Decir no a Berlín

El bloqueo en las sanciones a Bielorrusia respalda a los que piden el fin de la unanimidad en política exterior de la Unión Europea. Habría que pensarlo dos veces

Foto: El primer ministro luxemburgués charla con la canciller alemana y el presidente del Consejo Europeo. (Reuters)
El primer ministro luxemburgués charla con la canciller alemana y el presidente del Consejo Europeo. (Reuters)

En la madrugada del jueves al viernes los líderes europeos lograban desbloquear, por fin, las sanciones contra Bielorrusia y el régimen de Alexandr Lukashenko. La respuesta europea ha sido lenta. Ha pasado más de un mes desde que los ministros de Asuntos Exteriores acordaran a nivel político la puesta en marcha de esas sanciones. Un precio que una Unión que supuestamente busca ser geopolíticamente relevante no se puede permitir. ¿Qué ha pasado para tardar tanto? La unanimidad, eso ha pasado.

Durante este mes Chipre ha bloqueado las sanciones, pidiendo que los Veintisiete actúen con la misma dureza contra Turquía, que acosa a Grecia y a la propia Chipre con exploraciones petrolíferas y gasísticas en sus aguas. El uso de la unanimidad por parte de Nicosia para vetar sanciones contra Minsk para promover sus propios intereses ha enfadado a muchos en Bruselas, y ha dotado de más fuerza a las voces que piden abandonar definitivamente la unanimidad en la toma de decisiones en política exterior a favor de una mayoría cualificada.

Sala en la que se reúnen los líderes europeos en Bruselas. (Reuters)
Sala en la que se reúnen los líderes europeos en Bruselas. (Reuters)

Habría que pensarlo dos veces. Charles Michel, presidente del Consejo Europeo, ha defendido que la unanimidad es útil porque significa que cuando la Unión actúa lo hace con mucha más contundencia, con el peso que da tener a los Veintisiete de acuerdo. Sin embargo no es esa la mejor defensa de la unanimidad.

El valor de la unanimidad es, en parte, el valor de la Unión Europea. Un país pequeño como Chipre, con un millón de habitantes, ha sido capaz de mantener el pulso a Berlín, Madrid o París en defensa de sus intereses. Es el valor de un proyecto que ofrece a un país como Grecia, Eslovenia o Malta poder hacer algo que en ningún otro contexto sería posible: mirar a los ojos a Berlín o París y decir “no”. Y que sea no.

Es cierto que Nicosia puede haber tensado demasiado la cuerda, y que Europa no se podía permitir un bloqueo que ha ido demasiado lejos en un asunto como la crisis en Bielorrusia. Y también es verdad, como ha expresado Josep Borrell, Alto Representante de la Unión para Exteriores y Política de Seguridad, que está más que justificado un cambio a la mayoría cualificada. En muchas ocasiones la Unión cae en la irrelevancia al ser incapaz de moverse lo suficientemente rápido.

Es verdad también que la unanimidad es un arma de doble filo, y que puede ser muy valiosa cuando todos los implicados son responsables, y puede tornarse en venenosa en manos de Estados miembros en la búsqueda desesperada de sus intereses estrictamente individuales y contrarios a los principios de solidaridad y de respeto a los Tratados. Hay muchas muestras de ello: desde países con políticas fiscales agresivas que aprovechan la unanimidad para bloquear progresos en este sentido y seguir drenando los ingresos fiscales de otros Estados miembros, hasta socios del club que utilizan la palanca de la unanimidad para jugar sucio en negociaciones paralelas.

Un manifestante con una banera europea durante las elecciones presidenciales polacas. (Reuters)
Un manifestante con una banera europea durante las elecciones presidenciales polacas. (Reuters)

Pero si se aborda ese debate, que seguramente sea necesario si la UE quiere tener una mayor influencia en su vecindario y en el mundo, es crucial que se haga sabiendo que el valor de la unanimidad debe ser preservado incluso si se transita hacia una mayoría cualificada. Que siempre que sea posible, hay que proteger los intereses de los más pequeños, porque en eso consiste el proyecto de la Unión Europea.

El gran argumento contra el Brexit es que estar hoy fuera de la Unión no ayuda a proteger tu soberanía, sino que la debilita. La manera de potenciarla es dentro del bloque, logrando que el resto de países te apoyen frente a algo que, de lo contrario, deberías afrontar prácticamente sin apoyo. Incluso si la Unión camina hacia una versión más ágil, rápida y certera en política exterior, debe hacerlo preservando ese valor blindado por la unanimidad. Porque, en gran parte, es el valor de la Unión Europea. Un país pequeño que patalea y bloquea la agenda de todos los demás puede ser irritante para el resto de Estados miembros, pero eso también es Europa, y lejos de eliminarlo hay que entenderlo como una virtud europea: piensa que quizás un día sea el tuyo ese pequeño país que patalea. Habrá que protegerla incluso sin unanimidad.

La capital
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