Croacia y el 'criminal' que regenta un hotel

  Miquel Silvestre se encuentra actualmente desarrollando la Ruta Embajada a Samarcanda sobre una BMW R 1200 GS. Semanalmente irá narrando a los lectores

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Miquel Silvestre se encuentra actualmente desarrollando la Ruta Embajada a Samarcanda sobre una BMW R 1200 GS. Semanalmente irá narrando a los lectores de 'El Confidencial' sus y aventuras y anécdotas en lo que es mucho más que un simple cuaderno de viajes.

La Costa Dálmata
  
Abandono la comodidad del Mons de Lubiana y me dirijo hacia Croacia. Cuando alcanzo la costa, se extiende ante mí el paraíso. O como dice el eslogan turístico del país: el Mediterráneo tal como era. Al menos en esta época del año, comienzo de la primavera y aún libre de las hordas de turistas que vendrán en plena canícula. Victoria (así se llama mi moto, como el barco de Elcano) y yo seguimos una deliciosa carretera que serpentea pegada a la abrupta línea costera. Este es el litoral croata de los folletos publicitarios. No hay muchas playas de arena, pero los recortes orográficos ofrecen un espectáculo grandioso. Nos acompaña el ocaso a nuestra espalda y los reflejos sobre el Adriático casi me arrancan lágrimas de emoción.

Es domingo por la mañana y las campanas llaman a misa obstinadamente. Croacia es un país católico, pero los jóvenes tienen resaca. La juventud croata se engolfa sin remedio, pero la misa es la misa y las campanas romperán todas las mañanas de domingo que hagan falta.

Estos pueblecitos de urbanizaciones modestas y pequeños chalés de aspecto anticuado me recuerdan la Denia de mi infancia. Así era hace treinta años, con el horizonte marino y el rocoso litoral y los comercios de juguetes baratos, gafas de buceo y tubos respiratorios de plástico. Ahora mi patria chica está invadidoa por el cemento y el residuo de abandono inmobiliario que dejó el ansia de dinero. Hablando del poderoso caballero.

Paralelo 45 

Una curiosidad del país es que está atravesado por el Paralelo 45, de modo que resulta equidistante tanto del Polo Norte como del Ecuador; ambos están a 5.000 kilómetros de donde me encuentro. Cerca encontramos Senj, localidad asomada a una bahía corta y cerrada. Aquí hay dos atractivos principales: un casco viejo marinero y un castillo casi cuadrado en un monte que domina el horizonte. Es el fuerte de Nehaj, construido en 1558 sobre la colina de Trbušnjak.

El tramo siguiente resulta bellísimo, con una alargada manga de tierra paralela a la costa. Es una isla reseca y desierta que comprime un mar domesticado, aunque hoy este lago marino se rice con el furor del viento llamado Bora. Delante de nosotros, la carretera se alarga y retuerce; resulta delicioso navegarla con la BMW.

Zadares una gran ciudad con un centro histórico interesante y bullicioso en el que destaca la alta torre de la Iglesia de San Donato y el muy cercano foro romano. Es un lugar apacible aunque en verano está tomado por los turistas italianos. Hay un ferry directo a Ancona que los acarrea incesantemente. Se podría decir que son la segunda o tercera invasión italiana, pues Zadar, conocida antes como Zara, fue desde el siglo X territorio de la Serenísima República de Venecia. Sus habitantes eran latinos y no eslavos.

Durante la expansión otomana por los Balcanes se convirtió en refugio de cristianos. Con la caída de la Serenísima República, pasó a ser gobernada primero por Napoleón y luego por Austria, hasta que en 1920 se adjudicó a Italia, país que la conservó hasta el final de la Segunda Guerra Mundial; de nuevo el Mariscal Tito sacó ventaja de su talento militar y político. Se quedó con la ciudad, le cambió el nombre y trató de borrar toda huella cultural italiana.


Split, escoltada por las montañas

Split es una gran urbe rodeada de industrias con las montañas haciéndole de escolta. La segunda más grande del país y la primera de Dalmacia. Es de temperamento más latino que eslavo. Actualmente, la ciudad vive en torno al puerto, al paseo marítimo y a la explotación turística del casco histórico, declarado Patrimonio de la Humanidad en 1979.

Diocleciano se construyó aquí su palacio de verano a comienzos de siglo IV. Fue el primer emperador en renunciar al poder. Cuentan que estando en su jardín, recibió la visita de una delegación del Senado romano que le pedía el retorno para resolver los graves problemas que aquejaban el Imperio. Diocleciano les mostró sus rosas y se negó alegando que le había costado mucho trabajo construir su pequeño paraíso. Recordando la anécdota se me ocurre que tal vez alguno de nuestros políticos debiera dedicarse a cultivar rosas.

