Desde la atalaya moral

Europa mira las tensiones raciales en Estados Unidos desde una atalaya moral de la que conviene bajar: tenemos problemas en casa que debemos resolver

Foto: Protesta contra la brutalidad policial americana en la plaza Dam de Amsterdam. (EFE)
Protesta contra la brutalidad policial americana en la plaza Dam de Amsterdam. (EFE)

Las tensiones raciales en Estados Unidos, que tras la muerte de un afroamericano a manos de la policía en Minneapolis ha generado movilizaciones históricas a favor de los derechos civiles de las minorías, han recibido el apoyo de muchísimos ciudadanos europeos y también desde Bruselas, que ha visto, con mucha preocupación, las medidas que Donald Trump, presidente americano, ha intentado imponer haciendo un llamamiento a “dominar las calles” y generando una tensión sin precedentes entre el Ejército y la Casa Blanca.

Desde la distancia, millones de europeos, independientemente de su ideología, han mostrado su apoyo a las reivindicaciones de los afroamericanos. En general, la opinión pública europea ha seguido todos estos acontecimientos desde la habitual altura moral desde la que miramos prácticamente todo lo que ocurre fuera de las fronteras de la Unión, donde, es cierto, y a pesar de que la historia nos recomienda cautela en nuestras convicciones, es difícil imaginar a ciudadanos europeos de una minoría manifestarse frente a paramilitares y civiles armados hasta los dientes, con miradas amenazantes y manos sobre sus armas semiautomáticas.

Que sea difícil imaginarse esa escena distópica no significa que en Europa no existan problemas. Que el racismo en la Unión no sea tan rampante como en Estados Unidos, en gran parte porque tenemos mucha menos diversidad racial, no debe cegar. El apoyo a las reivindicaciones de los manifestantes en Estados Unidos se puede y debe completar con una mirada crítica a nuestra propia situación. La UE ha demostrado ser un modelo útil para proteger a las minorías, pero hay mucho margen de mejora, y está también en las manos de los ciudadanos.

Manifestación en París, también haciendo referencia a la muerte de Adama Traoré en 2016. (EFE)
Manifestación en París, también haciendo referencia a la muerte de Adama Traoré en 2016. (EFE)

En 2018 se publicó la encuesta “Ser negro en la UE” por parte de la Agencia Europea de Derechos Fundamentales. El 30% de los más de 25.000 ciudadanos de descendencia africana que fueron entrevistados expresó haber experimentado acoso racista en los últimos cinco años, y un 21% de todos los encuestados señaló que los sufrió en el último año. Casi un 40% se ha sentido discriminado racialmente, lo que les impone barreras a la hora de encontrar trabajo o vivienda. La mayoría de ellos (55%) viven bajo el umbral de la pobreza, lo que empeora todavía más su situación.

Pero hay mucho más allá de las cifras. Tenemos un problema de representación. No recuerdo a muchos ministros negros o árabes entrando en el Consejo Europeo. Recuerdo a Cecile Kyenge, ministra de Integración de Italia, la primera persona de color en un Gobierno italiano. Y me acuerdo también que un senador de Lega la comparó con un orangután. En enero de 2019 fue condenado a 18 meses de prisión por esas declaraciones. Ese hombre, Roberto Calderoli, es hoy vicepresidente del Senado de Italia.

A un nivel menos visible también tenemos un problema de representación. También aquí, en la ‘burbuja de Bruselas’. Solo el 2% de los altos funcionarios europeos pertenecen a una minoría, y la mayoría de miembros de color de la Eurocámara abandonaron la institución cuando el Reino Unido se marchó de la Unión Europea.

Quizás, piensen, todo esto se escapa del control de los ciudadanos que hoy muestran su solidaridad con Estados Unidos. En 2015, durante una crisis migratoria histórica, Angela Merkel, canciller alemana, decidió dar una primera respuesta humana y mantener las puertas de Alemania abiertas a los refugiados que huían de la carnicería de Siria. Y la ‘canciller de hierro’ lo pagó en las urnas, que auparon a una formación de ultraderecha, como es AfD.

En Italia el electorado jadeó y alzó hasta el primer puesto de las encuestas a Matteo Salvini, que como ministro del Interior mantuvo a más de 160 migrantes retenidos en un barco sin poder bajar a puerto después de que fueran rescatados en el Mediterráneo, ese mar convertido en cementerio y en el que Europa se ha dejado tres cuartos de su alma. Hoy Salvini cae en picado en las encuestas… por blando. Y el electorado impulsa a una formación todavía más a la derecha, Fratelli d’Italia.

Salvini junto a Meloni y Antonio Tajani, miembro de Forza Italia. (Reuters)
Salvini junto a Meloni y Antonio Tajani, miembro de Forza Italia. (Reuters)

Por si todavía parece que pueda quedar alguna altura moral desde la que podamos mirar a Estados Unidos, hay un dato más que debería alarmar: en Alemania y otros países se ha registrado un importante aumento del antisemitismo. Según la Agencia Europa de Derechos Fundamentales, cuatro de cada diez judíos encuestados considera emigrar porque no se siente seguro en su país. No hace falta abrir ningún libro de historia para recordar por qué dato es una vergüenza para Europa.

Nada ocurre sin que los ciudadanos lo toleren o lo impulsen. Todos los que muestran su solidaridad estos días con las manifestaciones en EEUU deben mirar en casa. Que el racismo que viven ciudadanos europeos o inmigrantes en territorio comunitario no consista en ser asfixiados por la rodilla de un agente de policía no significa que no haya problemas.

La capital
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