Diarios secretos del negociador del Brexit: ajustes de cuentas e intrigas palaciegas
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Nacho Alarcón

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Diarios secretos del negociador del Brexit: ajustes de cuentas e intrigas palaciegas

Los diarios de Michel Barnier son un repaso minucioso de las negociaciones del Brexit, pero también de la personalidad de sus protagonistas

placeholder Foto: Michel Barnier, antiguo negociador jefe de la Comisión Europea para el Brexit. (EFE)
Michel Barnier, antiguo negociador jefe de la Comisión Europea para el Brexit. (EFE)

Figuras como Jean-Claude Juncker o Helmut Kohl tenían una idea emotiva de Europa. Pero Michel Barnier tiene una visión casi regulatoria. Para él Europa son las normas. El que fue negociador jefe de la Comisión Europea para el Brexit entre 2016 y 2020, y después negociador del acuerdo de relaciones futuras durante 2021, muestra un respeto casi religioso a las reglas y en los diarios que escribió durante las negociaciones y que ahora han sido publicados en francés - ‘La grande illusion. Journal secret du Brexit’ (Gallimard, 2021) - deja claro cuál es para él el peor de los pecados: ser un político incapaz de bajar al detalle.

Quizás porque no muestra todas sus emociones en sus diarios, o porque durante la negociación se entregara de forma casi incondicional a la transparencia, como asegura en su libro, muchas de las emociones, ideas y sentimientos que Barnier recoge en las 542 páginas de su obra serán más o menos conocidas para quien siguiera de cerca las tortuosas conversaciones entre Londres y Bruselas. Para quien se librara de este maratón de cuatro años, el libro de Barnier es un magnífico recorrido por todos los detalles de las conversaciones.

Para quien conozca la letra pequeña de las negociaciones la obra, que se publicará en inglés y español después del verano, ofrece otro atractivo: por un lado ver desde la perspectiva del negociador alguno de los días y encuentros clave, repasar con sus palabras los asuntos fundamentales de la negociación (“Sabemos bien que la pesca es nuestro talón de Aquiles”), y por el otro lado, el aspecto más interesante, conocer un poco mejor lo que el negociador pensaba del resto de protagonistas.

placeholder Michel Barnier, negociador jefe de la Comisión Europea. (EFE)
Michel Barnier, negociador jefe de la Comisión Europea. (EFE)

Barnier demuestra tres cosas a lo largo de la obra: la importancia de conocer los detalles de lo que se negocia incluso si se es un cargo político; su amplia red de contactos y experiencias, conociendo a líderes políticos en prácticamente todas las capitales tras décadas de experiencia en la política francesa y europea; y por última la importancia de saber leer a las personas. El francés, que se permite pocas libertades creativas a lo largo de su diario, que es prácticamente un dietario de los pormenores técnicos de las conversaciones, sí que dedica una buena parte de ella a una de las habilidades más importantes en este tipo de negociaciones: saber leer la habitación, la atmósfera, y calar al resto de actores.

El galo, que ahora se postula como posible candidato a las elecciones presidenciales francesas de 2022, identifica a Theresa May, antigua primera ministra británica, como una mujer fuerte, “con coraje y tenaz”, pero absolutamente devorada por su crisis política interna, en muchas ocasiones desquiciada, “cansada” y sin margen de maniobra. En ningún otro momento se refleja mejor esa situación que durante el famoso almuerzo del 4 de diciembre de 2017 que parece ir bien pero que se complica cuando los socios norirlandeses del Gobierno británico se niegan a apoyar un plan que hay sobre la mesa. May pide unos días de margen antes de aprobar el plan “si quieren tener un Gobierno británico con el que discutir”.

Foto: Michel Barnier, negociador jefe de la Comisión Europea. (Reuters)

En el ambiente de los líderes europeos, Barnier la identifica como una figura “aislada” y “un poco solitaria” por la que desarrolla una cierta simpatía mientras ella intenta sobrevivir. El negociador jefe no esconde la extraña situación en la que la Comisión Europea se encuentra teniendo que ayudar a la primera ministra, algo que admite abiertamente: “Por nuestro lado estamos siempre dispuestos a hacer lo que podemos por ayudar a Theresa May”.

Después de que May decidiera entrar en el congreso del partido conservador bailando al ritmo de “Dancing Queen” de ABBA, uno de los momentos que recuerdan todos los que siguieron las negociaciones durante los últimos años, Barnier anota que a pesar de haber sufrido críticas y burlas por haber bailado, la primera ministra volvió a bailar después de forma “torpe” en Kenia, sin importarle las críticas: “¡Felicidades a la artista! Decididamente, respeto a esta mujer”.