Me dirijo al centro histórico y callejeo con la moto buscando una casa concreta en este dédalo urbano. Tengo que encontrar a Nicksa Perika pero no estoy seguro de saber dónde estaba su pequeño hotel. Allí fue donde me alojé durante el verano del 2010 mientras escribía mi libro de viajes Europa Lowcost. Este tramo croata lo realicé con mi novia de entonces, Mercedes, y para nosotros fue una auténtica revelación conocer a un personaje que ya nunca podríamos olvidar. 

Así lo describí en las páginas del libro: “El dueño es un tipo grande y gordo con aspecto desaliñado. La primera impresión es la de estar delante de un criminal de guerra. Sandalias, piernas gruesas, barba de varios días sombreando su papada, camiseta lisa de algodón barato. Le seguimos por un laberinto de callejuelas hasta una gran casa de tres pisos en una plazoleta mínima. La habitación es confortable y la sobria decoración del conjunto denota una sensibilidad artística inesperada en nuestro gigantón.

Encuentro con Nicksa

Encuentro la casa. Es igual que como la recordaba. Estrecha y alta, de tres pisos con terraza. No hay ningún cartel de hotel ni recepción. Una verja de hierro y un portón de madera. Llamo al timbre y nadie acude. Tal vez ya no funcione como alojamiento. Me quedo un momento sentado mientras pienso qué hacer. Está ya muy entrada la tarde y estoy cansado; debería buscar un lugar donde dormir pero me hace ilusión quedarme de nuevo aquí.

Aparece una mujer de mediana edad, rechoncha y resuelta. No habla inglés pero reconoce el nombre de Nicksa. Saca su teléfono móvil y me hace gestos de que espere. Mantiene una conversación en serbocroata y reconozco la palabra motocicleta. Aguardo unos minutos hasta que aparece el gigante en persona. Nada más verme me reconoce y me abraza efusivamente. Me pregunta por mi mujer, la abogada. Le digo que está bien y asegura alegrarse. Tengo suerte, añade, ahora trabaja con un buscador de hoteles de Internet, pero hoy tiene una habitación libre y me la dejará con un sustancioso descuento.

-Pero antes, my friend -ordena-, vamos a tomar algo. 

Le sigo hasta un café. Nos sentamos en una terraza y vemos la vida pasar. Hay muchos turistas que vienen y van mientras los locales miran el partido del futbol que juega el Hadjuk Split, equipo que otrora fuera uno de los grandes y hoy no tanto, aunque para los habitantes de la ciudad es tan importante como el palacio de Diocleciano. Nadie nos molesta mientras conversamos de todo y de nada. Me maravilla que a pesar del pujante turismo no se haya generado aquí esa atroz raza de buscavidas, gorrillas, tipos para todo, pedigüeños, pícaros y chusma adventicia brotada al calor del dinero fácil del veraneante.

Nicksa habla y habla sin parar, se maneja en varias lenguas a la vez. Ha sido marino mercante, ha vivido en Sudamérica, se define como mediterráneo, añora el comunismo y la vieja Yugoslavia; habla con nostalgia de la vida en la Split de su infancia. “Jugábamos descalzos, todo el mundo hablaba con todo el  mundo, la comida era barata, nos respetaban, la policía era dura, el crimen inexistente. Ahora todo es bullshitting”.

¿Y la guerra?, pregunto yo, ¿también la añoras? “Ah, la guerra”, suspira, “estos son los Balcanes, you understand. Cada generación tiene su guerra. Mi padre tuvo dos y mi abuelo tres. En los Balcanes es siempre así, primero nos matamos y luego podemos darnos besos antes de matarnos otra vez. La guerra la empezaron los mafiosos. La gente corriente, la pequeña gente, siempre se ve jodida. De todos modos, el modo de vida mediterráneo se está muriendo, ahora la gente actúa igual en todas partes, como si fueran uno de esos personajes ridículos de las soap operas que ven por televisión.

Está muy orgulloso de su estilo de vida, de su filosofía y de su casa, de cómo la ha decorado y arreglado. “La casa no tiene hipoteca”, sentencia. Mi padre es un hombre rico en Montenegro. Vendió un pedazo de tierra a un millonario ruso por 700.000 euros. Me dio 275.000 y yo los he invertido aquí. La cama, me dice, se la encargué a un carpintero, le dije que la quería sólida como una roca. La casa de mis huéspedes la he diseñado como si fuera la mía y las camas que venden en las tiendas son una basura que se tambalea al practicar sexo. Yugoslavia era fundadora de la liga de países no alineados, nosotros podíamos viajar libremente, se nos respetaba. Sí, es verdad, aquí hay mafia y criminales, pero los habitantes de esta región no somos delincuentes, sólo individualistas. Nunca nos ha gustado pagar impuestos. 

La emoción del nómada
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