Putin y la eternidad: razones para comparar a Navalni con Puigdemont
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Nacho Alarcón

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Putin y la eternidad: razones para comparar a Navalni con Puigdemont

¿Qué beneficio obtiene el Kremlin de comparar a Navalni con los líderes del 'procés'? Mostrar a los rusos que no existe un futuro mejor por el que pelear

placeholder Foto: Vladimir Putin, presidente ruso. (Reuters)
Vladimir Putin, presidente ruso. (Reuters)

El pasado viernes 5 de febrero Josep Borrell, Alto Representante de la Unión para Política Exterior y de Seguridad, pidió en Moscú la liberación del líder opositor ruso Alexei Navalni. Serguéi Lavrov, ministro de Exteriores ruso y viejo zorro de la diplomacia europea, respondió comparando a Navalni, que sufrió un intento de asesinato y ahora ha sido encarcelado, con los líderes del 'procés'. ¿Por qué?

La realidad es que no ha sorprendido para nada en Bruselas. En el Servicio Europeo de Acción Exterior arquean las cejas y recordaban que no hay nada nuevo: es una estrategia típica del Kremlin. La burla es uno de sus principales pilares. Es parte de lo que Ivan Krastev y Stephen Holmes explican en 'La luz que se apaga' (Debate, 2019). Tras el derrumbe de la Unión Soviética muchos de los países satélites que buscaban liberarse de las cadenas soviéticas entraron en una dinámica de "copia y pega", una política de imitación del mundo liberal de Occidente. Moscú, para quien el colapso del imperio no había sido una liberación, sino una pesadilla, no podía plantearlo de la misma manera. Así, acabó apostando por la "imitación como represalia".

Rusia no soporta la predicación de la moral occidental, y es ahí donde entra en juego la imitación como represalia, una especie de espejo que Moscú planta ante Occidente con el objetivo de ridiculizar sus actuaciones, de mostrar sus vergüenzas y su doble moral. Así, el país utiliza jerga humanitaria cuando actúa en su vecindario con el objetivo de evitar que los países que antes eran su jardín privado dejen de serlo, o utiliza los mismos términos que usan las administraciones estadounidenses para interferir en su zona de influencia.

Foto: El alto representante junto al ministro ruso de Asuntos Exteriores, Sergei Lavrov. (EFE)

Pero volviendo al caso de la comparación con los políticos independentistas, ¿qué gana Vladimir Putin con ese movimiento? ¿Cuál es la motivación? ¿Acaso a Moscú le importa el bienestar de Carles Puigdemont u Oriol Junqueras? ¿Ayudará a que los rusos crean las palabras del Kremlin para justificar su persecución a Navalni y la represión contra los que protestan por su encarcelamiento? Si la respuesta a todas estas preguntas es "no", y la respuesta es un "no" rotundo, es difícil encontrar un motor para la actuación de la diplomacia rusa. ¿Por qué hacerlo?

Una posible respuesta la encontramos en otro libro, 'The road to unfreedom' (Tim Duggan Books, 2018), de Timothy Snyder. La acción rusa en Exteriores tiene un objetivo fundamental y, curiosamente, es para consumo interno: generar desasosiego. No en Madrid o Barcelona, no en los muchos países que sufren comparaciones como la realizada por Lavrov, sino entre los propios rusos. No se busca que los rusos crean las palabras del Kremlin. Ahí está la clave y la trampa de la Rusia de hoy, y lo que resulta tan difícil de entender para muchos en Occidente. Putin no tiene intención de que los rusos crean en sus palabras aunque pueda parecer una idea descabellada.

Y ahí es donde entran en juego comparaciones como la realizada por Lavrov entre Navalni y Puigdemont, que no deja de ser una pieza más en ese juego de espejos. El objetivo no es que los rusos crean que Rusia es inocente, sino que España también es culpable. Que las motivaciones del Gobierno español son las mismas que las de Putin. Si el Ejecutivo ruso utiliza las mismas palabras que el Gobierno español, y los ciudadanos saben que el Kremlin miente, entonces eso significa que los poderosos en España también mienten a los suyos. Esa es la operación perfecta en la cabeza de Putin.

placeholder Borrell y Lavrov el viernes pasado en una rueda de prensa. (Reuters)
Borrell y Lavrov el viernes pasado en una rueda de prensa. (Reuters)

¿Por qué? El objetivo no es hacer creer a los rusos que Rusia es mejor, sino que todos los países son igual de corruptos, con una democracia igual de ficticia. Ahí es donde juega un papel el uso de las mismas fórmulas verbales. Si todos los gobiernos extranjeros son corruptos y mentirosos como el nuestro, ¿por qué pelear? ¿Para qué luchar si no hay un futuro mejor, si ahí fuera todos son iguales que Putin?

