igual que una elevada actualización tecnológica de ciudadanos y empresas”, resumió el informe del Foro Económico Mundial de 2017-2018, cuando el país encadenó nueve años consecutivos liderando la tabla de competitividad global —título que suele pelear con Singapur y Estados Unidos, que encabeza el 'ranking' desde hace dos ejercicios—.

Pero, a diferencia del país norteamericano, el milagro laboral suizo no ha sido a costa de resignarse a una desigualdad creciente entre salarios y clases sociales. Tampoco lidian con la rigidez y el envejecimiento acelerado que aqueja a la meca del capitalismo asiático. ¿Cuál es, entonces, el secreto helvético para tener igualdad y trabajo en una de las economías más desreguladas del planeta? ¿Una legislación milagrosa? ¿Una demanda de mano de obra desmesurada? ¿Una excepcionalidad económica? La respuesta es más prosaica: casi un 70% de los estudiantes suizos opta por la Formación Profesional (FP) en vez de ir a la universidad.

El panorama no puede ser más distinto en España. Pese a que los estudiantes de FP se han disparado casi un 80% en la última década —hasta unos 824.000 matriculados en 2018—, la cifra (aproximadamente un 35% de los estudiantes) continúa por debajo de la media de la OCDE (44%) y de la Unión Europea (48%). A día de hoy, persisten los prejuicios sobre la formación profesional, pese a que cuenta con un ratio de inserción laboral superior al de Bachillerato o Secundaria.

Para comprender esta sincronización virtuosa entre sistema educativo y mercado laboral, conversamos con Antonio Loprieno, presidente de la Federación Europea de Academias de Ciencias y Humanidades (Allea) y de las Academias Suizas de Artes y Ciencias. Quién mejor que un egiptólogo italo-suizo de 64 años que lleva décadas ejerciendo como docente en universidades europeas y estadounidenses para explicar por qué hacen falta menos licenciados y mejores trabajadores.

PREGUNTA. ¿Qué es y qué ventajas tiene la Formación Profesional suiza?

RESPUESTA. El Vocational Education and Training [educación y formación vocacional o VET] es la cristalización de una tradición de aprendices profundamente enraizada en las culturas germánicas que ha sobrevivido hasta nuestros tiempos.

Dos de cada tres estudiantes suizos en las etapas finales de secundaria (15-16 años) optan por la Formación Profesional, la mayoría en programas duales que combinan estudios teóricos con trabajo práctico en la industria. Pueden pasar tres o cuatro días de la semana trabajando en una empresa —la distribución del tiempo varía según el currículo—, por lo que salen preparados con las habilidades precisas que requiere el mercado laboral de inmediato. El 30% restante va a la universidad —un 20%, a través del instituto a carreras tradicionales y un 10% a través de la FP a ciencias aplicadas—. Estos números han permanecido estables durante los últimos 20 años, más o menos.

P. ¿Qué tipo de formación se ofrece y cuál es la más solicitada?

R. Existen unos 300 programas diferentes, electricista, cocinero, delineante, trabajador social. Una Formación Profesional muy solicitada desde hace unos años es técnico comercial, pero también hay demanda sólida en salud, informática, comercio minorista y logística. Hay distintas formaciones: de dos años [certificado federal] y de tres o cuatro años [diploma federal]. Desde la Formación Profesional [Bachillerato Federal Vocacional] puedes acceder a carreras de ciencias aplicadas en la universidad.

P. ¿Por qué los jóvenes suizos prefieren formación vocacional a la universitaria?

R. Hay un elemento histórico. El sistema suizo, en esencia, es algo compartido por otros países germánicos, como Alemania y hasta cierto punto Austria. Las organizaciones profesionales de estos países tienen una larga tradición de aprendices y maestros, con un alto prestigio asociado a los artesanos y los oficios. Este tipo de reconocimiento es algo que no está tan presente en los países romances, donde hay una asociación automática entre trabajo manual y trabajo de menor valor social y menor satisfacción financiera que la vía académica.

