Asfixiar la libertad de movimiento es acabar con Europa

Para estas generaciones, Europa significa, sobre todo, libertad. Y esa libertad tiene una máxima expresión en la Unión: la libertad de movimiento, ir al país que queramos en el momento que queramos, sin trabas

Foto: Un vuelo de Iberia durante el proceso de repatriación de españoles en el extranjero. (EFE)
Un vuelo de Iberia durante el proceso de repatriación de españoles en el extranjero. (EFE)

Cuando la película 1917 apareció en las pantallas de todo el mundo, el largometraje entró también en todas las conversaciones de Bruselas. "Los jóvenes tenéis que ir a verla, para saber por qué tiene que existir la Unión Europea", decían veteranos funcionarios y diplomáticos europeos en todas las recepciones, cenas y encuentros en la capital comunitaria. Pero a los jóvenes, más allá de que nos pueda haber gustado o que nos parezca interesante, poco nos dice sobre el proyecto europeo la película 1917.

Para toda una generación Europa no es tanto paz, porque la guerra es un recuerdo pasado que, erróneamente, consideramos imposible. Para estas generaciones significa sobre todo libertad. Y esa libertad tiene una máxima expresión en la Unión: la libertad de movimiento, ir al país que queramos en el momento que queramos sin ningún tipo de explicación ni traba. Y este derecho a moverse con libertad ha sido el primero en caer durante la pandemia del coronavirus. Fue la primera en entrar en la cuarentena y parece que será la última en salir de ella.

Para muchos, esa libertad es la que ha forjado nuestra manera de ser ciudadanos europeos. Si bien las restricciones en el marco del covid-19 son perfectamente comprensibles y necesarias, prologarlas durante mucho tiempo, o crear clases de ciudadanos con más o menos libertad de movimiento dependiendo de si tu país ha sido más o menos golpeado por el coronavirus, es un ataque directo sobre la manera de ser europeos de muchos ciudadanos. Cuando algunos hablan de la posibilidad de restringir la libertad de movimiento como un escenario base para el futuro se está atacando de manera directa al europeísmo.

Un manifestante proeuropeo en Londres. (EFE)
Un manifestante proeuropeo en Londres. (EFE)

La pandemia ha convertido en obligación el aislarnos. Esa actitud no va a desaparecer porque sí. Aunque se abran físicamente, muchas fronteras mentales van a seguir cerradas. La Comisión Europea ya ha pedido que se acaben las restricciones de viaje "lo antes posible" y ha advertido de que no podrá discriminarse por pasaporte. Ese aviso, aparentemente inofensivo, esconde una dinámica siniestra: desconfiar dependiendo de la nacionalidad. Justo lo que busca evitar el proyecto europeo. Los choques norte-sur en las últimas semanas a raíz del debate sobre cómo financiar la recuperación económica, ni mucho menos nuevos, van a seguir profundizando en las diferencias que hay en la mentalidad de unos y otros, llevando en ocasiones a actitudes que rozan el odio.

La sociedad europea es abierta. Forma parte de su naturaleza, es, de hecho, el elemento central de su existencia. Los que creen que cerrar fronteras y aislarse es la mejor manera de proteger a la sociedad europea están equivocados: aislándola, fragmentándola y dividiéndola solo la están asfixiando. Si el cierre de fronteras y la limitación del movimiento se considera como el nuevo escenario central, tras la "nueva normalidad" no quedará ninguna sociedad europea a la que proteger.

Poco a poco la masa de ciudadanos del Viejo Continente se ha ido fusionando. Jóvenes españoles han estudiado en Roma, hecho prácticas en una empresa de Leipzig y se han casado en Francia. Hay personas que viajan varios días por semana a Bruselas y vuelven a su casa en Barcelona. Parejas separadas por miles de kilómetros que se encuentran cada fin de semana en su ciudad natal. Ciudadanos alemanes que hicieron su Erasmus en Madrid y se quedan para siempre. En 2017, cuando se cumplían 30 años del programa Erasmus, se calculó que habían nacido un millón de niños de parejas que se habían conocido en Erasmus. Esa idea de sociedad europea abierta y fusionada ya no es una idea, es una realidad. Asfixiar la libertad de movimiento es ahogar a la sociedad europea, y dejarla sin aire significa matar nuestra idea de Europa.

En este contexto, el polémico intercambio entre libertad y seguridad se hace todavía más complejo, no solamente para la generación de jóvenes adultos, sino también para los ciudadanos europeos que empiezan a entrar ahora en la mayoría de edad y comienzan a estructurarse un mapa mental político sobre lo que es Europa para ellos, algo que les toca hacer en circunstancias nada normales.

Francisca, una estudiante de 17 años en Ovar (Portugal), refleja bien esa dificultad. Preguntada sobre si ella sacrificaría la libertad de movimiento a medio o largo plazo para contener el virus contesta: "sí, sin ninguna duda". "Hay cosas más importantes que la libertad de movimiento, cuando hay vidas en juego lo demás no importa mucho más", explica Francisca, que sin embargo admite sin esa libertad, la UE perdería sentido: "Si la quitaran (la libertad de movimiento), la unión todavía existiría, por supuesto, pero perdería la mayoría de las ventajas que me ofrece hoy y se volvería irrelevante en mi vida". Ludovica, una italiana de 20 años que continúa con los estudios en su Nápoles natal, también cree que la libertad de movimiento debe limitarse en el largo plazo para mantener el pulso con el covid-19, pero como Francisca, admite que eso tendría un gran efecto sobre cómo ve ella Europa: "Cambiaría completamente mi idea sobre la UE, que nació para unificar a los países europeos, no para dividirlos a ellos y sus ciudadanos".

Un niño pasa bajo una bandera europea durante una manifestación en Berlín. (Reuters)
Un niño pasa bajo una bandera europea durante una manifestación en Berlín. (Reuters)


Para Blanca, una estudiante de 18 años en Madrid, esa posibilidad de moverse sin fronteras es la clave: "Me gusta eso, la posibilidad de ir de un país de Europa a otro sin fronteras, como si me sintiera en mi propio país, creo que eso es muy importante". Y no cree que se deba sacrificar la libertad de movimiento en el medio plazo, defiende que hay que apostar todas las cartas al "control de los enfermos" mediante test y cuidados.

Evidentemente, el cierre de fronteras y el fin del movimiento tiene un sentido ahora y mientras sigamos sin encontrar soluciones viables contra la pandemia. Habrá que seguir las recomendaciones de los epidemiólogos, teniendo en cuenta también el coste a largo plazo de las medidas que se tomen ahora, pero sabiendo que decisiones torpes, como la apertura antes de tiempo sin las medidas adecuadas, puede costar vidas, y la prioridad debe ser evitar la expansión del virus y el coste humano que tiene. Pero como con las medidas excepcionales impuestas por los distintos Gobiernos europeos, el que sean necesarias en este contexto no significa que deba bajarse la guardia, no significa que haya que dejar de valorar su importancia, más bien al revés: es el momento de ponerla en valor.

De esta experiencia puede salir algo positivo. Quizás sirva para que las nuevas generaciones veamos, con nuestros propios ojos, cómo son y actúan las fronteras, que no se quedan en el plano físico, sino que se incrustan en la mentalidad de la sociedad. Y a lo mejor eso nos lleva a darnos cuenta de que la UE no es un ente invisible. Ver esa realidad oculta durante mucho tiempo quizás nos lleve a una defensa de la idea europea más pragmática y efectiva.

La capital
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