FALTA DE LIDERAZGO EN DÍAS CLAVES PARA LA UE

Von der Leyen, a la sombra del legado del viejo zorro de la política europea

La presidenta de la Comisión Europea no logra hacerse notar o respetar en las capitales. Von der Leyen vive a la sombra de su antecesor en el cargo, mucho más político e irreverente

Foto: Juncker junto a Von der Leyen en la despedida oficial del luxemburgués. (Reuters)
Juncker junto a Von der Leyen en la despedida oficial del luxemburgués. (Reuters)

En 2015 Viktor Orbán, primer ministro húngaro, llegaba a la recepción de una cumbre con países del este en Riga en la que le esperaba Jean-Claude Juncker, entonces presidente de la Comisión Europea, tras una polémica reforma constitucional que había levantado preocupación entre el resto de socios.

Cuando el luxemburgués vio que se acercaba el líder magiar, se giró hacia la primer ministra letona Laimdota Straujuma y le dijo “está viniendo el dictador”, recibiendo a Orbán con el brazo en alto y repitiendo en alto “Hola, dictador”. Si bien nunca llegó hasta el final (la activación del artículo 7 de los Tratados, que permite llegar a sanciones contra un Estado miembro), Juncker dejó claro a Orbán que su deriva no le gustaba, le puso la zancadilla al primer ministro húngaro tanto como pudo. No lo paró, pero al menos fue un dolor de cabeza para Budapest, hasta el punto de que Orbán inició una campaña publicitaria contra el luxemburgués. Eso acabó con su suspensión como miembro del Partido Popular Europeo (PPE).

Juncker recibe a Orbán durante una cumbre. (Reuters)
Juncker recibe a Orbán durante una cumbre. (Reuters)

Un lustro después, esta semana Ursula von der Leyen, sucesora de Juncker en el cargo al que llegó desde el ministerio de Defensa alemán, ha sido incapaz de mencionar a Hungría en sus discursos después de que Orbán aprobara una ley que, de facto, le da el control total sobre el país a raíz del estado de alarma por el coronavirus, y lo hace sin límite de tiempo, cerrando el parlamento y amenazando la libertad de prensa. Solo cuatro días después de aprobar la norma, y tras un comunicado en el que criticaba a los países que utilizaban el estado de alarma para tomar medidas desproporcionadas pero sin citar ni a Hungría ni a Orbán, Von der Leyen ha sido capaz de decir que está “profundamente preocupada” por la situación.

Fuera de la ‘burbuja de Bruselas’ esa expresión puede tener algún efecto. Pero aquí dentro todo el mundo sabe lo que significa ‘deeply concerned’: absolutamente nada. Y por eso a nivel de comunicación se repite mucho: suena fuerte, pero en realidad está vacía. En los pubs de alrededor de la Comisión Europea, cuando funcionarios, corresponsales y diplomáticos se arremolinan con una cerveza en la mano y un holandés quiere comentarle a un griego que algo no le preocupa para nada se usa siempre ese cliché a modo de eurochiste: “Sí, sí, la verdad es que estoy ‘deeply concerned’, no me deja dormir por las noches”. Y una risa socarrona.

La brecha que hay entre una y otra actitud es enorme y se llama “liderazgo”. No hay grandes diferencias a nivel de acciones, al final Juncker tampoco llegó a activar el botón nuclear del artículo 7 contra Hungría. Pero la diferencia es a nivel político, el consuelo de la reacción política. La sensación de silencio en Bruselas, de ni siquiera lanzar un mensaje duro o utilizar los estrechos márgenes que da la política europea para presionar, ha sido devastadora.

La diferencia es clara. Juncker, un viejo zorro de la política europea y el último de una generación que aceleró al máximo el proyecto común, se pasó la vida trabajando en la Unión, saltando de un jardín a otro. Tiene numerosos errores en su cuenta (los opacos acuerdos fiscales que Luxemburgo cerró con multinacionales durante su tiempo al frente del país), pero su autoridad política era innegable. Cuando Juncker llamaba a una capital no estaba haciéndolo únicamente el presidente de la Comisión Europea: estaba llamando un tipo que había pasado décadas como primer ministro de Luxemburgo, había sido ministro del Finanzas desde 1989 y presidente del Eurogrupo desde 2005, que conocía Europa al dedillo y que estaba ahí desde mucho antes que la mayoría de sus homólogos soñaran siquiera con ser líderes de su país.

Juncker durante uno de sus últimos colegios de comisarios. (Reuters)
Juncker durante uno de sus últimos colegios de comisarios. (Reuters)

Juncker consideraba a Orbán un “héroe” por su actuación durante la liberación húngara de las cadenas soviéticas, y defendía que tenía una muy buena relación con el primer ministro húngaro. Pero eso no evitaba la crítica. “Durante años he llamado a Orbán ‘dictador’, de manera privada, y se reía”, señaló ya en 2019 el luxemburgués, desvelando que, aquella vez que se refirió a él así en público, fue solo una de muchas.

Solo, aislado y enfermo, siempre perseguido por la fama de bebedor empedernido, Juncker llegó demasiado gastado y cansado a la presidencia de la Comisión Europea. “Hemos llegado cinco años tarde”, se lamentaban algunos entonces. Pero incluso así, el luxemburgués mantuvo el espíritu y el discurso. Nunca, incluso ya en su etapa final, perdió la autoridad que había acumulado con los años, la experiencia y las crisis.