Puedes conseguir una buena paga antes que en el mundo académico sin renunciar a demasiado prestigio social

P. ¿Y el prestigio? ¿Y los salarios?

R. En Suiza, el sistema de aprendices está socialmente más reconocido que en Alemania o Austria. En Austria, existe el mismo sistema de formación vocacional, pero el trabajo académico todavía tiene más crédito que la FP. En Alemania, la situación está entre medias. Pero en Suiza tenemos la versión más completa. Existe la posibilidad de conseguir una buena paga antes que en el mundo académico sin renunciar a demasiado prestigio social. De hecho, las perspectivas de conseguir un trabajo bien pagado de inmediato son mayores, aunque a largo plazo no hay gran diferencia —dependerá de tus aspiraciones y talentos en el mundo laboral—. Por ejemplo, el consejero delegado del mayor banco suizo, UBS [Sergio Ermotti], viene de la formación vocacional, no de la universidad, y hace casi más dinero que nadie en este país. [Otro ilustre alumno de la formación vocacional es Peter Voser, presidente del grupo de ingeniería ABB].

P. ¿Significa eso que Suiza tiene una educación sin elitismos?

R. Ha habido varios estudios para identificar tendencias, pero pocos patrones han emergido. Uno geográfico, ya que el acceso a la universidad está desigualmente repartido en el país. En las zonas rurales, supone un 10%, mientras que en las grandes urbes puede estar en el 40%. Otro social. Los hijos de familias con una historia de migración tienden a elegir la formación vocacional y están menos representados en la universidad. Esto apunta a que el nivel social de las universidades suele ser más alto, pero la sociedad suiza es más igualitaria en ese aspecto. Así que no encontrarás estadísticas con diferencias dramáticas.

P. ¿Cómo hace el sistema para actualizarse y evitar exceso de profesionales en una industria?

R. Aquí está el secreto del milagro innovador de Suiza. Debido a que la formación vocacional está tan en contacto directo con el mercado laboral y los negocios, es también muy cercana al proceso de innovación y está en permanente actualización. No hay un ministerio que decide los temarios o cursos, que pueden ser modificados si la necesidad es urgente por las propias organizaciones profesionales. Si hay cambios en la estructura del mercado laboral, se trasladan a la oferta formativa para que no se quede atrapada en modelos pasados. Gracias a esta cercanía práctica, la innovación puede ser implementada de forma mucho más rápida y amplia que en países que tienen una tradición más academicista.

Se podría decir que el sistema ha sido desde siempre protoliberal, la oferta y la demanda están fijadas libremente por el mercado. Los jóvenes, las instituciones y las empresas siguen de cerca estas tendencias laborales. No hay riesgo de exceso de oferta de profesionales, porque ahora mismo la queja de los empleadores es que no tenemos suficientes aprendices vocacionales. Nuestra economía funciona a una marcha más alta que nuestra demografía.

Estudiantes suizos de FP de seguridad practican defensa personal. (Reuters)
Estudiantes suizos de FP de seguridad practican defensa personal. (Reuters)


P. ¿Cómo se financia la formación vocacional?

R. El sistema es financiado de forma triple. Hay tres grandes contribuidores que aportan, más o menos, un tercio cada uno. El primero es la Confederación [nivel estatal], luego están los cantones [nivel federal] y, por último, las empresas y organizaciones profesionales. Esto es algo poco habitual en otros países, ya que son los propios negocios la clave para mantener al sistema.

Los estudiantes pagan una matrícula de entre 10.000-20.000 francos suizos [9.000-18.000 euros] por una formación de dos a tres años. Es bastante más de lo que cuesta la universidad, pero si pasas el examen federal te devuelven el 50% de la matrícula. Luego las empresas comienzan a pagar a sus aprendices [salarios que comienzan en torno a los 800 euros] y muchos acaban como trabajadores.

P. ¿Cómo han conseguido que el sector privado se implique tanto en el sistema?

R. Las empresas que ponen dinero en el sistema no lo hacen por caridad cristiana, sino por interés económico. Está en el mejor interés de la compañía y de la industria entrenar los mejores trabajadores para lograr mejores resultados. Estos trabajadores bien entrenados a todos los niveles les dan una ventaja competitiva significativa. Por la misma razón que las grandes compañías suizas, desde alimentación a farmacéuticas o banca, están invirtiendo tanto en investigación. Cuesta mucho, pero la ventaja competitiva compensa. El sector privado tiene influencia en la mano de obra que se forma. Esto es clave: el sistema está lejos de los políticos y cerca del mercado laboral.

