La UE es adversa al riesgo, pero el riesgo ahora es no actuar
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Nacho Alarcón

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La UE es adversa al riesgo, pero el riesgo ahora es no actuar

La Unión Europea es una potencia a la que no le gusta el riesgo en parte porque Alemania también huye de él. Pero ahora el riesgo ha cambiado de lado

Foto: Cumbre de líderes europeos por videoconferencia. (EFE)
Cumbre de líderes europeos por videoconferencia. (EFE)

Cuando actuar se entiende como un sinónimo de riesgo las ideas valientes tienen ya tres paladas de tierra por encima del féretro incluso antes de nacer. Y de esta forma la Unión Europea ha dilatado en ocasiones de forma peligrosa algunos debates fundamentales, a pesar de los muchos indicios que señalaban que no hacer nada era mucho peor que ser valientes y actuar.

Los llamados ‘frugales’, Estados miembros ricos y acomodados del norte de Europa, como Países Bajos, Finlandia o Dinamarca, pero también Alemania, actuaron en contra de la lógica de “poderes adversos al riesgo” durante muchos años. La gestión de la crisis del euro es una demostración. En el nombre de evitar el riesgo, La Haya, Helsinki o Berlín generaban un riesgo todavía mayor, en una especie de huida hacia adelante, capitaneada por Wolfgang Schäuble, a la sazón ministro de Finanzas alemán, en la que parecía faltar cierto contexto para entender la magnitud del problema y perspectiva para entender los efectos de algunas falsas soluciones.

Todo cambió en el 2020. Sobre todo en el caso alemán. Cuando la pandemia golpeó a Italia primero y a España después, las primeras reacciones no eran nada prometedoras. Francia y Alemania prohibieron en un primer momento la exportación de material médico, complicando todavía más la situación del Gobierno italiano y español, sin comprender que la suerte de España e Italia podría ser la suerte de toda Europa.

placeholder Los presidentes galo y español discuten con la canciller alemana el histórico acuerdo de julio de 2020. (EFE)
Los presidentes galo y español discuten con la canciller alemana el histórico acuerdo de julio de 2020. (EFE)

En aquellos meses algunos comenzaron a entender que las invisibles fronteras del riesgo ya no se circunscriben al Estado nación, no en Europa. No cuando compartes un mercado interior de más de 450 millones de habitantes y una moneda común entre 19 países. Durante años los halcones holandeses o alemanes rechazaron la idea de “compartir riesgos” cuando esos riesgos ya estaban compartidos por la fuerza de los hechos.

Y el Gobierno español supo dar con la clave durante la pandemia. Comenzó a hablar el idioma de los halcones, y se supo meter en su mente: una idea similar al Fondo de Recuperación, todavía no nato, era necesaria no únicamente por interés español o italiano, arguyó entre otras Nadia Calviño, vicepresidenta económica del Gobierno, sino por propio interés holandés, por ejemplo, uno de los países más beneficiados el mercado interior.

El riesgo, claramente, cambió de lado. Si una potencia adversa al riesgo, como Alemania o la propia Unión Europea, se mantiene paralizada en estos tiempos no significa que esté siendo adversa al riesgo, sino que está teniendo tendencias suicidas. Cuando la inacción puede acarrear tan claramente la desaparición, entonces el riesgo lo que debe provocar es acción.

Foto: La canciller alemana, durante su rueda de prensa virtual con Macron. (Reuters)

Así se explica, por una mezcla de interés propio y de presión por parte de los sectores socialdemócratas de su Gobierno y del equipo de Bruno Le Maire en París, que Merkel se abriera a anunciar con el presidente galo Emmanuel Macron un paquete de medio billón de euros de transferencias para las economías más golpeadas por la crisis del coronavirus.

Lo preocupante es que probablemente esa percepción del riesgo se ha disipado, una vez se ha acordado el Fondo de Recuperación y el ritmo de vacunación está empezando a aumentar, con lo que se empieza, poco a poco, a ver la luz al final del túnel. La Berlín que parecía haber abierto los ojos ante el innegable desequilibrio entre el riesgo político de actuar y el riesgo existencial de la inacción parece estar volviendo a cerrar los ojos. Pero la brecha entre las proyecciones de crecimiento del producto interior bruto (PIB) de Estados Unidos y la Unión Europea muestran que hay razones por las que preocuparse.

Mientras la Unión Europea ha aprobado un Fondo por valor de unos 800.000 millones de euros, una reacción sin precedentes y a la que no hay que restar mérito, la administración de Joe Biden ha aprobado un paquete por valor de 1,9 billones, que se suman a otros 900.000 millones ya previstos y a otras inversiones. Para muchos expertos Europa se está quedando corta y puede quedarse a unas brazadas de la orilla. Vitor Constancio, exvicepresidente del BCE, lo escribía de forma clara hace poco: "Estados Unidos está tratando de experimentar con políticas para superar por completo la crisis, mientras que Europa permanece bajo el peso de sus fantasmas y temores. La eurozona, una economía relativamente cerrada que dispone de una moneda fuerte y un superávit externo considerable, podría hacer más por sus ciudadanos. (...) Desafortunadamente, Europa se está preparando para una política fiscal en gran medida insuficiente". Y el fantasma aquí es el de ser demasiado arriesgado. Sin embargo, seguramente ser arriesgado sea la mejor forma de salvarse.

placeholder Sede de la Comisión Europea en Bruselas. (EFE)
Sede de la Comisión Europea en Bruselas. (EFE)

A España o Italia no les interesa que desaparezca este marco de debate. Lograr que los que son más adversos al riesgo acepten que es más peligroso no actuar, aunque genere cierta sensación de control y seguridad en el presente, que asumir ciertos “riesgos” que en realidad repercuten en la seguridad de todos ha sido útil y fundamental para los primeros estímulos europeos. Lograr que el riesgo sea entendido como algo que coincide con las fronteras europeas y no con las nacionales, y que por lo tanto lo que supone un riesgo para la economía española o italiana lo es también para la holandesa y alemana, y difícilmente pueden las fronteras protegerles del impacto, ayudarían a tomar medidas más valientes y decididas a nivel europeo, no solamente en aspectos económicos, sino también asuntos sociales, migratorios, de seguridad o en el tablero geopolítico.

Algunos suelen llamar a la solidaridad para cumplir estos objetivos. Es erróneo. No se trata de una solidaridad con alguien que tiene unos problemas ajenos a los tuyos. La UE haría bien en dejar a un lado la idea de solidaridad como motor de integración: en estos tiempos el riesgo y el interés propio deberían ser los motores. Quizás con ello tengamos más suerte. El último año muestra que quizás funcione mejor.

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