La nueva fractura europea norte-sur: trabajar en pijama o arrastrarte a la oficina
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Nacho Alarcón

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La nueva fractura europea norte-sur: trabajar en pijama o arrastrarte a la oficina

Mientras los países del norte de Europa se adaptan al teletrabajo y se fijan en sus beneficios, en España hay un regreso a muchas oficinas perdiendo mucho dinero en el proceso

placeholder Foto: Un mujer teletrabaja desde su domicilio. (EFE)
Un mujer teletrabaja desde su domicilio. (EFE)

La Comisión Europea ha decidido que el teletrabajo ha llegado para quedarse. Al menos para sus trabajadores: prevé abandonar el 50% de sus edificios, aunque la reorganización hará que solamente se pierda un 25% de la capacidad. ¿La razón? A partir de ahora, muchos de sus trabajadores se irán rotando para ir a la oficina. No todo el mundo está contento con la medida en Bruselas, pero muestra la dirección en que se mueve el debate en esta parte de Europa, y la mayoría de los trabajadores están contentos con la idea.

Tendemos a organizar Europa en 'divisiones'. Hay una clara división económica entre el norte y el sur, una de valores entre parte del este y la Europa occidental. Hay otra clara división este-oeste en lo que se refiere a la transición verde, con unas economías orientales más dependientes de las energías fósiles. Ahora, tenemos una nueva división entre el norte y el sur y el este: entre los que podrán seguir trabajando en pijama y los que tendrán que volver a la vida prepandémica de oficina, metro abarrotado y dificultad para recoger a los hijos de la escuela.

Esa división, claro está, no es casualidad. Ya se podía ver antes de la pandemia. En 2019, los datos de Eurostat ya mostraban, por ejemplo, que el 28,5% de los encuestados en Dinamarca trabajaba desde casa a veces o de forma usual, mientras que en Países Bajos lo hacía el 37,1% de la población y en Suecia el 37,2%. En España, únicamente el 8,3% trabajaba desde casa a veces o de forma regular antes de la pandemia. Por detrás de España se encontraban Bulgaria (a la cola), Rumanía, Chipre, Lituania, Hungría, Italia, Letonia, Grecia y Croacia. Los datos españoles han mejorado en 2020 hasta el 15,1%, pero la brecha en general se ha ampliado: en Luxemburgo, ahora teletrabaja regular o esporádicamente casi el 50% de los encuestados.

placeholder Una madre trabaja con su hija en la habitación durante la primera ola de la pandemia. (EFE)
Una madre trabaja con su hija en la habitación durante la primera ola de la pandemia. (EFE)

Evidentemente, hay un factor a tener en cuenta: en países del norte como Suecia, Países Bajos o Luxemburgo, hay muchos trabajos que consisten en asuntos de tecnología, que es el principal sector que ha tenido tradicionalmente la opción de teletrabajar, mientras que las economías del sur son más dependientes del sector servicios, por ejemplo. Eso explica parte del fenómeno, pero no todo.

Mientras que amigos y conocidos en Bélgica y otros países esperan ir volviendo a las oficinas muy poco a poco y manteniendo una parte en remoto que ha llegado para quedarse con un modelo híbrido, mis conocidos y amigos en España ya están viéndose arrastrados a las oficinas prácticamente todos los días, y en muchos casos de forma permanente. Para la inmensa mayoría de empresas en España, el teletrabajo es intrínsecamente malo. O eso se desprende del hecho de que lo pretendan borrar del mapa por completo, a pesar de que la pandemia ha demostrado que, en general, el teletrabajo no nos hace menos productivos. De hecho, en todo caso, el problema es que el teletrabajo ha hecho que los empleados trabajen más horas, algo que merece toda la atención.

Foto: Un estudiante de El Masnou, durante una clase. (Reuters)

Pero en general es un tren que se dejará pasar. Y con él, pasarán los beneficios del mismo, como por ejemplo tener un horario algo más flexible, logrando empleados más felices, además de ser una política que ayuda a otras prioridades que tiene el país, como la lucha contra el cambio climático o la conciliación familiar. Difícilmente volverá a haber una oportunidad así.

Las oficinas son, por lo general, espacios inhumanos, faltos de personalidad y destinados a un único fin. Se les puede añadir un futbolín o incluso un espacio para siesta que haga parecer el espacio algo más humano y cercano, pero eso no lo soluciona. Tienen su utilidad, y, por supuesto, el trabajador obtiene beneficios de la conversación con colegas. Por supuesto, cada trabajador es distinto. Hay quien necesita la oficina para rendir más. Pero hay muchos otros empleados a quienes ese poco más de libertad los va a hacer más felices y, seguro, más productivos. Las empresas no solamente pueden ahorrar bastante dinero con oficinas más pequeñas, es que pueden ganar muchísimo dinero gracias a trabajadores más felices y motivados. La Comisión Europea considera que el teletrabajo es uno de los puntos importantes a la hora de aumentar la productividad en algunos sectores.

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Una persona habla por teléfono en la City de Londres. (Reuters)

Los datos no cuentan toda la historia. Como corresponsal, llevo ya bastantes años trabajando desde casa, y aunque es cierto que no es un empleo normal, he visto cómo muchos compañeros y amigos en mi mismo sector y en otros se han ido quemando hasta achicharrarse y con tan solo veintitantos años cargan con mucha mochila llena de ansiedad y miedos que cubren volcándose como adictos al trabajo y desplazando esa frustración con historias de Instagram que han pagado con su sueldo en la City de Londres, que les impide al mismo tiempo ser felices el resto del tiempo, pero que financia unas vacaciones en las Maldivas que dedican a pensar aterrorizados en volver al trabajo. No se les puede culpar: es lo que ven en su oficina.

En mis tres primeros meses como corresponsal de El Confidencial en Bruselas perdí unos 20 kilos. No fue el estrés, ni las horas delante del ordenador sin comer. Sencillamente, me levantaba por las mañanas, adelantaba trabajo y con esa hora que ganaba salía a correr a media mañana cuando tenía la agenda más o menos libre. Además, dejé de comer por ansiedad al volver de la oficina de mi anterior empleo. Desde que trabajo desde casa, no solamente soy más productivo, sino que además soy más feliz y tengo una vida más saludable. El teletrabajo también tiene sus puntos negativos que necesitan abordarse, pero seguramente no haya que hablar demasiado de ellos porque este tren está pasando y, una vez más, España no se está subiendo a él.

La Comisión Europea ha decidido que el teletrabajo ha llegado para quedarse. Al menos para sus trabajadores: prevé abandonar el 50% de sus edificios, aunque la reorganización hará que solamente se pierda un 25% de la capacidad. ¿La razón? A partir de ahora, muchos de sus trabajadores se irán rotando para ir a la oficina. No todo el mundo está contento con la medida en Bruselas, pero muestra la dirección en que se mueve el debate en esta parte de Europa, y la mayoría de los trabajadores están contentos con la idea.

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