Siguió cometiendo errores, como luego admitió, especialmente en el papel que tuvo la Comisión en el trato que la Troika dio a Grecia durante los años de la crisis financiera, y se equivocó al dar prioridad siempre a los países del núcleo duro del proyecto, sin prestar suficiente en los periféricos, pero incluso con todas sus equivocaciones siguió defendiendo su discurso europeo hasta el final. Mantuvo a una Comisión Europea activa y política. Puso a Bruselas en el mapa.

Von der Leyen tiene muchas cosas que Juncker no tenía: actitud, vitalidad, ganas y empuje. Tiene imagen y mucha capacidad. Pero le falta experiencia en la gran política europea, le falta garra, un discurso sobre lo que cree que debe ser el futuro de la Unión. Le faltan los años sentada junto a otros líderes europeos.

Le falta también la capacidad de liderar y perder el miedo a ser criticada, odiada y detestada en ocasiones en muchas capitales. Está rodeada de eslóganes medio vacíos, un equipo cercano que no entiende Bruselas, medidas poco sólidas, si bien ante el Covid-19 ha comenzado a reaccionar, y una falta de convicción clara en su visión a medio y largo plazo. Y uno puede huir hacia delante con ese perfil en tiempos de bonanza. Pero no en tiempos de crisis.

Ursula von der Leyen durante una de las últimas cumbres presenciales en Bruselas. (EFE)
Ursula von der Leyen durante una de las últimas cumbres presenciales en Bruselas. (EFE)

De la cautela a la irrelevancia

Juncker llegó a la presidencia en contra de la voluntad de muchos. Fue un golpe sobre la mesa. La última gran pirueta de su carrera. A los líderes, sus propios compañeros en la sala, no les quedó más opción que tragarlo. Y el luxemburgués le compensó con un castigo: pondría en marcha la “Comisión política”. No podía sonar peor.

La Comisión Europea empezó a dejar de ser un mero bloque de oficinas y empezó a ser un órgano político. Había un discurso, había una dirección y un intento de hacer cosas. Con torpeza, muchos errores y equivocaciones, pero había una intención de dar al Ejecutivo comunitario un rol propio, de ser activo, no únicamente esperar las instrucciones de las capitales, sino también obligar a veces a los Estados miembros a moverse aunque ellos no quisieran.

Cuando escogieron a Von der Leyen, los líderes europeos sabían perfectamente lo que estaban haciendo: estaban escogiendo algo muy diferente a Juncker. Un perfil bajo que no buscara ni protagonismo ni una agenda política, que mantuviera un rol secundario frente a los Estados miembros. No es que la alemana no tenga cualidades, pero la principal es la cautela y el reparo a generar enfado en los Estados miembros.

Con su elección, Bruselas, tras varios años siendo el centro de los ojos de toda Europa, empezaba a dejar de serlo. La capital política de la Unión empezaba a perder ese ‘política’. El coronavirus ha obligado a suspender las cumbres presenciales en la capital belga y todo se hace vía videollamada. Una representación cruel de la irrelevancia en la que puede caer Bruselas, como si ya no fuera lo suficientemente importante como para tener que ir a reunirse: los temas cruciales se tratan entre los mayores, y desde la capital comunitaria se encargan de darle al botón de “llamar” en la sesión de Skype. Y a guardar silencio.

Von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea. (Reuters)
Von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea. (Reuters)

En el momento en el que la UE necesitaba un liderazgo más radical y mediático, la Unión acaba de perder a dos perfiles que habrían sido muy valiosos: el del propio Juncker y el de Donald Tusk, hasta hace poco presidente del Consejo Europeo, sustituido por un Charles Michel, hasta entonces primer ministro belga, conocido por su capacidad de negociación y su insistencia en encontrar un acuerdo, pero falto de carisma y liderazgo.

Tusk y Juncker acostumbraban a sacar los pies del tiesto, se pasaban de iniciativa y muchas veces asumían un rol protagonista que no les terminaba de corresponder. Eran muchas veces problemáticos para las capitales, no se mordían la lengua ni les importaba en exceso cabrear al personal. Juncker estaba siempre dispuesto a soltar una respuesta antipática, Tusk siempre estaba listo para usar Twitter para saldar sus cuentas con algún otro líder europeo. Pero en tiempos de crisis y silencio en Bruselas, ahora parece claro que era mejor pasarse que quedarse corto.

En la crisis del coronavirus las instituciones europeas están haciendo lo que pueden, llegando hasta donde es posible. La Comisión Europea está teniendo un rol activo y está haciendo más cosas por los ciudadanos europeos de lo que ellos saben. Pero su trabajo es invisible por la falta de liderazgo y de valentía política. También su impacto y su capacidad de influencia ha quedado reducida por una Von der Leyen demasiado pendiente de no molestar a los Estados miembros.

Del viejo zorro europeo que habitó el Berlaymont durante cinco años, y cuyo fantasma sigue ahí para muchos de sus colaboradores cercarnos que ahora echan de menos su figura, Von der Leyen puede aprender una valiosa lección: es mejor ser odiado que ignorado. También en la política europea. Está a tiempo de cambiar de rumbo. No hay mejor momento para forjar un liderazgo que en tiempos de crisis.

La capital
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