Forma parte de lo que Snyder califica como la "política de la eternidad", como una contraposición de la "política de lo inevitable". La política de la inevitabilidad que sigue dominando Europa y Norteamérica consiste en una visión de un mañana como extensión de un hoy optimista, en el que el futuro siempre sonríe y por lo tanto no es necesario tomar acciones porque no hay nada que deba cambiar. Algunos lo llamarían el fin de la historia. Ha llevado y lleva a cometer errores profundos y tiene sus propios mecanismos de propaganda y engaño.

En todo caso, la "política de la eternidad" de Putin tiene un carácter distinto porque, a diferencia de la "política de lo inevitable", en la versión rusa no hay un escenario optimista. Explicado por el propio Snyder: "La eternidad coloca a la nación en el centro de una historia cíclica de victimización. El tiempo ya no es una línea hacia el futuro, sino un círculo en el que regresan sin cesar las mismas amenazas del pasado. Dentro de la inevitabilidad, nadie es responsable porque todos sabemos que los detalles se resolverán por sí mismos; dentro de la eternidad, nadie es responsable porque todos sabemos que el enemigo vendrá sin importar lo que hagamos. Los políticos de la eternidad difunden la convicción de que el Gobierno no puede ayudar a la sociedad en su conjunto, sino que solo puede protegerse de las amenazas. El progreso da paso a la fatalidad".

Foto: El opositor ruso Alekséi Navalni. (EFE)

"En el poder, los políticos de la eternidad fabrican crisis y manipulan la emoción. Para distraerlos de su incapacidad o falta de voluntad para reformarse, instruyen a sus ciudadanos a experimentar júbilo e indignación en intervalos cortos, ahogando el futuro en el presente. En política exterior, los políticos de la eternidad menosprecian y deshacen los logros de países que podrían parecer modelos para sus propios ciudadanos", escribe Snyder. Y es esa última frase la clave de la comparación hecha por Lavrov que, como saben en Bruselas, es una costumbre bastante bien asentada en el Kremlin. Se trata, a través de la comparación, de la "imitación como represalia" de Krastev y Holmes, mostrar que no hay futuro mejor, porque en realidad no hay modelos a seguir.

Para Putin no hay ninguna vía más estable y segura hacia su perpetuidad en el poder que la política de la eternidad, que la demostración a sus ciudadanos de que, si bien él y los suyos mienten, no hay nada mejor ahí fuera que pueda servir de modelo y deben resignarse a someterse para que al menos puedan defenderse de las amenazas que vuelven una vez tras otra.

placeholder Policías rusos en la Plaza Roja. (Reuters)
Policías rusos en la Plaza Roja. (Reuters)

Snyder lanza un aviso en su libro 'The road to unfreedom': la eternidad puede tocar a tu puerta. De hecho ya está haciéndolo en algunos países, como Hungría. "Lo que ya ha sucedido en Rusia es lo que podría suceder en América y Europa: la estabilización de la desigualdad masiva, el desplazamiento de la política por la propaganda, el cambio de la política de la inevitabilidad a la política de la eternidad. Los líderes rusos podrían invitar a europeos y estadounidenses a la eternidad porque Rusia llegó primero. Comprendieron las debilidades estadounidenses y europeas, que habían visto y explotado por primera vez en casa", escribía en 2018 Snyder.

Y como parte de ese aviso, escribe algo que es fundamental para entender los efectos de la política de la eternidad. Esta no llega gratis: hay que armar una ficción política en la que nada es verdad ni mentira, en la que todo se reduce a un 'show' en el que lo que importa son los sentimientos y no los hechos. Y todos deben recordar el precio de ese espectáculo: "La tinta de la ficción política es sangre".

El pasado viernes 5 de febrero Josep Borrell, Alto Representante de la Unión para Política Exterior y de Seguridad, pidió en Moscú la liberación del líder opositor ruso Alexei Navalni. Serguéi Lavrov, ministro de Exteriores ruso y viejo zorro de la diplomacia europea, respondió comparando a Navalni, que sufrió un intento de asesinato y ahora ha sido encarcelado, con los líderes del 'procés'. ¿Por qué?

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