Estamos blindados de la interferencia política. Los políticos no tienen nada que opinar en el tema educativo o los temarios

P. ¿Cómo han conseguido que las agendas políticas no interfieran en el sistema educativo?

R. Esto es por cómo está organizado el Estado en Suiza. El Estado viene en dos formas: la Confederación [nivel nacional] y los 26 cantones [nivel regional]. Los cantones, a diferencia de autonomías españolas o los 'bundesländer' alemanes, son entidades autónomas soberanas que recaudan impuestos. La dialéctica o hasta cierto punto el complemento que existe entre el nivel cantonal y federal, ambos con poder y peso, es clave para proteger el sistema de la intervención mutua. La Confederación es subsidiaria, la estructura es tan descentralizada que necesitarías un acuerdo entre muchas partes para hacer un cambio. La razón sencilla por la que estamos blindados de la interferencia política es que los políticos no tienen nada que opinar en el tema educativo o los temarios.

P. ¿Cuáles son los puntos débiles del sistema?

R. Las desventajas de la descentralización son paralelas a sus ventajas. En la educación suiza tenemos ‘de facto’ 26 sistemas diferentes, uno por cada cantón. La forma en la que las escuelas están organizadas es completamente diferente de un sitio a otro. En tiempos de globalización, eso es una gran desventaja, porque ponemos demasiado énfasis en las necesidades locales. Somos, por decirlo de forma autocrítica, un poco provincialistas. Esto tiene aparejado otro problema, que es la falta de reconocimiento de títulos [de formación vocacional] en el extranjero. Es el precio a pagar estar libres de injerencia política.

Otro argumento que utilizamos los rectores para convencer a los políticos y la sociedad de lo importante que es mantener un buen nivel de universitarios es que en las facultades preparan a los jóvenes de forma más general, y esto es útil porque no sabemos cómo será el mercado laboral en 10 años. En una sociedad más global y basada en el conocimiento, creo que también se necesitan más expertos universitarios. Pero tampoco queremos arriesgarnos a un elevado desempleo juvenil por tener a mucha gente preparada para cosas que el mercado no necesita.

P. ¿Y no se arriesgan a quedarse sin médicos, químicos o lingüistas?

R. Tenemos un desafío social: tanto nuestro sistema académico como económico trabajan más rápido que la demografía. Dependemos de importar talento exterior. Si preguntas a la industria, dirán que necesitan incrementar la cifra de estudiantes vocacionales porque no tenemos suficientes. Y en la universidad te dirán lo mismo: no tenemos suficientes estudiantes. Por fortuna, la economía suiza tiende a atraer profesionales cualificados. Y la prueba es que importamos universitarios, licenciados y profesores.

P. ¿Se puede aplicar el sistema vocacional suizo a un país como España?

R. El sistema suizo es objeto ahora de una gran atención internacional, sobre todo de países cuyos mercados laborales son incapaces de absorber el alto número de académicos que producen. Desde un punto de vista técnico, creo que puede ser exportado a otros países, pero es más difícil desde un punto de vista cultural y social. En la sociedad suiza, tanto la formación vocacional como la formación académica son consideradas de igual valor, tan solo de diferente naturaleza. No existe, como en otros países, un estigma asociado a la FP frente a lo académico. En Suiza, no te preguntas si para emanciparte económicamente o subir en la escala social necesitas ir a la universidad. No ha sido nunca así.

P. ¿Y entonces, cuál es nuestro problema?

R. Creo que el origen de este fenómeno está en la creación del Instituto Federal Suizo de Tecnología de Zúrich [Eidgenössische Technische Hochschule Zürich o ETH] a mediados del siglo XIX [1855]. Hoy es una de las mejores 10 universidades del mundo, pero desde el comienzo ha sido una escuela de ingeniería que tenía en mente el mercado de trabajo y trabajos prácticos. En la tradición española, hay una visión de la educación académica más clásica, como la Universidad de Salamanca o la Complutense. Mientras en los países de lenguas romance el foco académico estaba en la cultura o el prestigio, en los países germánicos la orientación del sistema educativo siempre fue el mercado laboral.

Y esto es una diferencia vital respecto a España, Francia o Italia. En un país con tradición de utilizar la escuela y la universidad como una vía de movilidad social, va a tomar mucho tiempo adoptar nuestro sistema. Incluso los expatriados que viven en Suiza mandan a sus hijos a la educación académica tradicional, porque no tienen interiorizado el sistema vocacional. Es muy helvético.

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