Para Barnier, con ese respeto total por las normas y los detalles, no hay peor insulto que no bajar al detalle, que subestimar la importancia de la letra pequeña. Y esa es la tónica general entre los políticos pro-Brexit. Muestra a un David Davis, el primer ministro del Brexit, casi cómico, sin ningún interés por bajar a los detalles de la negociación y desleal hacia su Gobierno. En un momento dado Barnier señala que Davis le comunica que él apoya un discurso dado por May, algo que le sorprende: “Juzga necesario decírmelo (...). Yo le respondo que nunca lo había puesto en duda, ya que es su ministro”. En ocasiones, al describir a Davis, el francés señala que tiene “la sensación de que los británicos se hablan a ellos mismos, como han hecho durante la campaña del referéndum, y que subestiman la complejidad jurídica” de la negociación. Subestimar la complejidad jurídica de algo es un insulto en el idioma de Barnier.

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Theresa May junto a Michel Barnier. (Reuters)

En algún momento francés tiene que insistir a Davis en que va también en su interés acudir en persona a las negociaciones, pero el ministro cada vez viaja menos a Bruselas y lo compara con Olly Robbins, mano derecha de May, señalando que uno es “un ministro oficialmente (y es importante esta palabra, “oficialmente”, dando a entender su dejación de funciones) encargado del Brexit que no quiere entrar al detalle de las negociaciones y se siente a cargo del debate político en su país”, y que el otro, Robbins, es “el hombre clave”.

Claramente el personaje que más acaba por frustrar a Barnier y su equipo es Boris Johnson, actual primer ministro británico, y eso que el negociador jefe partía con buenas expectativas: el día que se convierte en nuevo líder de los conservadores, Barnier escribe que “será más pragmático y más eficaz de lo que algunos le creen”. Un personaje “simpático”: “Hay algo genuino y travieso en su mirada y en la expresión de su rostro. En ocasiones directo, demasiado directo y plano, incapaz de ver los matices y detalles, algo que irrita a Barnier.

El 16 de septiembre de 2019, en una comida en Luxemburgo, Barnier llega a la conclusión de que allí Johnson entiende algunas complicaciones jurídicas y técnicas sobre las que el propio equipo del primer ministro no le había informado. A lo largo de 2020, en la negociación sobre relaciones futuras, el equipo de Barnier acaba exhausto ante las “idas y venidas” del lado británico, y el francés concluye también que el nivel de preparación del primer ministro es más bajo que el de la presidenta de la Comisión.

Foto: Barnier junto a su número dos, la española Clara Martínez Alberola. (EFE)

Algunos de los movimientos británicos son una “traición de la palabra dada”, en referencia a la propuesta de la ley de Mercado Interior que violaba el Acuerdo de Retirada, y considera que el equipo de Downing Street no entiende la dimensión y la gravedad de las negociaciones. “Simplemente no tengo más confianza”.

Barnier identifica a las piezas centrales de la negociación muy rápido. Por el lado europeo la “brillante” Sabine Weyand, una funcionaria alemana que se convirtió en su número dos y que tras las negociaciones saltó a la alta aristocracia de la burbuja europea convirtiéndose en directora general de Comercio de la Comisión Europea. Por el lado británico su mejor aliado fue claramente Olly Robbins, asesor cercano a May, en muchas ocasiones identificada como la única persona en la que Bruselas puede confiar, un hombre inteligente, que “asume muchos riesgos para salvar la situación”. Eso no fue algo que solamente identificara Barnier en sus diarios: estaba a la vista de todos. Le acabó costando la cabeza a Robbins, que en algún momento del libro se intercambia SMS con su “querido Michel” deseándole suerte en conversaciones clave, demostrando que existió una relación muy estrecha.

placeholder Olly Robbins, mano derecha de May. (Reuters)
Olly Robbins, mano derecha de May. (Reuters)

Ajuste de cuentas

Hay un personaje en particular por el que toda la burbuja de Bruselas tiene un especial interés en este libro: Martin Selmayr. Fue jefe de gabinete de Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea entre 2014 y 2019, para pasar a ser después secretario general de la institución antes de tener que dimitir en 2019 al llegar a la presidencia de la Comisión otra persona con nacionalidad alemana, Ursula von der Leyen.

Barnier hace un ajuste de cuentas con Selmayr, un personaje conocido por todos en la capital comunitaria por su estilo de control férreo de la Comisión y de la agenda del presidente Juncker. Conocido con motes como el “Rasputín de Bruselas” o el “Monstruo del Berlaymont” (nombre de la sede de la Comisión), el negociador jefe no le deja en buen lugar. Señala que el alemán negocia a sus espalda, lo retrata como un personaje desleal, con su propia agenda, un filtrador empedernido en el que Barnier claramente no confía aunque sea una pieza principal del engranaje, siempre "fiel a su costumbre de presionar a sus interlocutores".

