Elogio de la quietud europea

La necesidad de un final claro, definitivo y al alcance de la mano es contraria a la idea del proyecto europeo. Hay que encontrar acomodo en el proceso

Foto: Una bandera europea en la ventana de una casa en Frome, el Reino Unido. (Reuters)
Una bandera europea en la ventana de una casa en Frome, el Reino Unido. (Reuters)

Necesitamos un final. Nos aterra la idea de un fundido a negro sin saber qué ocurre después, o una historia que avance tan lentamente que no sacie nuestra hambre de acción. No podemos vivir con esa incertidumbre respecto al final. Todo debe estar atado y listo. No podemos disfrutar de algo que no está acabado.

Este es uno de los principales retos de la Unión Europea: su increíble potencial para decepcionar a todos por la aparente ausencia de un desenlace. Para los euroescépticos, la Unión es más difícil de destruir de lo que pensaban hace algunos años, y apuestan ahora por restarle peso desde dentro. Para los proeuropeos radicales, no hay perspectiva de que el proyecto europeo acabe en unos Estados Unidos de Europa y eso les genera una enorme frustración.

En la ausencia aparente de un final al proyecto europeo, ya sea en éxito o en fracaso, los proeuropeos pueden consolarse con la certidumbre de que sí hay una promesa real de progreso, de protección y seguridad para que los ciudadanos puedan desarrollar su proyecto vital en paz en un entorno en el que se aseguran sus derechos y libertades a medida que hay una mayor integración como garantía de ello. Es, por lo tanto, un éxito si consideramos como exitoso el proyecto político que ofrece un marco de libertad, justicia y tranquilidad para el ser humano, y eso se va ensanchando para alcanzar cada vez a más ciudadanos.

Banderas frente al Consejo Europeo. (EFE)
Banderas frente al Consejo Europeo. (EFE)

Hoy todos vivimos la intrusión de la política en la vida privada de manera agresiva. Son días turbulentos en España y otros países que nos hacen recordar con cierta nostalgia los días de la política aburrida como un edén en el que era posible preocuparse por otras cosas. En cierto modo Europa, que tiende a ser cada vez más criticada por los mismos ciudadanos que sufren e intentan escapar de esa polarización a la que le arrastran los políticos patrios, brinda esa protección, esa previsibilidad, y, sobre todo, podría servir de ejemplo para la clase nacional.

La Unión sí que tiene un final, y es más real de lo que acostumbra a pensar el ciudadano medio: recientemente, una sentencia del tribunal constitucional alemán ha puesto en riesgo los cimientos del proyecto. Y al mismo tiempo, si bien el final de la UE es más que posible, es seguramente menos probable de lo que tendemos a creer en Bruselas y los círculos de opinión más activos en temas europeos.

Y como la UE tiene un final, que podemos ver muchas veces cerca de nosotros, los ciudadanos deberíamos valorar su finalidad: ese objetivo de hacer realidad la promesa de progreso y la garantía para la libertad de los europeos. Ser conscientes de su final nos ayudará a valorar su finalidad.

La Gran Recesión fue increíblemente dañina para la UE porque significó el fin de la promesa de protección y seguridad, y en cambio ofreció la ‘troika’, ajustes y dolor. Ahora, en mitad de una pandemia, la Unión, y Alemania en particular, tienen la posibilidad de resarcirse, de devolver a Europa a la senda de su promesa, de devolverla a la línea de meta y a su final. La solidaridad europea como garantía de la supervivencia. Por eso la presentación de una propuesta ambiciosa para un Fondo de Recuperación esta semana por parte de la Comisión Europea es tan importante: no va de simples números, sino de cumplir con el fin último de la Unión, y de hacerlo de manera tangible y visible para los ciudadanos.

Banderas de todos los Estados miembros junto a las de la UE frente al Parlamento Europeo de Estrasburgo. (EFE)
Banderas de todos los Estados miembros junto a las de la UE frente al Parlamento Europeo de Estrasburgo. (EFE)


La UE se juega mucho de manera continua. Hay innumerables factores que ponen en riesgo el delicado equilibrio que hace del proyecto una idea valiosa. El coronavirus lo ha puesto todo a prueba, pero Europa sigue siendo el lugar en el que menos veneno verbal hay, donde nuestros políticos, cuyas formaciones nacionales se arrancan los ojos en el Congreso de los Diputados, siguen colaborando de manera estrecha y leal. Y la quietud como la gran virtud de Europa no es una defensa del status quo, más bien al revés: una defensa de la constante necesidad de cambio y reforma para proteger ese bien preciado. Un proceso en el que siempre te tienes que ir acercando un poco más a la línea de meta, sabiendo que seguramente nunca la llegues a cruzar, pero sabiendo también que el objetivo es estar tan cerca de ella como sea posible.

El éxito de la UE es la quietud, es la capacidad de que fuerzas superiores invadan lo menos posible el recorrido de tu vida. No significa que no quede nada por hacer: hay muchos cambios en Europa que están pendientes, pero deben centrarse en proteger y avanzar hacia esta promesa, debe focalizarse en que todos los ciudadanos, sean franceses o en cambio sean húngaros, rumanos o polacos, puedan dormir en la esperanza de que su proyecto vital no se vea truncado ni limitado, que puedan contar con esa protección.

Los mejores proeuropeos que conozco, los más inteligentes y capaces, no suelen desear unos Estados Unidos de Europa. Pero incluso los que creen que ese debe ser el punto de llegada tienen en cuenta que eso no es un fin en sí mismo, sino una mera vía, para ellos la mejor posible, para proteger la promesa europea a los ciudadanos.

La capital
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