El fantasma de Maastricht atormenta el futuro de la UE

La teoría ‘brexiter’ dice que el Reino Unido se desenganchó del proyecto europeo a partir del Tratado de Maastricht. Ahora está claro que no fue el único

Foto: El presidente francés recibe al primer ministro holandés en París. (Reuters)
El presidente francés recibe al primer ministro holandés en París. (Reuters)

Un Emmanuel Macron preocupado explicaba esta semana a los periodistas del Financial Times que la crisis del coronavirus pone a la Unión Europea ante su “momento de la verdad”: “Decidir si la Unión Europea es un proyecto político o simplemente un proyecto de mercado”. Y mira hacia al norte. Pero el presidente ya tiene una respuesta por parte de los problemáticos y polémicos Países Bajos: es un mercado, amigo.

La Haya no se esconde. Se cumplían dos años del Brexit cuando Mark Rutte, primer ministro holandés, llegaba a la sede del Parlamento Europeo en Estrasburgo. Todavía estaba fresco en la memoria de los eurodiputados el día de finales de junio de 2016 en el que se habían despertado con el resultado del referéndum británico y, lamentándolo mucho, algunos señalaron que, quizás, era lo mejor: Londres llevaba mucho tiempo poniendo palos en las ruedas, ahora la UE podría avanzar. Pero Rutte estaba ahí para demostrar que todo era más difícil.

Ante el Pleno el primer ministro de Países Bajos, acababa de lanzar un torpedo al discurso europeo: “Cada vez más Europa no es la respuesta. Para algunos, ‘una unión cada vez más estrecha’ sigue siendo un objetivo en sí mismo. No para mí”. Acababa de despertar, otra vez, el fantasma de Maastricht.

Mark Rutte, primer ministro de Países Bajos, a su llegada a un Consejo Europeo. (Reuters)
Mark Rutte, primer ministro de Países Bajos, a su llegada a un Consejo Europeo. (Reuters)

En 1992 los socios europeos firmaron un nuevo Tratado de funcionamiento en, cosas de la vida, la ciudad holandesa de Maastricht. Entre las novedades que incluía, el texto señalaba que el proyecto europeo debía dirigirse hacia “una unión cada vez más estrecha”. Muchos británicos aseguran que fue ese el momento en el que el Reino Unido comenzó a salir de la Unión Europea. Otros defienden que comenzó a salir en el mismo momento en el que entró, y que Maastricht es solo una excusa elegante para evitar parecer un país neurótico y asustadizo, incapaz de decidir si entra o sale del edificio.

Rutte considera que esa idea de “una unión cada vez más estrecha” fue un factor importante en el Brexit, y quiere que solo se coopere de manera más estrecha en campos muy concretos. Considera que la idea de una unión política es únicamente romanticismo vacío. Sus opiniones se enmarcan en una visión holandesa de la Unión en la que algunos países incumplidores e indisciplinados quieren que sea la Unión la que les haga el trabajo, como reformas dolorosas, que ellos no son capaces de realizar.

Por eso la oposición a los eurobonos o a un presupuesto comunitario mayor, además de tener un razonamiento económico, y es que los Países Bajos no confían en los Estados miembros sureños o consideran que dedican demasiado dinero a la Unión, tiene un razonamiento político: no queremos lazos más estrechos y no confiamos en vosotros. La UE debe mejorar las instituciones de los países, mejorar su competitividad y su papel en el mundo, pero ahí termina su trabajo. Al menos por el momento.

Macron sabe perfectamente que esta es la visión holandesa. Como a muchos otros líderes europeos, al presidente francés le habrá despertado muchas noches el fantasma de Maastricht corriendo por los pasillos del Elíseo. Y por eso el galo no lo presenta como una decisión: ¿es la UE un proyecto político o solo un mercado? No, lo plantea como que hay dos visiones, y parece solo una puede ganar.

Lo cierto es que en la relación norte-sur solo se plantean tres caminos. Ninguno de ellos consiste en intentar engatusar a Países Bajos y Alemania en un discurso romántico sobre el carácter humano del proyecto y la necesidad de converger a nivel político para traer paz y prosperidad. No funcionó con los británicos, no funcionará con los holandeses.

