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Bidensaurio: la extinción de los políticos pre 1989
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Nacho Alarcón

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Bidensaurio: la extinción de los políticos pre 1989

Joe Biden es una especie en extinción: políticos que vivieron los tiempos en los que Europa era el centro de la mirada americana. Es el último destello

Foto: Biden durante una visita al Consejo Europeo en 2015. (Reuters)
Biden durante una visita al Consejo Europeo en 2015. (Reuters)

El cielo nocturno es una ventana al pasado: la luz de algunas de las estrellas que vemos, emitidas hace millones de años, ya han pasado a mejor vida. Mirar el televisor esta semana durante la inauguración de Joe Biden como presidente número 46 de los Estados Unidos era también una ventana al pasado: un destello de un tiempo anterior de las relaciones transatlánticas que volverá durante algún tiempo antes de apagarse.

Biden accedió al Senado de EEUU en 1973 representando al Estado de Delaware. 1973. El mundo ha cambiado por completo desde que él dejó de ser vicepresidente en 2016, así que no hace falta señalar que del mundo de hace casi medio siglo ya no quedan más que algunos escombros humeantes perdidos en la memoria hasta de buena parte de los propios europeos.

Aquel mundo giraba en torno a Europa. Un mundo dividido en dos cuyas costuras partían al Viejo Continente por la mitad. El teatro global era Europa y las planchas de hormigón que rajaban Berlín su escenario. Y los políticos americanos que crecieron y desarrollaron su carrera en ese momento ya están prácticamente extinguidos. Biden muy seguramente sea el último de su estirpe que se sentará en el Despacho Oval. Tras él, el resto de presidentes de los Estados Unidos tendrá en su ADN otro mundo distinto en el que Europa ya no es la prioridad.

placeholder Biden habla frente a un tanque danés en el aeropuerto de Sarajevo. (Reuters)
Biden habla frente a un tanque danés en el aeropuerto de Sarajevo. (Reuters)

Y eso tendrá una traducción en la actuación de Washington. ¿Es una sorpresa? Para nadie. Ni siquiera es nuevo. Ya como vicepresidente Biden pudo ver cómo la administración de Barack Obama giraba la mirada: del Atlántico al Pacífico. La prioridad es Asia. El teatro del mundo está allí. El cambio ya estaba en marcha y el nuevo presidente es más un último flashback que una corrección. Y, por supuesto, no apartará la mirada del Pacífico, por mucho que pueda reconstruir lazos transatlánticos.

Biden será el último fogonazo de esa etapa pasada. No significa necesariamente que los futuros líderes norteamericanos vayan a maltratar las relaciones transatlánticas, como ha hecho Donald Trump durante los últimos cuatro años, sino que no van a prestarle tanta atención. Que no va a haber una vuelta al pasado. Y Europa va a tener que buscarse la vida (y la seguridad) sin la misma implicación estadounidense.

Foto: Biden, durante su etapa como vicepresidente, visitando a la canciller alemana. (EFE)

A nivel europeo el debate debe ser qué se hace con estos cuatro años. Hay dos corrientes de pensamiento mayoritarias: la primera, liderada por Alemania, considera que hay que exprimir al máximo este paréntesis en la tendencia de divergencia de intereses. Hay que aprovecharlo al máximo y centrarse en estrechar lazos con Washington y actuar de forma conjunta siempre que sea posible. Seguramente sea la última vez que Europa pueda contar con un aliado tan cercano y con conocimiento del Viejo Continente en la Casa Blanca.

La otra corriente, liderada por Francia, considera que, precisamente porque Biden es un paréntesis, hay que aprovechar esta “tregua” para armar a la Unión Europea para las relaciones transatlánticas del futuro: que hay que acelerar los trabajos relacionados con la autonomía estratégica aprovechando una administración comprensiva que entiende Europa y que lee el mundo en términos más o menos similares a los de los Veintisiete y que no va a interpretar ese esfuerzo europeo como un ataque a América.

placeholder Biden durante una visita a Berlín como vicepresidente de EEUU. (EFE)
Biden durante una visita a Berlín como vicepresidente de EEUU. (EFE)

Pero este debate no se puede desasociar de otro elemento a tener en cuenta: no ha sido únicamente Estados Unidos el que han cambiado. Europa lo ha hecho y mucho durante los últimos años. La Unión quiere hablar por sí misma, o como dice Josep Borrell, Alto Representante de la Unión para Política Exterior y de Seguridad, quiere hablar el idioma del poder.

Biden conserva otro rasgo fundamental del mundo pre-1989 y que se ha olvidado durante la “retirada” trumpiana del tablero global: EEUU se sienta presidiendo la mesa y su palabra no se contradice. Pero resulta que eso también ha cambiado. La Europa de hoy ya no es tan tolerante con esa actitud y en muchos aspectos quiere seguir su propia agenda. No quiere ser una extensión de la política exterior que decide Washington por y para Washington. Y en eso sí que hay mucho más consenso en el Viejo Continente.

El debate es crucial, apasionante e interesante, pero para el que no hay mucho tiempo: el reloj ya está corriendo. Cuatro años y el ‘Bidensaurio’, el político americano en cuyo ADN está el mundo de ayer, se habrá extinguido. En los próximos meses los líderes europeos van a discutir el estado de las relaciones transatlánticas y esperan tener una cumbre con el presidente de los Estados Unidos próximamente. Cuando puedan mirar cara a cara a Biden no deben olvidar que parte de lo que ven es un espejismo de un mundo que ya no existe.

El cielo nocturno es una ventana al pasado: la luz de algunas de las estrellas que vemos, emitidas hace millones de años, ya han pasado a mejor vida. Mirar el televisor esta semana durante la inauguración de Joe Biden como presidente número 46 de los Estados Unidos era también una ventana al pasado: un destello de un tiempo anterior de las relaciones transatlánticas que volverá durante algún tiempo antes de apagarse.

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