La capital de la protesta

Las continuas protestas en Bruselas son la demostración de la aparición de un ecosistema europeo, de un interés real por una serie de asuntos que son comunes a toda la UE

Foto: Belgian students attend a climate change demonstration in central brussels
Belgian students attend a climate change demonstration in central brussels

En Bruselas no hay muchos días soleados. Pero cualquiera que haya pasado suficiente tiempo en la capital comunitaria puede corroborar que gran parte de los días despejados coinciden con las cumbres europeas. No hay nada como que te encierren durante 48 horas en un edificio para que el sol decida que es buen momento para salir. Así que, cuando antes de la pandemia se celebraban cumbres presenciales, uno nunca perdía la oportunidad para darse un paseo y disfrutar de los últimos rayos mientras se dirigía al edificio en el que se celebra el Consejo Europeo.

Antes de una cumbre que se celebró en 2019 paseaba disfrutando del sol en la cara mientras llegaba al control policial con el que siempre se acordona toda la zona cercana al Consejo Europeo cuando hay cumbres. Entonces algo tapó la luz. Molesto, alcé la vista: había una vaca “ahorcada”. Una vaca (de plástico) azul, con la bandera europea, colgada de una grúa.

Era una protesta de ganaderos. Otra más de las que hace que al final te acostumbres. Tampoco es que sea la más original. Por lo visto en 2009 un manifestante llevó una vaca real a una protesta contra la caída del precio de la leche y ordeñó al animal en dirección a la policía antidisturbios. Aquello ocurrió en la rotonda de Schuman, en el corazón del barrio europeo, unos metros más allá de donde una falsa vaca ahorcada tapaba el escaso sol bruselense. Donde ocurren todas las protestas con dimensión europea en Bruselas.

Una vaca como parte de una manifestación de ganaderos frente al Consejo de Agricultura en Bruselas. (Reuters)
Una vaca como parte de una manifestación de ganaderos frente al Consejo de Agricultura en Bruselas. (Reuters)

Antes de la pandemia cada pocos días uno podía encontrarse una manifestación distinta en Schuman. Un paseo tranquilo por la zona se volvía inquietante cuando de repente toda la calle se llenaba de gente con una careta de Mark Zuckerberg, CEO de Facebook, que estaban allí, cómo no, formando parte de una manifestación. Había también protestas fijas, como la de los kurdos, que cada semana, estoicos, contra viento y marea, pasaban horas, megáfono en mano, gritando desde lo alto de la rotonda de Schuman. A partir de 2017 a ese calendario de fijos se unieron los independentistas catalanes, que cada poco tiempo se reunían en la pequeña explanada que hay en el centro de la rotonda. En diciembre de ese año el independentismo catalán logró una movilización masiva en la capital comunitaria.

Manifestaciones contra acuerdos comerciales como el TTIP que se negoció con Estados Unidos o el CETA que se firmó con Canadá llenaron la Rue de la Loi, demostraciones a favor de mayor ambición en la lucha contra el cambio climático han sido también continuas, así como también contra los lobbies opacos o contra el ‘Dieselgate’. Protestas por la situación humanitaria en distintos países del mundo, manifestantes armenios o tractores de los agricultores que protestan contra los recortes en materia agrícola.

Ese continuo goteo de protestas, ahora prácticamente congelado por la pandemia, dice mucho de Europa y del rol que Bruselas juega en él. Cuando en España hay una causa que busca tener impacto y quiere manifestarse en un lugar, normalmente lo hace en Madrid. ¿Por qué? Porque ahí está el poder político, ahí está a quien se quieren dirigir. Y ese proceso está ocurriendo con Bruselas a un nivel europeo. El hecho de que haya causas que, más allá de querer actuar en un único Estado miembro, vean en la capital comunitaria el escenario político propicio para sus reclamaciones, que consideran que tienen una dimensión europea, es una muestra de que, poco a poco, surge un ecosistema comunitario, una conversación europea.

Si bien eso es cierto también lo es que en la inmensa mayoría de las ocasiones está limitado a la “burbuja de Bruselas” y a una pequeña élite intelectual, informativa y política en los Estados miembros. Por lo tanto es precipitado decir que hay una “esfera pública europea”, al menos de la forma tradicional, porque como muchos académicos apuntan, requiere, por ejemplo, de una única lengua, de un sistema político unificado y un sistema de medios de comunicación comunes y fuertes. Quizás eso exista para esa “élite”, que vive imbuida en la agenda y política europea, y leen los mismos medios de comunicación internacionales. Pero a pie de calle nada de eso existe del todo, seguramente tampoco sea del todo deseable, porque cada Estado miembro tiene su historia, su lengua y sus particularidades. Pero es innegable que algo se mueve.

Una manifestación contra el Brexit frente a la Comisión Europea en Bruselas. (Reuters)
Una manifestación contra el Brexit frente a la Comisión Europea en Bruselas. (Reuters)

Lo que está ocurriendo más que la aparición de una única esfera pública europea es que se están europeizando las esferas públicas nacionales. Están haciéndose europeas en las intersecciones de cada una de las esferas de los Estados miembros. Quizás no haya un enjambre mediático europeo, aunque sí que hay medios de información sobre la Unión Europea, pero los medios de comunicación nacionales dedicamos más tiempo a asuntos comunitarios, y hay coaliciones de medios de comunicación en distintos países que se coordinan. Hay tribunas escritas por académicos en Bruselas, Berlín o París que se publican el mismo día en inglés, francés, italiano, alemán y español en periódicos de muchos de los países europeos. Quizás no haya un sistema político europeo a la forma tradicional, pero nadie puede negar que la Unión Europea se está politizando.

Esas protestas en Schuman son la demostración más viva, más presente y más real de esa “interacción” de las esferas públicas, que se hace mucho más intensa entre los más jóvenes. El miedo que hay con la juventud es que den por hecho la Unión Europea. Es parte de la actitud habitual de desconfianza hacia los más jóvenes. Y, efectivamente, dan por hecho la UE. Eso puede tener sus peligros. Pero también tiene su resultado obvio: si lo dan por hecho es también porque sienten que es propio. Es ahí donde nace el futuro de la esfera pública europea.

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