El presidente galo saluda a su homóloga alemana durante una visita a Berlín. (EFE)
El presidente galo saluda a su homóloga alemana durante una visita a Berlín. (EFE)

La prioridad para el sur es convencer a Alemania de que juegue un rol activo en el proceso europeo. Sin Berlín a bordo del carro será casi imposible cualquier movimiento, y el resto de líderes deberían aprovechar el tiempo que le queda a Angela Merkel al frente del Gobierno. No, la canciller no debe incluirse en el ‘santoral’ europeo, ha cometido muchos errores y le ha faltado mucha valentía. Pero la popularidad que llegó a alcanzar Wolfgang Schäuble con un discurso centrado en lanzar al pueblo griego fuera de la Eurozona y a la completa miseria debería servir como aviso: hay una cosa peor par los socios del sur que no ser proactivo, y es ser activo con una agenda contra la integración europea.

Con Países Bajos solo quedan tres caminos. Uno es aceptar su visión: la Unión debe ser fundamentalmente un Mercado Único con la integración justa y necesaria para que éste funcione de manera óptima. Esta idea no es nueva, era la visión británica del proyecto. Lo único que ha ocurrido es que el Gobierno holandés, acostumbrado a esconderse tras el británico, ha tenido ahora que salir a defender su agenda.

El problema es que ya hay un nivel de integración, como es el uso de la moneda común, que choca con la idea de la UE como un mero mercado. Dejar el trabajo a medio hacer genera muchísimos riesgos, como se ve cada vez que llega una crisis. Verlo únicamente como un mercado pone en riesgo no solo la idea política de la Unión, que ya estaría muerta de escoger esa opción, sino que también arriesgaría el bienestar y la prosperidad de los ciudadanos europeos, que es el núcleo de esta propuesta: dejémonos de ideas románticas y ayudemos a nuestros ciudadanos a llenarse el bolsillo.

La segunda opción es intentar convencer a La Haya. Eso conlleva cesiones dolorosas, comprender que nunca vas a llegar a tener el nivel de integración que deseas, pero en eso consiste el proyecto europeo. Negociar, seguir negociando, dormir dos horas, volver a negociar, y hacerlo durante años hasta alcanzar un punto en el que todo el mundo queda igual de descontento, pero que permite al proyecto seguir avanzando un poco más, un centímetro más allá.

Líderes de los Veintisiete durante una cumbre europea. (EFE)
Líderes de los Veintisiete durante una cumbre europea. (EFE)

El último camino es uno que, de manera sucinta, se ha dejado caer en Bercy, el ministerio de Finanzas francés, y que propone Shahín Vallée, que ha sido asesor económico del presidente del Consejo Europeo y del ministro de Finanzas francés, para solucionar el embrollo de los eurobonos: acudir a la cooperación reforzada para que aquellos países dispuestos a una mayor integración puedan avanzar. Al fin y al cabo, el euro es un ejemplo de cooperación reforzada, una idea consagrada en los Tratados. Vallée lo denomina “la coalición de la voluntad”.

El problema de este último camino es que significa una Europa a varias velocidades: los más lentos al este, incapaces de alcanzar el ritmo de sus socios occidentales, un grupo de países más escépticos en el segundo círculo concéntrico, y un núcleo duro, probablemente compuesto por los socios mediterráneos, Bélgica, Luxemburgo y, con algo de suerte, Alemania.

No sería la primera ocasión que se propone. Tras el shock del Brexit, cuando la UE no tenía muy claro qué hacer, Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea, presentó un ‘libro blanco’ en el que ofrecía varias vías para el futuro de la Unión: desde hacer menos e iniciar un repliego a las capitales, hasta avanzar hacia una Europa a varias velocidades, a modo de círculos concéntricos.

Como en tantas otras ocasiones esa idea quedó encima de una mesa, sin que se decidiera exactamente qué hacer. Ante la indecisión respecto a cómo acabar con la indecisión, las capitales comenzaron a apostar por la primera vía: una repliegue nacional a nivel político difícilmente comprensible si se presta atención a los muchos, aunque imperfectos, progresos en la integración y la gobernanza del euro hechos durante los últimos años: la creación de un fondo de rescate europeo al que en principio muchos se negaban o un rol mucho más activo del Banco Central Europeo (BCE) entre otros progresos.

Ahora un grupo en el sur, liderado aparentemente por Macron, tienen claro que el ‘status quo’ no puede continuar o acabará matando a la Unión Europea. Consideran que esta no es un mercado, sino un proyecto político. Tendrán que decidir qué camino tomar y deben afrontarlo como un debate serio, honesto, sabiendo que la opinión de los socios nórdicos también importa y que intentar obligarles a aceptar su visión tendrá efectos políticos devastadores a largo plazo. Pero el tiempo de reflexión empieza a agotarse. Los líderes no pueden seguir escondiéndose del fantasma de Maastricht.

La capital
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