En una ocasión, tras aparecer en televisión con Donald Tusk, presidente del Consejo, Barnier anota en su agenda que Selmayr le busca para decirle que Juncker está “furioso” de haberle visto con Tusk. "Siempre (usa) el mismo método que consiste en echar gasolina al fuego o en presionar desestabilizando a sus interlocutores. Ya lo conozco bastante bien como para impresionarme”. El francés reconoce que es “audaz” y que tiene una idea de Europa, pero lo muestra como un conspirador, dispuesto a abrir una segunda línea de negociación con los británicos y capaz de casi todo para evitar que la figura de Barnier coja fuerza.

placeholder Selmayr junto al presidente Juncker. (Reuters)
Selmayr junto al presidente Juncker. (Reuters)

¿Y España?

Sobre España Barnier no escribe demasiado. Bastante pronto en sus diarios, en la entrada del 12 de abril de 2017, ya señala que nada se acordará sobre Gibraltar sin el acuerdo español. “Esta negociación también es una palanca negociadora para España. En el debate público, algunos ven el Brexit como la ocasión para desafiar la soberanía británica sobre la Roca. Otros quieren resolver ciertas disputas de cuarenta años, notablemente la gestión del aeropuerto (...) o la fiscalidad muy ventajosa”, escribe. Efectivamente, el segundo era el objetivo del Gobierno español: utilizar la negociación para ajustar cuentas con las exigencias que el Ejecutivo británico había obligado a aceptar a España durante las negociaciones de acceso a las comunidades europeas en los años ochenta. Después, en una visita que realiza en 2018, Barnier señala que “la línea española (sobre Gibraltar) no ha cambiado desde Mariano Rajoy”.

El negociador señala a lo largo del libro que han “trabajado mucho con los españoles sobre el protocolo de Gibraltar”. Pero después de conocerse el primer acuerdo, en noviembre de 2018, los abogados del Estado español encontraron un problema en el texto, una cláusula que ponía en riesgo la ventaja española en la negociación sobre la Roca. Hubo mucho enfado en Madrid, considerando que Barnier había jugado sucio y había permitido que se colara una fórmula peligrosa, quizás, pensaban, incluso con mala fe, un caramelo para que el Gobierno británico tragara mejor el resto del texto.

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El 21 de noviembre Barnier anota que “esta mañana la única reserva es la del Gobierno español. Y discutimos intensamente con Madrid y el Gobierno de Pedro Sánchez para encontrar una solución en los próximos días”. El 25 de noviembre se celebra un Consejo Europeo y el negociador jefe apunta: “Estoy contento de saludar a Pedro Sánchez, en vista de la disputa que se ha desarrollado sobre la cuestión de Gibraltar durante varios días”. El francés repasa entonces el problema que había surgido, considerando que el artículo problemático, incluido a petición de los británicos, únicamente buscaba “establecer un vínculo entre la separación y la relación futura”. “En desacuerdo con los servicios jurídicos del Consejo y de la Comisión, los españoles consideran que este artículo prejuzga la aplicación territorial de la futura relación (...). Ven en este artículo una maniobra británica y una trampa en la que habríamos caído por falta de vigilancia”.

Los españoles no han olvidado ni perdonado la humillación que Londres les impuso en 1986, cuando en el momento de su adhesión a la Unión Europea, les exigieron consolidar la soberanía británica (sobre la Roca) y acordar un estatus particular para Gibraltar. Sencillamente quieren devolvérsela mientras se marcha, y podemos entenderlos”, escribe ese mismo día. El día que conoce a Sánchez, junto al primer ministro Giuseppe Conte, antes de esta pequeña crisis de Gibraltar, Barnier escribe en su diario que “tienen encanto y elegancia”.

placeholder Barnier junto al presidente del Gobierno. (EFE)
Barnier junto al presidente del Gobierno. (EFE)

Barnier registra su visita a España el 17 de septiembre de 2018, cuando desayuna con Sánchez y con Josep Borrell, actual Alto Representante de la Unión y por entonces ministro de Exteriores. “Dos generaciones distintas de socialistas españoles, uno madrileño, el otro catalán, pero con un compromiso común fuerte por España y por Europa”.

En sus diarios, en los que se hacen continuas menciones a Charles de Gaulle, por el que el negociador europeo siente una gran devoción que en ningún caso intenta esconder, Barnier refleja muy claramente la frustración europea con un Gobierno británico que dependiendo del momento se muestra incapaz de tomar decisiones, torpedeado desde dentro o dirigido por una persona en la que Bruselas no confía prácticamente en ningún momento. También refleja el profundo cansancio y hartazgo que llegó a dominar en la capital comunitaria.


Barnier descubre a lo largo de las negociaciones que si quiere llegar a buen puerto debe "evitar toda forma de agresividad, de emoción o de pasión". Pero tampoco se desahogó con sus diarios: en la obra se ve al mismo político francés elegante y calmado, al que difícilmente se le puede sacar de sus casillas. Quizás por eso resulta todavía más interesante los retratos que hace del resto de los protagonistas.

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