La lección irlandesa

En muy poco tiempo Dublín ha sido el ejemplo de cómo aprovechar la pertenencia a la Unión Europea para impulsar los intereses nacionales y de cómo perder la influencia por usarla para tramas internas

Foto: Phil Hogan, hasta hace poco comisario de Comercio. (Reuters)
Phil Hogan, hasta hace poco comisario de Comercio. (Reuters)

La República de Irlanda es un caso de éxito. Rescatada en la anterior crisis, la isla ha sido uno de los mejores alumnos de la Unión Europea. En contra de lo que muchos esperaban tras el referéndum del Brexit en 2016, Dublín no tuvo ni la tentación de seguir los pasos del Reino Unido fuera del bloque comunitario. Desde aquel verano caliente, el país ha vivido días dorados en su proyección europea. Ahora vuelve a ser ejemplo, pero por razones distintas.

El Gobierno irlandés logró concienciar desde el primer momento a Michel Barnier, negociador europeo para el Brexit, de la importancia total de la frontera terrestre que separa al país de Irlanda del Norte, provincia británica. Como primeros ministros, Enda Kenny y luego Leo Varadkar supieron aprovechar un riesgo histórico como una oportunidad. Dublín, siempre la débil en el pulso con Londres, demostró cuál es la diferencia entre estar dentro y estar fuera de la Unión: mientras el Gobierno británico estaba solo en su pulso con Irlanda para evitar que el Ulster quedara en un estatus diferente al del resto del Reino Unido, el Gobierno irlandés contaba con el respaldo de otros veintiséis países. Estar dentro o estar fuera. Y ganó Dublín.

Irlanda ha estado en un rol central en las negociaciones del Brexit, y ha estado a la altura de las circunstancias. Por eso Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, premió a Dublín dando a Phil Hogan, hasta entonces comisario de Agricultura, la cartera de Comercio. El movimiento no era para nada inocente: justo cuando la UE y el Reino Unido debían negociar un nuevo acuerdo comercial, la alemana situaba a un irlandés a las riendas del asunto. Estar dentro o estar fuera. Y, además, le colocaba en una posición central en un momento tenso con Estados Unidos. La cartera de Comercio es, además, una de las pocas en las que la Comisión Europea de verdad tiene poder de acción.

En los últimos años Dublín ha recibido más "premios" por parte de los socios europeos, como el nombramiento de Philip Lane como economista jefe del Banco Central Europeo. En general, Dublín ha sido un ejemplo de utilización de la Unión Europea como un potenciador de los intereses nacionales.

Pero las cosas se tuercen rápido. Y eso es lo que ha ocurrido este agosto, cuando ha comenzado la segunda parte de la lección irlandesa: lo que ocurre cuando, en vez de usar la Unión como un potenciador de los intereses nacionales, lo usas como resolución a tus rencillas internas y para lidiar con escándalos políticos domésticos.

Hogan, apodado en Bruselas como 'Big Phil', contaba con el respeto de prácticamente todos en la capital comunitaria. Un veterano de la Comisión Europea, entre 2014 y 2019 comisario de Agricultura, Barnier hablaba con él de forma continua para tener su visión en cuenta en las negociaciones del Brexit. Todo el mundo que coincidía con 'Big Phil' destacaba su trabajo duro, su personalidad afable y su control de los temas.

Hogan junto a la presidenta de la Comisión Europea. (EFE)
Hogan junto a la presidenta de la Comisión Europea. (EFE)

Todo se torció cuando Hogan acudió a una cena de un club de golf en la que participaron 80 personas, violando las reglas del Gobierno irlandés para luchar contra el covid-19. Dublín lanzó un comunicado en el que le llamaba a "considerar su posición", un paso que el Gobierno nunca debería haber dado: le correspondía a la presidenta de la Comisión Europea lidiar con un problema que tenía que ver con un miembro de su equipo, no del Ejecutivo irlandés.

Tras unos cuantos días de presión desde Dublín, Hogan se vio obligado a crearle a Von der Leyen un problema de la nada y dimitió. El enfado en la planta número 13 del Berlaymont se pudo notar en el seco comunicado con el que la presidenta contestó a la dimisión del irlandés. Irlanda, por sus tejemanejes internos, acababa de generar un problema importante para la Comisión Europea en un momento crucial. El brazo ejecutivo de la Unión se acababa de quedar sin su comisario de Comercio en un momento en el que se acerca la fase clave del Brexit económico y en plena tensión comercial con los Estados Unidos de Donald Trump.

La irresponsabilidad le puede salir cara a Dublín: el precio puede ser la influencia. En una situación normal el sustituto enviado por el Gobierno irlandés ocuparía la misma cartera que Hogan. Pero jugar con fuego tiene sus consecuencias, y en Bruselas se extiende la sensación de que Von der Leyen encargará a uno de los actuales comisarios que se encargue de la cartera de Comercio. Una posición crucial en un momento demasiado importante como para que caiga en manos de un novato, aunque los dos nombres que ha ofrecido Dublín tienen un buen currículum para Bruselas: la vicepresidenta de la Eurocámara y el vicepresidente del Banco Europeo de Inversiones.

La lección irlandesa es especialmente aplicable a España: exportar problemas nacionales a la órbita europea siempre tiene efectos negativos. Sea cual sea el asunto. Y la política española tiene una creciente tendencia a hacerlo. Un ejemplo es el Parlamento Europeo: sigue siendo un lugar en el que las fuerzas políticas contrarias en España dialogan, lejos del ruido nacional. Pero va subiendo el nivel de agresividad y de ataques entre ellos, algo que va en detrimento de los intereses del país.

El Gobierno irlandés ha sacrificado a uno de los personajes clave para la Unión y para Dublín en un acto que representa un perfecto tiro en el pie a nivel estratégico porque representa, seguramente, la pérdida de una cartera clave para Irlanda. Por su parte, Von der Leyen ha sido incapaz de defender que el proceso se llevara desde dentro de la Comisión Europea, abriendo las puertas a que las capitales puedan descabalgar a un comisario desde el Gobierno, algo que sienta un mal precedente y desestabiliza al Ejecutivo comunitario.

La capital
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